Gia Vallenari El corazón me golpeaba contra las costillas con una violencia que amenazaba con romper el silencio de la habitación. Escuchaba la respiración pesada de Maximilian a mi espalda, su calor aún envolviéndome, mientras la voz de mi abuela seguía vibrando al otro lado de la madera. El contraste era letal: el pecado y la propiedad privada de un lado de la puerta; la moralidad rancia y el contrato matrimonial del otro. —¿Gia? ¿Me escuchas? —insistió Constanza, y pude imaginarla ajustándose el collar de perlas, impaciente ante mi silencio. Me obligué a tragar saliva, intentando que mi voz no sonara quebrada por los restos del orgasmo que aún hacían temblar mis rodillas. Maximilian me miraba fijamente, su cuerpo tenso como una cuerda de piano, listo para actuar si yo flaqueaba. P

