—Buenos días, mon amour* —salta encima de mi cama y pasa un pesado brazo sobre mi pecho—. Despierta, tienes que alimentarme. —No soy tu jodida tienda de comestibles —mi voz todavía ronca y rasposa por el sueño—. Quítate ya —intento apartarlo, pero él se acurruca con más fuerza. —Soy un bebé koala —dice cantarín justo en mi oído y el imbécil me hace reír—. Vamos, Jas. Tengo hambre. —Dile a Mary, entonces —no sé qué hora es, pero calculo que la cocinera que mis padres contrataron para mí ya debe estar aquí—. Yo no voy a cocinar para tu culo holgazán. —Siempre hiriéndome con tus crueles comentarios —toma una almohada y me golpea en la cabeza con ella—. Tienes que levantarte de todas maneras o llegaremos tarde. Se baja de la cama y comienza a vestirse. No sé en qué momento de la noche log

