Sebastián regresó a la habitación para acompañar a su hijo, empezó a hablarle mientras el niño permanecía inconsciente. —Te amo hijo. Perdóname por haberte castigado sin razón. Perdóname por no saber acercarme a ti y por no poder decirte que estoy muy orgulloso de ti, como no estarlo, con un hijo que toca el violín desde los tres años, conoce y habla más de cuatro idiomas con menos de seis años, es campeón infantil de competencias automovilísticas, maneja el computador y sus programas mejor que yo —manifestó con una sonrisa—. me muestra mis errores esperando que los corrija, me deja sin palabras con su fluidez. Prometo no volver a juzgarte sin oírte. Soy imperfecto Taddeo, me equivoco y lamentablemente no hay un manual que me indique como ser un buen padre, se aprende en el camino, por es

