JAMES —Tendré turno en la farmacia esta noche — asiento en silencio, apresurándome en acabar mi desayuno—. Pero no tengas ideas erróneas — padre me advierte, con ese tono de voz que siempre me hace temblar—. Volverás a casa apenas salgas de la universidad, sin desvíos. ¿Me entiendes? —Sí, padre — el cereal que se desliza por mi garganta se siente como lija por el gran nudo que se rehúsa en desaparecer. —Bien, traeré tu jodida medicina hoy — gruñe, apretando en su muñeca su reloj favorito—. Tu madre ni siquiera hizo un buen trabajo dándome un hijo sano — niega, decepción en su mirada—. ¿Al menos tu inhalador todavía funciona? —Sí. —Sí, ¿qué? — frunce el ceño y aprieta los puños a sus costados. —Sí, señor. —Que no se te vuelva a olvidar. No sé qué patrañas te enseñan en ese lugar,

