—¡Si llegan tarde mañana, me aseguraré de cortar sus miserables culos y colgarlos sobre mi chimenea! —Ni Dios lo quiera —le digo a los chicos, en un susurro ronco por mi respiración agitada—. Me gusta mucho mi culo. —¿Cuál? —Steve sonríe, burlón. —Cállate, idiota —golpeo su cabeza—. Sabes que te encanta. —¿Para qué decir que no, si sí? —Todo lo que puedo ver es "incesto", con todas las letras en mayúscula —Nate niega con la cabeza mientras entramos exhaustos a los vestidores. —No entiendo —Sam se quita las protecciones de su uniforme al mismo tiempo que nosotros, guardándolas en su bolso de lona. —Ignóralo, Sam —le doy palmadas en la espalda dura como roca—. Nate sólo está celoso. —¡Ha! Ya quisieras. —Sabes que no tienes que estarlo, corazón de melocotón —Steve mueve la cadera en

