Capítulo 8: Soledad entre lujos

698 Words
La mansión Duarte brillaba por la noche. Las luces cálidas iluminaban los amplios pasillos, las esculturas de mármol y los ventanales que mostraban jardines perfectamente cuidados. Todo era elegante. Imponente. Perfecto. Y profundamente silencioso. Valeria caminaba por el corredor del ala este llevando unos documentos al despacho. A esa hora, la mayoría del personal ya se había retirado y el lugar adquiría una atmósfera distinta… más íntima, casi melancólica. Mientras avanzaba, notó una puerta entreabierta. Una luz tenue escapaba desde el interior. Dudó unos segundos. No quería invadir espacios privados. Pero entonces escuchó un sonido suave… música. Era una melodía de piano, lenta y profunda, que parecía llenar el aire con nostalgia. Sin darse cuenta, se acercó. Y miró. Adrián estaba de espaldas, sentado frente a un piano n***o brillante. Sus manos se movían con precisión sobre las teclas, pero la música no era fría ni técnica. Era triste. Hermosa. Humana. Valeria sintió un nudo en la garganta. Nunca lo había imaginado así. No como el hombre de negocios. No como el jefe. Sino como alguien que cargaba silencios en el alma. El sonido del piano se detuvo. Adrián permaneció inmóvil unos segundos antes de hablar. —Puede entrar. Valeria se tensó. No sabía cómo había notado su presencia. Entró con cautela. —Lo siento, señor. No quise interrumpir. Él cerró lentamente la tapa del piano. —No interrumpió. El silencio se instaló entre ambos. La habitación era elegante pero sobria: estanterías llenas de libros antiguos, una lámpara cálida y fotografías familiares colocadas con discreción. Valeria observó el espacio con curiosidad respetuosa. —No sabía que tocaba piano —dijo con suavidad. —Hay muchas cosas que no sabe de mí. No sonó arrogante. Sonó… cansado. Ella bajó la mirada. —Es muy hermoso. Adrián la observó. Como si intentara descifrar si sus palabras eran sinceras. Y lo eran. Se levantó del banco del piano. —Mi madre me enseñó cuando era niño. Valeria recordó el retrato del vestíbulo. —Debió ser una mujer especial. Adrián no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron en un punto lejano. —Lo era. Ese simple reconocimiento estuvo cargado de emociones no expresadas. Valeria comprendió que había una tristeza antigua viviendo dentro de él. Una soledad que el poder no podía llenar. Se hizo un silencio suave, distinto al de otras veces. Más cercano. Más humano. —Este lugar es muy grande —dijo ella con cautela—. ¿No se siente… vacío a veces? La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. Adrián la miró con sorpresa. Nadie se atrevía a hablarle así. Nadie. Pero ella no lo había dicho con curiosidad. Lo había dicho con empatía. Miró alrededor. El lujo. El orden. El silencio. —Sí —respondió finalmente. Una sola palabra. Pero contenía años de soledad. Valeria sintió que su pecho se apretaba. Porque comprendió algo esencial: El hombre que parecía tenerlo todo… vivía acompañado por el vacío. Un sonido lejano de viento golpeó suavemente las ventanas. Valeria sostuvo los documentos que llevaba. —Debía traer esto a su despacho. Adrián los tomó, pero no los miró. —Gracias. Sus dedos se rozaron por un instante. Un contacto breve. Pero cargado de electricidad. Valeria retiró la mano de inmediato. El aire cambió. Ambos lo sintieron. Ella dio un paso atrás. —Buenas noches, señor. Adrián asintió. Pero no apartó la mirada. Valeria salió de la habitación con el corazón agitado, como si hubiera descubierto algo íntimo… algo que nadie más veía. Cuando la puerta se cerró, Adrián permaneció de pie junto al piano. El silencio volvió. Pero ya no era el mismo. Por primera vez en mucho tiempo… no se sentía completamente solo. Esa noche, en su habitación, Valeria miró el techo sin poder dormir. Pensaba en la música. En su voz. En la tristeza detrás de sus ojos. Y comprendió algo que la inquietó profundamente: Quería volver a verlo así. Real. Sin armaduras. Mientras tanto, en otra ala de la mansión, Adrián observaba el piano sin tocarlo. Porque la presencia de Valeria había dejado una sensación extraña… una calidez que el lujo nunca había podido ofrecer. Y sin darse cuenta… la soledad empezaba a perder terreno.
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