La casa estaba extrañamente silenciosa esa tarde. Scarlett y Joe habían salido a hacer compras, y Pete... bueno, Pete parecía necesitar descansar. No sabía cómo descansaba un fantasma, pero después de lo ocurrido, su figura apenas estable me había dejado claro que necesitaba tiempo.
Me senté en el sofá, rodeada por el caos de la sala aún semi-destrozada. Cerré los ojos, intentando simplemente no pensar. Pero el silencio pesaba.
Y fue entonces cuando lo sentí.
No un sonido. No una presencia como la de Pete. Era algo... distinto. Como una presión en el aire. Un cambio sutil pero real. Algo que me hizo abrir los ojos de golpe.
Frente a mí, al otro lado de la sala, algo se movía.
No era un espectro como Pete. No había forma humana. Era más como una acumulación de niebla oscura y fragmentada, casi como humo atrapado dentro de un cristal roto. Parpadeaba, como si existiera y no existiera a la vez. No tenía rostro, ni ojos, ni manos. Pero sabía que me miraba.
Y sabía que no era agresivo. No como la sombra anterior. Había algo... triste en su presencia.
Retrocedí un paso, pero no huí. Algo me obligaba a quedarme. Algo dentro de mí me decía que no quería hacerme daño.
Entonces escuché algo. No con los oídos. Sino dentro de mi mente. Una frase, una voz quebrada, repitiéndose.
—Ayúdame... ayúdame... ayúdame...
Era como un eco que rasgaba mi mente. La niebla abstracta temblaba, como si cada repetición la debilitara más.
—¿Qué eres...? —susurré sin pensarlo.
—Ayúdame... ayúdame...
Mis piernas temblaban. Mi cuerpo quería correr. Pero no lo hice. Algo me ataba. Algo en esa "cosa" me hacía entender que no quería asustarme. Solo pedía ayuda.
El eco se volvió un grito mental.
—Ayúdame...
Sin saber por qué, di un paso hacia él.
Entonces sentí un tirón brusco en mi brazo. Giré sobresaltada. Pete había aparecido junto a mí, más sólido que antes, sus ojos brillando con alerta.
—No te acerques —dijo, más severo de lo habitual.
—No me va a dañar —susurré. Lo sabía. No podía explicar cómo, pero lo sabía.
Pete me observó unos segundos. Luego miró a la figura nebulosa.
—Es un eco. No es un espíritu normal. Es algo atrapado. Algo que no puede cruzar... ni quedarse.
—Pero me pide ayuda...
Pete frunció el ceño. Su expresión mezclaba tristeza y miedo.
—Porque está desesperado. Cuando algo queda demasiado tiempo atrapado, su conciencia se fragmenta. No sabe quién es. Solo sabe que sufre.
—Entonces... ¿podemos ayudarlo?
Pete negó.
—No lo sé. Nunca lo intenté.
Lo miré. Por primera vez desde que lo conocí, supe que Pete tenía miedo. Miedo verdadero.
—Yo quiero intentarlo —dije de pronto. No soné valiente. Soné como una niña suplicando. Pero estaba decidida.
Pete desvió la mirada. Luego suspiró.
—De acuerdo. Pero yo me quedaré junto a ti.
Asentí. Volví a mirar al eco. Seguía temblando. La frase seguía resonando en mi cabeza.
—Ayúdame... ayúdame...
Me acerqué un paso más. El eco retrocedió, asustado. Lo comprendí entonces: incluso aquello tenía miedo. Estaba perdido. Solo.
—No voy a hacerte daño —susurré, aunque no sabía si podía entenderme.
El eco tembló, debilitándose.
—Piensa en algo. Algo bueno. Una imagen. Un recuerdo feliz —dijo Pete de pronto, sin apartarse de mi lado.
—¿Por qué?
—Porque el dolor lo alimenta. Si quieres acercarte, tienes que ser luz, no miedo.
Según Pete, yo era una chica normal. No tenía poderes. No sabía qué hacía. Pero cerré los ojos, obedecí y recordé.
Recordé la risa de mi madre en la playa. Las manos de papá revolviendo mi cabello. El día que tomé mi primera foto con la vieja cámara Canon. Me aferré a esos recuerdos, aunque dolieran.
Entonces, extendí mis manos hacia el eco.
—No estás solo —susurré.
El eco se detuvo. Por primera vez desde que lo vi, dejó de temblar. El zumbido en mi mente se calmó. El eco se movió lentamente hacia mí. Ya no huía. Parecía... curioso.
Pete no dijo nada. Solo observaba, alerta.
Cuando el eco estuvo a apenas un metro de distancia, noté algo nuevo. Pequeñas luces dentro de su niebla, como fragmentos rotos de un recuerdo perdido. Era hermoso y triste al mismo tiempo.
—¿Qué debo hacer ahora? —pregunté a Pete, sin apartar los ojos del eco.
—No lo sé —admitió. Sonaba derrotado.
Pero yo sentía que algo más debía hacer. Quizá...
Avancé un paso final. Cerré los ojos. De nuevo, como con Pete, extendí mi mano.
No sabía si funcionaría.
Sentí un leve roce en la punta de mis dedos. Frío. Doloroso. Pero no hostil. Como el contacto de alguien que lloraba en silencio.
El eco no habló más. Solo se quedó allí. Esperando.
Yo también esperé.
Pete, junto a mí, me susurró:
—Tal vez... lo estás calmando.
No respondí. Solo seguí ahí. De pie. Con mi mano extendida hacia un alma rota que ni siquiera entendía.
La oscuridad interior del eco palpitó. Los fragmentos luminosos giraron un poco más rápido. Y entonces, la voz mental regresó una vez más. Pero esta vez, la frase cambió.
—Gracias.
El eco comenzó a deshacerse. Lentamente. Como si por fin pudiera dejar de existir en ese estado de tormento.
Cuando desapareció por completo, el silencio se hizo total.
No sabía si había cruzado. No sabía si había salvado a alguien. Solo sabía que ya no sentía ese peso en el aire. Estaba libre.
Pete se acercó lentamente a mí.
—Acabas de hacer algo que yo nunca pude.
Giré hacia él, agotada.
—¿Qué hice?
Pete sonrió, una sonrisa triste pero real.
—Le diste paz.
Esa noche, mientras Pete me acompañaba en silencio, entendí que mi vida había cambiado para siempre.
Y que ayudar almas perdidas... ahora también era parte de mí.