Mía Valentina Belmont Cuando el ascensor privado llegó al último piso y las puertas se deslizaron con un siseo casi imperceptible, el mundo de acero, concreto y las frías discusiones legales que habían dominado mis últimas horas pareció quedar atrapado detrás de las placas de metal. Salí del cubículo con los hombros cargados, esperando encontrar la penumbra habitual de mi penthouse y el silencio absoluto de un hogar que a veces se sentía más como un trofeo que como un refugio. Estaba agotada, con la mente todavía repasando cifras de acciones y estrategias de defensa, pero en el momento en que puse un pie fuera del vestíbulo, el aire cambió. No olía a ciudad, ni a la lluvia que amenazaba con caer sobre los rascacielos. El aire estaba saturado de una fragancia embriagadora, dulce y profu

