Mía Valentina Belmont El silencio de mi nueva oficina era un lujo que me estaba costando caro. Estaba sentada frente al inmenso ventanal que dominaba la ciudad, con una taza de café humeante entre las manos, observando cómo el mundo seguía girando allá abajo, ajeno a la guerra civil que acababa de estallar en el corazón de la Corporación Belmont. Las flores que descansaban sobre la mesa decoraban el espacio, aportando un aroma dulce que chocaba con la tensión eléctrica que sentía en el pecho. Eran un recordatorio de que, aunque estaba sola en este despacho, no estaba desprotegida. Un suave golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. —Adelante —dije, girando mi sillón para enfrentar la entrada con la espalda recta. Era Elena. La que fuera la mano derecha de la presidencia dura

