Mía Valentina Belmont Me encerré en el baño privado de la sala de juntas, apoyando la espalda contra la puerta fría. Mi pecho subía y bajaba con violencia, y el eco de mis propios gemidos aún parecía rebotar en las paredes de mármol. Me temblaban las manos tanto que me costó abrocharme el sostén y alinear los botones de mi blusa de seda. Me miré al espejo y casi no me reconocí: tenía los labios hinchados, las mejillas encendidas y una mirada que delataba exactamente lo que acababa de suceder sobre esa mesa de madera noble. Abrí el grifo y dejé que el agua helada corriera sobre mis muñecas, intentando enfriar la sangre que aún me ardía. Me limpié con cuidado, tratando de borrar cualquier rastro físico de él, aunque sabía que el rastro psicológico era indeleble. No pienses en eso, Mía. N

