Los labios de Eros no habían perdido aquel dulce y embriagador sabor, uno capaz de arrebatarle la poca cordura que Danika aún conservaba. La hermosa agente de mirada color hielo, no escucho el sonido de la puerta cerrándose detrás de él Dios mortal; las emociones la envolvían y abrumaba su mente, mientras todos sus sentidos se asomaban, volviéndose tan sensibles como las hojas de una mimosa. Con gentileza, Eros la elevó entre sus brazos, llevándola en horcajadas hasta la cama, dónde la recostó con tal delicadeza, que derritió el corazón de la bella mujer. Sin separar los labios de los de él, Danika comenzó a desvestir al hermoso hombre, admirando cada centímetro dónde la tela daba lugar a la piel desnuda y tersa. Justo cuando ella estaba por quitarle su boxer, el Dios mortal se apartó

