Mía Valentina Belmont El trayecto desde el restaurante hasta mi edificio fue una amalgama de sensaciones contradictorias que amenazaban con hacerme perder el control del volante. Sentía el peso del contrato de exclusividad en mi bolso como si llevara un lingote de plomo, una prueba física de mi rendición. Al llegar a la recepción de mi edificio, el conserje me saludó con la cortesía habitual, pero señaló un enorme arreglo de lirios blancos que descansaba sobre el mostrador de mármol. —Señorita Belmont, le han dejado esto hace una hora —dijo con una sonrisa profesional. Bufé, sintiendo una punzada de irritación inmediata. No necesitaba mirar la tarjeta para saber de quién venían. Los lirios eran las flores favoritas de mi madre, y mi padre las usaba como un arma arrojadiza cada vez

