Maximilian Von Stein El vapor del baño todavía flotaba en el aire, envolviéndonos en una neblina cálida que olía a jabón, a sexo y a una transgresión que no podía borrar de mi mente. Salimos de la ducha en un silencio sepulcral un silencio cargado de una tensión eléctrica que hacía que cada uno de mis músculos se sintiera como un resorte a punto de estallar. Gia estaba allí, con la piel sonrosada por el agua caliente y el cabello cobrizo goteando sobre sus hombros pecosos, mirándome con una mezcla de agotamiento y ese brillo de desafío que parecía ser su firma personal. No podía dejar que ese brillo se convirtiera en anarquía. No en mi casa. No después de haber reclamado su inocencia y haber sentido cómo su cuerpo se transformaba bajo el mío. La culpa era una bestia que me arañaba la

