Maximilian Von Stein Regresé a la mesa exactamente tres minutos después de haberla dejado en el baño. Era el tiempo justo para que mi ausencia pareciera una breve pausa de cortesía, pero lo suficientemente largo para que mi pulso, que había martilleado como un tambor de guerra, recuperara su ritmo gélido y calculador. Al sentarme, ajusté los puños de mi camisa negra, asegurándome de que ni una sola arruga delatara el descontrol que acababa de ocurrir en ese cubículo de mármol. Mi respiración era ya un lago de aguas estancadas, fría y plana, aunque por dentro mis músculos todavía gritaban por la tensión de haberla poseído con aquella furia animal. Marcus y Julian seguían enfrascados en una discusión trivial sobre las regulaciones de importación en el puerto de Róterdam. Ni siquiera pare

