Narra Belén Después de dar vueltas y esconder el contrato a mis espaldas, retrocedí y choqué contra su escritorio. —¡Nada!— exclamé, y me deslicé sobre él, recuperando algo de la compostura tras su sorpresa. Entró en la habitación.Y cerró la puerta suavemente tras él. —Nada, ¿no? —No–dije. –¿Y qué hay a tu espalda? —Sabes— tarareé–. Solo un contrato con mi nombre. Maximiliano bajó la mirada hacia su escritorio y luego la levantó hacia mí. El calor se acentuó entre mis muslos, pues solo podía pensar en que él se tomaba esto muy en serio ...nosotros —que ya había redactado un contrato. ¡Un maldito contrato b**m! —¿De verdad? —preguntó, acercándose a mí con esa mirada peligrosa, como la que me había dado esa tarde en la oficina cuando me ató las manos a la cabeza. —Sí. —Bueno,

