Maximilian Von Stein El silencio del Bentley en el trayecto de regreso a casa no era pacífico era una bomba de tiempo. Observé a Gia de reojo mientras las luces de neón de la ciudad golpeaban su perfil, revelando la tensión que mantenía en su mandíbula. Estaba inquieta. Sus dedos no dejaban de juguetear con la seda lila de su vestido, y esa mirada perdida me decía que el encuentro en el balcón con Antonieta de la Cruz no había sido un simple intercambio de cortesías. Gia me ocultaba algo, y yo no soy un hombre que tolere los secretos dentro de mis propios muros. En cuanto el motor se detuvo frente a la mansión y el chofer nos abrió la puerta, no esperé a las formalidades. La tomé del brazo con una firmeza que bordeaba la brusquedad y la guié hacia el interior. No fuimos a la cocina, n

