La casa estaba en calma, pero no era la paz que solía envolverla. Era un silencio denso, frío, como si la noche misma estuviera conteniendo el aliento. Ricardo Valente se encontraba sentado en su escritorio, repasando una vez más los documentos que lo habían llevado hasta este punto. Era consciente de los riesgos, de las amenazas, pero siempre había creído que podía proteger a su familia de las sombras que perseguía. Esta noche, sin embargo, algo era distinto. Había un peso que no podía ignorar.
Se levantó con un suspiro y apagó la lámpara, dejando que la oscuridad lo envolviera. Antes de subir las escaleras, se detuvo un momento frente a la foto enmarcada que colgaba en la pared del salón: él, Simón y Luca, sonrientes bajo el sol de un verano que ahora parecía tan lejano. Sus dedos rozaron el vidrio, como si pudiera tocar aquel instante de felicidad.
—Siempre los protegeré —murmuró, como una promesa a sí mismo.
Arriba, Luca estaba despierto. El niño tenía el sueño ligero, una herencia de los años de incertidumbre antes de que Ricardo lo adoptara. Aunque Simón dormía profundamente a su lado, Luca se giraba de un lado a otro, incapaz de encontrar consuelo. Algo en el aire de esa noche lo inquietaba.
Ricardo abrió la puerta con cuidado y vio a sus hijos. Simón, siempre el protector, dormía con un brazo alrededor de Luca, como si supiera que su hermano menor necesitaba sentir esa seguridad. Ricardo se acercó lentamente y se inclinó para besarles la frente. Fue un gesto suave, cargado de un amor que no podía expresar con palabras.
—Duerman bien, chicos. —Su voz era apenas un susurro, pero estaba impregnada de una tristeza que ni él podía ocultar.
Fue la última vez que los vería en paz.
Cuando el ruido de la ventana rota llegó desde la planta baja, Ricardo supo que había llegado su hora. No se permitió el lujo del miedo; su prioridad era clara. Cerró con llave la puerta de la habitación de los niños y colocó un mueble frente a ella antes de descender las escaleras. Sus movimientos eran precisos, pero cada paso hacia el salón se sentía como un viaje hacia lo inevitable.
En el salón, las sombras se movían. El hombre que emergió de ellas era una figura conocida, un rostro del pasado que Ricardo había intentado dejar atrás. No era solo un asesino; era el rostro del abuso, el terror que había marcado la infancia de Luca.
—Sabía que vendrías, bastardo —dijo Ricardo con la voz firme, pero el temblor de sus manos traicionaba el miedo que sentía, no por él, sino por los dos niños que dormían arriba.
El hombre no respondió con palabras, sino con un disparo que rozó el hombro de Ricardo, haciéndolo retroceder. A pesar del dolor, Ricardo luchó. Era un hombre acostumbrado a enfrentar el peligro, pero esa noche estaba solo. Cada golpe que recibía era un recordatorio de sus límites, de los años que habían pasado desde que fue un joven fuerte y veloz. Finalmente, un impacto en el estómago lo hizo caer de rodillas.
Ricardo no dijo nada. No había súplicas en él, solo la silenciosa aceptación de un hombre que sabía que estaba ante su final. Su mirada buscó la escalera, como si pudiera ver a través de las paredes, como si pudiera asegurarse de que Simón y Luca estuvieran a salvo.
Cuando llegó el disparo final, el sonido no fue lo más doloroso. Fue el vacío que le siguió, un silencio que se apoderó de la casa mientras Ricardo se desplomaba en el suelo. Su sangre comenzó a manchar la alfombra, extendiéndose lentamente como un recordatorio de lo efímero que es todo.
Arriba, Simón despertó al instante. Había algo desgarrador en el silencio que siguió al disparo. Su corazón latía con fuerza mientras corría hacia la puerta, intentando abrirla. El mueble que su padre había colocado bloqueaba el paso, y eso solo aumentaba su desesperación.
—¡Papá! —gritó, golpeando la madera con los puños.
Luca, temblando, lo seguía de cerca. Aunque era joven, entendía que algo horrible había sucedido. Sus ojos estaban llenos de lágrimas mientras susurraba:
—¿Qué está pasando, Simón? ¿Dónde está papá?
Simón finalmente logró mover el mueble y bajó corriendo las escaleras. Lo que vio en el salón lo dejó paralizado. Su padre yacía en el suelo, inmóvil, sus ojos abiertos pero vacíos. Parecía estar mirando hacia las escaleras, como si hubiera querido asegurarse de que sus hijos estuvieran a salvo incluso en sus últimos momentos.
—No... —fue lo único que pudo decir Simón. Se arrodilló junto a Ricardo, sacudiéndolo con desesperación—. ¡Papá, por favor, despierta! ¡Papá!
Luca llegó unos segundos después, y cuando vio a su padre, dejó escapar un grito desgarrador. Se arrojó al suelo junto a él, aferrándose a su camisa, como si con solo tocarlo pudiera devolverlo a la vida.
—¡Papá! ¡No puedes dejarnos! —lloraba Luca, su voz quebrándose mientras Simón intentaba contenerlo.
La noche se llenó de llanto, un sonido que parecía resonar en las paredes, en los muebles, en cada rincón de la casa que alguna vez había sido un refugio. Simón abrazó a su hermano con fuerza, tratando de protegerlo del dolor, aunque sabía que era imposible.
—Luca... mírame. —Su voz temblaba, pero intentaba mantenerse firme—. Papá no querría que lo recordáramos así. Prometió que siempre nos cuidaría, y ahora es nuestra responsabilidad cuidar el uno del otro.
Luca no respondió. Estaba perdido en su propio sufrimiento, incapaz de procesar la pérdida. Simón, aunque devastado, tomó una decisión en ese momento. Haría todo lo necesario para cumplir la promesa que sentía latir en su pecho, la que su padre había hecho con su último aliento.
La casa permaneció en silencio después de eso, un lugar que alguna vez fue lleno de vida ahora convertido en un mausoleo. Afuera, la lluvia seguía cayendo, como si el cielo llorara junto a ellos.