Monte Elbrús, Rusia
Victoria
El frío congelaba mi rostro como hace mucho no ocurría, el viento parecía arrancar mis abrigadas prendas en cualquier minuto y la felicidad enaltecía con cada metro que Dussan y yo descendíamos por la montaña. Estos días en la cima del Monte Elbrús han sido una locura, pues ni la nieve ni el trabajo han opacado la dicha que hemos sentido y lo mucho que nos hemos acercado.
Con la caída del sol y la temperatura, nos vimos obligados a ir a la cabaña antes de tiempo, pero al ser más fuerte la calentura, nos adentramos a una oscura cueva donde quedé de espaldas a él, sintiendo su vigoroso potencial adentrándoseme con la pasión de siempre. No nos importaba el lugar, la vestimenta ni las personas, siempre que el deseo se apoderaba de nosotros, Dussan y yo no perdíamos la oportunidad de estar juntos y liberar las horribles ganas que nos despertaban, aunque el frío hacía cada vez más estragos en nuestros temblorosos cuerpos que advertían con llegar a una hipotermia.
—Vamos a la cabaña, ya no aguanto más esto —supliqué entre frío y el calor.
Sin nada ni nadie que nos detuviese, nos adentramos en el jacuzzi para calentarnos un poco, aunque no creo que el agua estuviese más caliente que nosotros con cada estocada que recibía de él bajo el agua, mientras la otra mitad de mi cuerpo sobresalía del jacuzzi y se estremecía con las fuertes chupadas que él me daba desde las tetas hasta el abdomen, dejando con ello su firma en mi piel.
Han sido tantos encuentros, los lugares, las posiciones y las veces que este hombre ha hecho retorcer mi cuerpo en placer, que el dolor diario es como una vitamina para mí, lo quiero, lo necesito, lo anhelo como a nada ni nadie y más cuando él se torna poseso por una bestia lujuriosa que pareciera partirme en dos con tal de saciar su hambruna, pero aquí seguía entregándome en bandeja de plata para no dejar de sentir cada sensación que él desprendía con sus caricias y sus besos al final del encuentro, haciéndome saber que estaba a punto de correrse, aunque ese punto lo acompañaba últimamente con una fuerte mordida en mi hombro.
—D-Dame con todo… —supliqué agitada.
—A-Así será.
Dussan volteó mis ojos por dolor y placer cuando abrió por completo mi culo con sus manos, sin dejar de penetrarme por el frente, y se empecinó en desgarrarme en la absoluta exquisitez. Estaba a punto de desmayarme por el calor del agua y el cansancio, pero Dussan no me soltó, por el contrario, me sujetó con fuerza y el prolongado palpitar de su carne me hizo saber cuánto se derramaba dentro de mí. Las agitadas respiraciones ahogaban al otro, no había fuerza ni ánimo para salir, aunque necesitábamos la cama y lo sabíamos, por lo que fue una risilla cómplice lo que nos delató.
Entre besos intentamos sujetarnos al otro y con la poca fuerza que me quedaba quité tapón del jacuzzi, abrí la llave del agua fría y acosté su cabeza en mi pecho mientras nos mojaba con la regadera en son de evitar un desmayo en alguno.
—Esto podría ser peligroso si lo repetimos —no sé cómo formulé esa frase, pero la alegría no se disipaba en nosotros.
—Lo haría mañana, pasado mañana y el resto de la vida contigo —mordisqueó torpe mis pezones y nos besamos.
—Eso parece mucho tiempo. ¿Seguro podrás con tanto?
—Si puedo contigo, ¿qué te hace pensar que no puedo con el tiempo, Pauline?
—Supongo que sí, aunque deberíamos tener siempre la nevera llena —comenté divertida al sonar mi estómago.
—Descuida, me encargaré de eso, de ti y de lo que haga falta para que estemos bien.
—¿Y yo qué haré según tú? ¿Ser tu esposa trofeo?
—No veo el problema, aunque sé que no eres ese tipo de mujer —contestó seguro, enalteciendo mis latidos—. Pauline —se acomodó a mi lado y acunó mi rostro—, no quiero que esto termine, no quiero tantas distancias.
—Yo tampoco, pero tenemos responsabilidades que nos separan y ocupan mucho tiempo, así que por ahora debemos ocuparnos de eso y, quizás, el otro año podríamos organizarnos mejor —los nervios me ganaron por la profundidad de su tierno mirar—. ¿Sabes? Tal vez podríamos concretar una reunión con nuestros allegados, porque aun cuando no tengas a tu familia, sé que debes tener a alguien.
—Sí, pero no creo que esté muy feliz con el hecho —respondió cabizbajo—. Aunque no perdamos la esperanza, de pronto el otro año todo cambie para mejor en nuestras vidas y yo podría acabar mi trabajo más importante.
—Lo sé, lo sé, darás tu magnífico golpe muy pronto —dije divertida, recordando la infinidad de veces que me ha hablado de un importante negocio que quiere cerrar a finales de este año—. Solo prométeme que conocerás a mi familia y no juzgarás.
—¿Por qué lo haría?
—Hay ciertas particularidades de las que no te he hablado, pero es mejor que las sepas cuando los conozcas, así comprenderás mejor el asunto.
—No me agrada esperar, sabes que me gusta tener el control.
—Sí, pero debes confiar en mí para que esto funcione, es la única forma —él me acomodó en su regazo y me abrazó fuerte.
—Solo porque se trata de ti, Pauline, porque no haría tanto por nadie.
Por primera vez en mucho tiempo anhelé desde lo más profundo escuchar mi verdadero nombre en sus labios.
(…)
Serik
Por sugerencia de Pauline buscamos un bar swinger en la zona. El ambiente se decoraba con una elegancia y exclusividad únicas que deslumbrarían a cualquiera, aunque nosotros, desde que pusimos un pie en el lugar, fuimos la comidilla de todos por la imponente presencia que dejábamos en cada paso. Así, con un vodka en la mesa, comenzamos a hablar con otras parejas que se acercaban intrigados.
Temas variados rodaron con los minutos y pocos eran los candidatos que llamaban nuestra atención, pero cuando dimos con unos que parecían estar a nuestro nivel, no dudamos en pedir una habitación y cambiamos de pareja antes de lo que imaginamos. Claro que en esta ocasión no hubo otro hombre aparte de mí, ya que Pauline estaba encantada con esta pareja de lesbianas (siendo una bisexual) y yo ni loco mi perdería la función de esas tres.
Dichoso, poderoso y el ego por el cielo, me serví un trago mientras las tres estaban en la cama disfrutando del coño de su compañera en tanto el suyo era devorado por otra. Era tan pecaminoso ese femenil triángulo, que no tardé en ponerme duro, siendo el control impuesto por mi estética chica lo que más prendía. Pauline, con estilizados movimientos, desplazaba y pellizcaba los pezones de la rubia a la vez que frotaba su coño con el de ella, entretanto, su boca se apoderaba del coño de la morena y penetraba sus entrañas hasta hacerle perder la concentración, así que la parejita de la noche no conseguía complacerse por estar entregadas al placer otorgado por mi chica.
Yo, con ganas de incrementar sus gemidos, tomé dos flagelos del armario, derramé el vodka en las bocas que seguían uniéndolas y las flagelé gustoso mientras disfrutaba de la mano de Pauline en el único monumento que la hacía gritar desesperada de placer, el mismo que se agrandaba más para ella. Una mirada de esos ojos ámbar bastó para incrementar la furia en mis manos y con ello agudizar los gemidos de mis acompañantes, mas fue el vaivén de mi cadera lo que le hizo saber cuánto ansiaba poseerla, entonces la separé de la rubia bisexual (a quien penetré con cuatro dedos), a Pauline le di su comida favorita (mi carne) y a la morena le seguí latigando las tetas que yacían enrojecidas por el cuero.
Todo iba a las mil maravillas y estaba dispuesto a más, pero un traicionero segundo me hizo divisar el ventanal de otra habitación donde encontré a un sujeto de barba larga que estaba con una rubia. Aunque sabía que no eran ellos, fue imposible no pensar en Pauline en los brazos de aquel sujeto y lo peor era que el rostro de ese perro de Morozov se materializaba en este hombre, así que la furia se apoderó de mí y me desfogué con las tres.
Por un instante creí que la morena me rechazaría, pero al parecer estaba tan excitada, que se olvidó por completo de su puto lesbianismo y yo, con esta pesadilla viviente, no perdería la oportunidad de marcarla igual que a las demás, siendo Pauline mi mayor desfogue en un estúpido intento de borrar las caricias de ese sujeto y el rostro de Morozov de mi cabeza. Es increíble que dos hombres me jodan en tan increíble momento, pero tan buena fue mi actuación, que ninguna de las tres se percató de mis perturbados pensamientos.
—Eso fue increíble —comentó Pauline en cuanto la pareja salió de la habitación.
—Dos más no nos cae mal de vez en cuando —respondí engreído, haciéndola reír.
—¿Sabes? Podríamos hacer un trío con otro hombre o buscar a una pareja hetero, así sería más interesante.
—No hace falta otro si me tienes a mí.
—¡Vamos! No seas así —suplicó aniñada, pero por mucho que quise seguirle el juego, por dentro me mortificaba.
—Ya te dije que no, conmigo es suficiente y seguro quedarías insatisfecha con alguno de esos imbéciles.
Me serví un vodka para calmar este fastidio, pero ella me abrazó desde atrás queriendo convencerme con sus artimañas al repasar mi m*****o con las uñas.
—No me dirás que te pones inservible con otro hombre al lado ¿o sí?
—Ningún idiota me quita las ganas, Pauline —gruñí al límite sin darle la cara.
—Entonces no veo el problema, ¡al contrario!, nos divertiríamos muchísimo porque tú…
—¡Suficiente! ¡Te dije que no habrá otro hombre con nosotros y es mi última palabra! ¡Esos imbéciles no pueden complacerte como yo lo hago! —vociferé enardecido al no soportar esa maldita imagen de ella con ese sujeto, pero Pauline, anonadada, retrocedió unos pasos.
—El único imbécil eres tú —se vistió rápidamente en lo que yo intentaba detenerla—. ¡Suéltame! —gritó, apartando con brusquedad mi mano—. ¡En tu puta vida me vuelves a gritar así y menos me dirás qué debo hacer!
—¡Pauline! —ella recogió su bolso, sus zapatos y salió casi corriendo en lo que yo me vestí rápidamente mientras intentaba alcanzarla—. ¡Detente y hablemos! —grité en mitad del pasillo y ella volvió a apartar mi mano de un golpe—. No debí gritarte, pero en verdad no es necesario eso.
—Explícame la razón. Y será mejor que me des un motivo más razonable que tu puto ego —por desgracia no tenía otro motivo, pues era mi ego y mi mente lo que me jodía, ayudado de esas fotografías y el saber que hubo otro hombre en su vida…—. ¿¡Y bien!?
—Pauline, la verdad es que… —no quería sumar otra mentira, pero sabía que esto se pondría peor si le decía que era por ego o que la había mandado a seguir. Creo que no hay otra opción—. Tuve una experiencia parecida con otra mujer que me hizo una mala jugada, no la amaba, pero sí me pagó mal cuando involucramos a otro sujeto. Supongo que el hecho de que él tuviese dinero y yo fuese un simple empleado sin casa propia fue lo que la hizo cambiar de parecer —intenté verme lo más lastimero posible, lo que pareció conmoverla.
—¿Y crees que soy como ella?
—Obvio no, ella no te llega ni a los talones, pero no quiere decir que no me afecte.
—Entonces dame la oportunidad de demostrártelo, porque no necesito tu dinero y tú sin duda sabes darme lo que quiero en la cama.
Aunque la lujuria se marcaba en su felino mirar, no pude evitar recordar aquella vez que la sentí desconectada de mí y de pronto la rabia me consumió.
—De acuerdo, pero yo escogeré esta vez. Espérame en la habitación —ella corrió dichosa de regreso—. Esta vez te daré una dura lección y veremos cuánto te quedará gustando la idea.