2. Capítulo

1932 Words
Al ingresar a la vivienda, fue inevitable no escudriñarla detenidamente. El lugar contaba de un enorme living que derrochaba lujo por doquier, estaba amueblada y la combinación de las paredes color blanco junto a los sofás oscuros le daban un aspecto elegante. El hombre encargado subió las valijas al segundo piso, Stephen y Sahara aguardaron en la sala. A los pocos minutos se presentó el mismo hombre que les ofreció mostrarle el hogar a la muchacha, fue un corto tours pero al menos ya no estaría tan pérdida. En la zona del segundo piso se encontraba el despacho, salón, cocinas, comedor y biblioteca; todas ellas con acceso al jardín. La joven miraba con total aburrimiento, pero no dijo nada al respecto pues sería grosero de su parte. Al otro lado de la vivienda se hallaba el dormitorio principal con dos vestidores y un gran baño en suite doble, y otros cinco dormitorios con baño en suite todos ellos, además de un salón para hacer de zona de ocio. También tenía piscina interior, pista de pádel, cine, y gimnasio. Esto último no le pareció nada mal a Sahara, de hecho, fue lo que más le gustó. Era una amante del ejercicio. Luego de ese rápido recorrido, se dirigieron nuevamente al living. Stephen recibió una llamada por lo que tuvo que atender dejando a la jóven Sahara sola en la estancia. Se distrajo en su teléfono revisando sus r************* , no encontrando nada interesante, de forma despectiva le dió like a la publicación de un famoso, tan inmersa se hallaba en el aparato que no se percato de la llegada de aquel hombre. Y cuando lo notó ahí, haciendo acto de presencia de forma repentina, se sintió un poco extraña, era como estar a pocos pasos de un desconocido, aunque en el pasado hubieran forjados algunas recuerdos, de los que muchos se habían empañado. No sabía cómo actuar, además de no ubicar en la cabeza las palabras adecuadas, se sintió como un llavero de nervios. El hombre que la jóven reconocía, no se parecía en nada a lo que ella recordaba en su niñez, obviamente el aspecto físico no era el mismo. A unos metros estaba un hombre totalmente cambiado y vaya que el cambio físico era tremendo. Traía el cabello prolijo, una barba insipiente de dos días, y una ropa casual que se ajustaba a su fisonomía musculosa. La verdad es que quedó impactada con lo que sus ojos veían, pero de un momento a otro se obligó a apartar la mirada de aquel hombre tan apuesto que de alguna forma le atraía. —¡Kaleb! amigo mío, al fin te dignas de aparecer —la voz de su hermano hizo que el aludido desviara la vista de la chica, e inmediatamente su cuerpo se relajó al no sentir el escrudiño intenso de aquellos intensos ojos pardos. Siquiera le dirigió un saludo a la jóven chica, por lo que de inmediato no tardó de tildar al hombre despectivo. Era un completo maleducado. Pensó Sahara. —¿Llevan mucho tiempo aquí? —preguntó Kaleb acortando la distancia y envolviendo a su amigo en un abrazo. —No, acabamos de llegar hace veinte minutos más o menos —le dice Stephen—. ¿Cómo vas con el viñedo? Kaleb soltó un suspiro. —Digamos que mejor que el año pasado, la competencia no será nada fácil. Pero mis trabajadores están haciendo todo para tener el mejor vino de la temporada —explicó y se enfrascaron en una conversación que a la jóven le pareció de los más aburrida. Sin embargo se dedicó a escanear al amigo de Stephen, con disimulo. Había algo en él que causaba que Sahara no despegara los ojos de aquel hombre. Su altura era igual que la de su hermano, poseía una elevada simetría facial que sin duda alguna dejaba noqueada a cualquier mujer. No solo su posición social era un imán para atraer a las féminas, si no que también contaba con un tremendo físico cautivante. La chica continúo recorriéndolo de pies a cabeza, observando desde una espalda amplia, cintura relativamente delgada y unos brazos que a leguas dejaba claro cuánto se ejercitaba. —Bueno, ya debo irme si no quiero perder el vuelo —la voz de Stephen la sacó de su descarado recorrido hacia el hombre. —Bien, no te hago perder más tiempo —emitió Kaleb despidiéndose del mayor de los Hampson. —Te escribo en cuanto llegue, mantenme informado de aquel tornado —señaló a su hermana haciendo que su amigo girara la cabeza a su dirección. Y en respuesta, la muchacha no solo bufó, también se atrevió a rodar los ojos sin importarle un bledo dar la impresión de estar actuando como una cría. El hombre negó con la cabeza, reprobando el gesto. Los tres se dirigieron a la entrada principal, Sahara a pesar de no estar de acuerdo en la decisión de Stephen, de quedarse con un completo desconocido, aunque este fuera el mejor amigo de su hermano. No puedo evitar contener las lágrimas y acabó sollozando en los brazos del mayor de los Hampson, ambos se abrazaron por unos minutos, hasta que llegó la hora de partir. Se sentía como si fuera una despedida por siempre. Pero no era así, solo debía esperar seis meses para volver a verlo. No era mucho tiempo, sin embargo sería como una eternidad para ella. (...) Al cabo de un rato, Sahara se disponía a arreglar sus pertenencias en la que ahora sería su nueva habitación. Era espaciosa, en el medio había una cama grande, con una mesita de noche a cada lado. Además el dormitorio gozaba de un balcón con vista a la terraza donde una enorme piscina adornaba el lugar. Las ganas de zambullirse en ella la tentaron, sin importarle no haber traído un bañador. Lo más probable es que su hermano le hubiera comentado de ello, pero por andar siempre despistada no lo escuchó. La joven, se obligó a quitar la vista del agua que se movía en un vaivén debido a la ráfaga de viento que hacía allí afuera. Así que se dedicó a colocar la ropa en el armario, esto no le tomó mucho tiempo, por lo que al terminar, se dio una ducha fría y sintiéndose famélica, fue en busca de comida que pudiera calmar su estómago que no dejaba de gruñir. Al llegar al comedor, vió que una mujer bajita depositaba un plato gourmet con ingredientes exquisitamente seleccionados. La chica se acercó a la mesa y se sentó. —Gracias —musitó hacia la mujer—. ¿Kaleb no comerá aquí? Preguntó confundida al no verlo. —No señorita, suele hacerlo en su despacho —mencionó sirviéndole el jugo—. Si necesita algo más, estaré en la cocina, provecho. Sahara le regaló una sonrisa antes de que la mujer se marchase. Comenzó a comer en un completo silencio que le brindaba el comedor, la verdad era que la muchacha no estaba acostumbrada a hacerlo sola, puesto que su hermano la acompañaba. Por esa razón le pareció deprimente no tener compañía en ese momento. ¿Estará ocupado? Se preguntaba a si misma. La actitud del mejor amigo de su hermano, le daba intriga. Era tan serio e intimidante y con ese aire misterioso que le causaba curiosidad e incertidumbre en conocerlo. Horas más tarde, la muchacha se encontraba deambulando por su habitación sin saber que hacer. Había leído un buen rato el libro que trajo consigo, pero sintió pereza y acabó cerrándolo. Salió al balcón para tomar aunque sea un poco de aire fresco, el sola hacía horas que se había ocultado, dándole lugar a la luna que se alzaba en lo más alto de cielo oscuro. De repente, escuchó unos golpes a su puerta, confundida se dirigió hasta ella y la abrió. Kaleb, que llevaba horas encerrado en su despacho, metido entre una montaña de papeles por revisar. Olvidó que debía hablar con la hermana menor de su amigo, según Stephen, la jóven no estaba cursando ninguna carrera universitaria y le pidió que le pusiera una tarea en el viñedo. Al principio se negó, puesto que la mayoría de sus trabajadores eran hombres, y la labor resultaría muy pesada para la escuálida chica. No obstante, Stephen lo convenció de que no se dejara engañar por su pequeña hermana, esta era más fuerte de lo que él creía. Y quizás podría colocarla a recoger las uvas, así fuera unos tres días a la semana. —Mañana comenzarás a trabajar en el viñedo. El horario de todos es a las siete en punto, y finaliza a las doce. O bueno, en tu caso —habló kaleb sin poder pasar por desapercibido que la chica se encontraba con una ancha camisa que llegaba hasta la mitad de su muslos. Apartó los ojos rápidamente, posándolos en los de la muchacha. Tenía un gran parecido a Stephen, solo que ella tenía la piel más pálida y ojos ovalados de un color avellana. El cabello lo llevaba más abajo de la cintura, era tan n***o y sedoso que enmarcaba su llamativo rostro. No podía negar que la chica era muy atractiva a los ojos de cualquier hombre que la mirase. Jamás se hubiera imaginado que aquella niña que recordaba, se había convertido en toda una mujer esbelta. —¿Trabajar en el viñedo? —inquirió Sahara ceñuda. No comprendía de que estaba hablando, su hermano no le había mencionado nada de eso. —Sí, como escuchaste. A menos que tengas algo mejor que hacer que perder el tiempo durmiendo —su respuesta sonó algo brusca. Kaleb estaba al tanto de la conducta de la muchacha, no era ninguna novedad para él, saber que Sahara se hubiera convertido en toda una indolente aunque ya contaba con la edad suficiente para tener un trabajo estable. —¿Disculpa? —la jóven se sentía enojada ante la respuesta del despectivo hombre. Siquiera llevaba un día viviendo con él, y sentía que cada vez le caí peor. —Es la verdad, así que no te hagas la ofendida —emitió sin filtro—. Además fue Stephen quién me permitió que te pusiera un trabajo, labor que harás sin rechistar, por supuesto. Sahara alzó su barbilla desafiándolo, mientras se cruzaba de brazos. —¿Y si no quiero qué? ¿Me obligarás? —soltó con burla—. No eres nada mío para ordenarme qué hacer... —Gracias a Dios —dijo kaleb haciendo un gesto de alivio con sus manos—. Pero, déjame recordarte dónde te encuentras, jovencita. Es mi casa y mis órdenes, tengo el derecho de mandarte a hacer lo que se me venga en gana. Sus palabras no hicieron más que enfurecer a la muchacha, si algo odiaba Sahara era tener que seguir reglas. Y mucho menos de un desconocido que creía tener ese derecho sobre ella. —Eres un idiota —masculló entre dientes. El joven kaleb esbozó una sonrisa divertido por la situación. Conocía a la perfección ese tipo de actitudes de parte de los jóvenes como ella, sobre todo tenía presente lo que le había dicho su amigo sobre su hermana. Le gustaba hacer las cosas a su manera, era amante de la libertad, sin seguir reglas establecidas. Parecía un mapache rabioso si algo no salía como ella quería. —Bienvenida a California, querida —se despidió girando sobre su talón dispuesto a marcharse—. Que duermas bien. Sin esperar a recibir respuesta, se marchó dejando a una furibunda Sahara que deseó borrarle la sonrisa de un puñetazo.
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