Gia Vallenari El silencio en mi habitación era tan denso que podía escuchar el tictac de mi propio pulso. Frente a mí, el vestido azul medianoche colgaba como una sentencia. Me lo puse con una lentitud deliberada, sintiendo cómo la seda fría se deslizaba sobre mi piel, moldeándose a mis curvas con una precisión que el encaje marfil de mi abuela jamás habría permitido. No llevaba sostén; el diseño no lo permitía, y la sensación de la tela rozando mis pezones me recordaba que, debajo de esta elegancia, seguía siendo la mujer que Maximilian había reclamado en el gimnasio. Me maquillé con una frialdad quirúrgica. Sombras ahumadas para intensificar el color de mis ojos y unos labios en un tono nude que gritaba sofisticación. Recogí mi cabello en un moño bajo y desordenado, dejando algunos m

