Mía Valentina Belmont El eco de nuestra respiración agitada aún vibraba en las paredes del salón, mezclándose con el silencio denso y cargado de electricidad del penthouse. El sofá de cuero, que hacía apenas unos minutos había sido el escenario de nuestra entrega más absoluta, se sentía ahora como un santuario que debíamos abandonar. El reloj de pared marcaba casi las diez de la mañana. El tiempo, ese juez implacable que no se detiene ni por el amor ni por la guerra, nos recordaba que el mundo exterior seguía girando, ajeno a la promesa de matrimonio que acabábamos de sellar entre besos y sudor. Aleksandr se separó de mí con una lentitud que dolía, acariciando mi mejilla con el pulgar antes de depositar un beso casto en mi frente. —Tenemos que ir a las oficinas, ángel —susurró, su voz

