“Tan solo una mirada: los ojos son las ventanas de nuestra alma, aquella que significa tanto, pero no la puedes tocar. Una mirada puede decir mucho, a la vez que nada, pero es el único capaz de entender sin que tengas que hablar.”
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Se encontraba frente a la entrada del que sería su nuevo colegio. Las manos le temblaban, las rodillas parecían querer doblarse y su voz parecía no querer salir. Un mundo nuevo, con personas nuevas. ¿Qué le depararía el destino? Aún no lo sabía, pero debía prepararse mentalmente. Su nueva vida empezaba y debía afrontarla.
—¡Apártate del camino, nerd! —fue una voz detrás de ella.
—¿Acaso, aparte de nerd, eres sorda? ¡Te dije apártate!
Sintiendo un golpe en el hombro, fue empujada.
Avergonzada, solo llevó su mano al área afectada mientras se hacía a un lado, dejando que los otros estudiantes ingresaran.
—Excelente forma de iniciar, Marina —se dijo a sí misma, entrando finalmente.
Cuando pensaba que lo peor había pasado, las miradas se juntaron a su alrededor. Se sentía extraña. ¿Por qué todos la miraban raro? Como un bicho extraño al que debían pisar. ¡Dios! Solo quería que ese día terminara ¡ya!
Apresuró el paso, dirigiéndose a la directora.
—¡Cuidado, jovencita!
—¡Ah!
Ya era tarde. Debido a su impaciencia por llegar a la oficina de la directora, no había notado el letrero de “Precaución: piso mojado”. Y ahora tenía dos problemas: uno, el terrible dolor en sus posaderas por la estrepitosa caída; y dos, que se le estaba haciendo tarde.
—Deme la mano, señorita, la ayudaré —dijo amablemente el señor de limpieza, un hombre de aproximadamente 60 años.
—Se lo agradezco —respondió sonriente.
—Eres nueva, ¿verdad?
—Asombrada, preguntó—: ¿Cómo lo sabe?
—Ja, ja, ja. Jovencita, seré viejo, pero no senil. Esta memoria todavía está intacta y recuerdo a cada estudiante, y a usted jamás la he visto.
—Bueno, la verdad es que… ¡Oh, cielos, es muy tarde! Lo siento, debo irme. Muchas gracias por su ayuda —dijo, despidiéndose y dirigiéndose a gran velocidad hacia la directora, rogando no recibir un regaño por su tardanza.
—De nada. ¡Mucha suerte!
…
Alzando la mano en un puño, se preparaba para tocar la puerta cuando esta se abrió, dando paso a una señora de ceño fruncido, ojos saltones y fríos.
—Eh… lamento llegar tarde.
—Tome asiento.
Marina asintió y, obedeciendo, tomó su lugar.
—Señorita Montero, la puntualidad es una virtud. La estuve esperando por dos minutos.
—Lo siento, no volverá a pasar.
—Eso espero. No quiero pensar que hice mal en aceptarla en nuestra gloriosa institución.
—Oh, no. Le prometo que haré mi máximo esfuerzo.
—Nosotros no queremos su máximo esfuerzo, queremos todo su esfuerzo. Así como lo realizado en la prueba que usted realizó para ingresar. Esta institución jamás ha recibido a un estudiante de bajos recursos; sin embargo, usted fue la excepción. ¿Y sabe por qué?
—Porque saqué la puntuación más alta.
—Ja, ja, ja. ¡No, señorita! A nosotros no nos interesa la puntuación más alta. ¡Queremos el puntaje perfecto! Y usted fue la única en conseguirlo.
—Oh, gracias.
—¿Pero si no la estoy felicitando? Usted debe mantener ese nivel si quiere permanecer aquí.
—Sí, lo haré.
—Por esta vez dejaré pasar su tardanza, pero la próxima, despídase de la beca.
Marina pasó saliva y solo movió la cabeza afirmando.
—Ahora vaya a clases.
—Sí, con su permiso.
...
Caminando por el pasillo, Marina se pasó la mano por la cara.
—¡No puedo creerlo! ¡Sigo viva! Pensé que me comería con los ojos.
Alzando la vista, observó el número de las aulas.
—Sí, este es.
Asomándose por la puerta, se disculpó por la interrupción.
—Oh, cierto, la nueva estudiante. Adelante, apenas hemos empezado —dijo el docente de turno.
—Gracias.
—¡Jóvenes, presten atención! Desde hoy se integra una nueva estudiante. Su nombre es…
El profesor leyó la hoja que tenía en la mano.
—Es la señorita Marina Montero, quien obtuvo la calificación perfecta en nuestra prueba de ingreso.
—¿Una cerebrito?
—Es la nerd que vimos en la entrada.
Eran los murmullos que se oían.
—Quisiera que reciban a su nueva compañera con una calurosa bienvenida.
Los rostros de disgusto de los demás estudiantes lo decían todo. A la mayoría no le agradaba la nueva de la escuela.
—Tome asiento en uno de los lugares disponibles.
Marina caminó hasta encontrar un asiento.
—¿Está libre aquí?
—No, este lugar es para mi maleta.
Cerrando los ojos por el sonido que hizo al golpear el asiento con la maleta, Marina continuó su búsqueda.
—Hey, psss… tú.
Girando la cabeza, buscaba el origen de la voz que la llamaba.
—Aquí.
Una joven pelirroja, llena de pecas, la llamaba.
—¿Es a mí?
—¿A quién más, tonta? Ven, siéntate aquí.
Colocando su maleta, Marina al fin pudo tomar asiento.
—Oye, debes ser más lista, y no hablo de las materias. Esos creídos son los “hijitos de papi”. Solo están aquí porque cada año sus familias donan una gran cantidad de dinero a esta escuela. Bueno… mi padre también, pero a lo que me refiero es que ellos se creen los reyes del mundo, los intocables. Por eso no me agradan, así que ten cuidado de acercarte a ellos, sobre todo a su estúpido líder.
—¿Líder?
—Ah… sí. Sam Leone. Es el estudiante más rico de toda la escuela y, aunque no es prejuicioso, se habla con todos esos cabeza huecas.
—Bueno, tendré cuidado. Gracias por tus consejos —dijo, estirándole la mano.
—Gracias a ti.
—¿Por qué?
—Por escuchar —dijo, estrechándole la mano.
—¡A ver, presten atención! Usted, señorita Raffaela, no distraiga a la señorita Marina.
—Conversemos en la hora del refrigerio. Este profesor tiene orejas de murciélago.
—La estoy escuchando, señorita Raffaela.
La joven pelirroja giró en su asiento, quedando de espaldas a Marina.
—Bueno… el día de hoy hablaremos de una de las etapas de la Edad Media. ¿Alguien podría decirme cuáles eran?
De pronto, alguien interrumpió. Se trataba de un joven de cabello n***o, ojos azules y labios varoniles. Su apariencia era la típica de un “chico malo”.
—Otra vez tarde, joven Sam.
—Oh, qué mala suerte. Si hubiera sabido que usted estaba dando la clase, no habría venido.
—¡Pero cómo se atreve!
—Bueno, supongo que ahora me enviará con la directora, ¿verdad? Me voy.
—¡Un momento!
—¿Desea que le dé un recado de parte suya?
—Usted está en mi hora de clase y tomará asiento, guardando silencio.
—Bueno… —dijo de mala gana.
Las demás chicas miraban boquiabiertas a Sam, pues él era el único que rompía las reglas y jamás recibía castigo alguno. Su familia no solo era rica, era el mayor benefactor de la institución. Gracias a esa fama ganada, era el más codiciado por las jovencitas que soñaban con algún día ser correspondidas por el muchacho más guapo que sus ojos hubieran visto.
Fue entonces cuando Marina alzó la vista, topándose frente a frente con el apuesto estudiante.
Una mirada, tan solo eso había sido suficiente para que mil emociones recorrieran a la jovencita. Su corazón palpitaba ferozmente, su respiración se había detenido y sus labios fueron incapaces de articular palabra alguna cuando él le habló.
—Buenos días, señorita. Sea bienvenida —dijo Sam, haciendo una reverencia para sorpresa de los demás.
Y sin decir más, ocupó su lugar en el aula.
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Ya durante el receso, Raffaela aprovechó en contarle más cosas de su vida a Marina. ¡Y vaya que la jovencita era muy habladora!
Marina ahora sabía que Raffaela era la hija del dueño de los hoteles más lujosos de la ciudad y que tenía una hermana melliza; sin embargo, ella no había venido debido a un pequeño accidente el día anterior.
—¿De verdad?
—Shhh… no lo digas tan alto. No quiero que los demás se enteren. Es algo raro que a ella le gusta.
De pronto, mientras ambas platicaban, Marina sintió algo frío sobre sus piernas. Una de las estudiantes había derramado un líquido de color extraño sobre su uniforme.
—Oh, lo siento, no me fijé —dijo con fingida inocencia la joven, mientras intentaba ocultar su risa detrás de sus manos.
—¡No es cierto! Lo tiraste a propósito. Tú y tus estúpidas amigas estaban planeando esto, pero ya me tienen cansada. ¡Ahora vas a ver de lo que soy capaz!
Parándose con las manos en puño, pretendía abalanzarse sobre la chica, que al ver la reacción de Raffaela retrocedió.
—No, Raffaela, no es importante. Solo fue el uniforme. No te metas en problemas —dijo Marina, colocándose entre ambas y tratando de calmar a su amiga.
—¡Pero qué salvaje! ¡Le diré a la directora! —dijo la joven, alarmada.
—¡Ven, te daré un motivo para quejarte!
—Ustedes no deberían estar aquí, este lugar es solo para personas de bien —dijo otra de las estudiantes.
—No para una delincuente y una pobretona.
—¡Ahora sí, de esta no te salvas!
Con la poca paciencia que tenía, Raffaela finalmente no aguantó más y sujetó a una de las chicas del cabello.
—¡Auxilio!
Sin importarle lo demás, la pelirroja seguía tirando del cabello de la otra.
—Todo esto es tu culpa, debes irte. No te queremos aquí.
Marina solo bajó la mirada.
—¡Oh, Sam! Gracias al cielo que estás aquí. Mira a esa salvaje, la está golpeando.
Sin prestar la mínima atención, Sam continuó caminando hasta detenerse frente a Marina, quien no había notado su presencia hasta que él le tocó el hombro.
Alzando la mirada, dio un brinco de sorpresa.
—Descuida, no vengo a insultarte —dijo, usando una voz suave.
—¡Pero, Sam, ellas nos atacaron! —dijo una de las chicas, sorprendida.
Sin voltear a mirarla, él contestó:
—Si hay algo que detesto en esta vida es que se aprovechen de su condición humillando al otro. Eso solo lo hace alguien desagradable.
—Sam…
—Lamento que esto haya pasado —dijo, metiendo la mano en su bolsillo y sacando un pañuelo.
Y para sorpresa de todos, Sam se arrodilló, pasando el pañuelo por la tela mojada.
—¡Ah! —haciendo una cara de disgusto, las demás se retiraron.
Marina retrocedió un paso.
—No es necesario, yo puedo hacerlo sola.
—De acuerdo. Sé que no confías en mí, pero no debes temerme —dijo, tomando la delicada mano de la joven y entregándole el pañuelo—. Si alguien te molesta, dímelo.
Y guiñándole un ojo, se marchó.
Marina, viéndolo de espaldas, solo se llevó el pañuelo al pecho, soltando un suspiro.
—No puedo creerlo… Sam Leone jamás se mete en los problemas de los demás, pero él… ahora… Debo estar soñando.
Tomando un pliegue de su piel, lo apretó con los dedos, arrepintiéndose al instante por el dolor.
—Sam Leone… —dijo, sonrojándose.
—¡Oh, no! Amiga, no me digas que te gusta.
—Eh… no…
—Podrá haberte ayudado ahora, pero eso no significa que te aceptará. Amiga, mi consejo es que no te hagas ilusiones, porque saldrás lastimada.
—Solo es agradecimiento, no… no estoy interesada en él.
—¡Uff, qué alivio! Cambiando de tema, mira tu uniforme, te lo dejaron manchado.
—No te preocupes, lo lavaré.
—¿Qué? No, eso no saldrá lavándolo. ¡Ya sé! Vendrás conmigo al terminar las clases.
—¿Contigo?
—Sí, tengo muchos de estos uniformes y te obsequiaré algunos.
—Créeme, no hace falta.
—Tranquila, déjame ayudarte. Somos amigas ahora, ¿verdad?
Marina, sonriendo, asintió.
…
En la salida había un auto esperándolas. Al instante salió un hombre, quien les abrió la puerta para llevarlas.
Marina se encontraba de pie, con los ojos bien abiertos por la impresión.
Aquella habitación era más grande que la casa donde vivía.
—Yo creo que esto te quedará a la perfección; después de todo, tenemos la misma talla.
Marina aceptó el uniforme y, al probárselo, notó que le quedaba suelto.
—¡Ja, ja, ja! Uy, sí, claro —una voz resonó detrás de ellas en la habitación.
Se trataba de la hermana de Raffaela, Laura.
—Ash… ¿Laura, qué haces aquí? Se supone que debes estar en tu habitación sufriendo por el brazo roto.
—¿Sufrir? Esto es el símbolo de mi victoria —dijo con orgullo la joven.
Al contrario de Raffaela, Laura tenía el cabello castaño y liso; era un poco más delgada que su hermana.
—Sí, claro, pero bien que gritabas cuando te lo rompiste.
—No lo voy a negar, pero valió la pena cada lágrima. Esa figura lo valía.
—Ignórala, Marina.
—No, espera —Laura apareció frente a Marina—. No sé qué te habrá contado mi hermanita menor, pero…
—¡Ash! Solo eres la mayor por cuatro minutos.
—Cálmate, mi Godzilla.
—Agradece a tu brazo roto, porque si no…
—No peleen, por favor. Yo creo que tener una hermana es algo valioso para atesorar y no para pelear.
Las dos hermanas se quedaron en silencio.
—¿Sabes algo, Marina? Me agradas —dijo Laura—. Pero hay que admitir que ese uniforme te queda como costal.
—¡Ja, ja, ja! —las tres estallaron en risas.
—Bueno… Marina, tú no tienes mis caderas de infarto, pero tal vez podríamos ajustarlo aquí…
—Se verá terrible. Mejor acompáñame.
Laura la llevó a su habitación, la cual lucía llena de figuras de colección.
—¡Vaya! —exclamó Marina.
—¿Verdad que está increíble? Mira este, lo conseguí madrugando una vez. Por este acampé tres días…
—¡Oye! ¿No íbamos a ver otra cosa? —preguntó Raffaela.
—Ah, sí…
Laura la llevó hasta su walking closet.
—Escoge los que tú desees. Supongo que los míos tal vez te queden mejor.
—Eh…
—Anda, no seas tímida.
Finalmente, Marina tomó un uniforme y, al probárselo, se observó en el espejo.
—Mira… te queda mejor que a mí. Bueno, es todo tuyo.
—Se lo agradezco.
—Oh, vamos, deja las formalidades y dime Laura.
—Está bien, Laura.
Al pasar los días en la escuela, Marina notaba el respeto que todos le tenían a Sam; sin embargo, el muchacho no era muy aplicado. Los maestros se la pasaban quejándose, aunque eso no parecía importarle.
Hasta que…
—Muy bien, jóvenes, la próxima semana investigarán un tema y lo expondrán en parejas.
Apenas el profesor mencionó eso, las chicas voltearon a ver a Sam.
—Antes de que armen un alboroto, yo formaré las parejas por apellidos.
La decepción en las chicas era notoria mientras avanzaba la lista, hasta que llegó el momento.
—Leone y Montero, ustedes formarán pareja.
—¡¿Qué?! —todas protestaron.
—¡Silencio, jóvenes!
Cuando la clase terminó, Marina tomó la iniciativa, acercándose a su compañero.
—¿Sam?
—Ah… tú eres Montero.
Marina estaba sorprendida. ¿Acaso ya no la recordaba? Una parte de ella se desilusionó.
—Sí, tenemos que reunirnos para hacer la presentación.
—Oh… pero aún falta una semana, ¿no? ¿No pretenderás que nos pongamos a trabajar ahora?
—Pero es un tema amplio, tenemos que…
—Sé que tú investigarás muy bien, así que puedes ir comenzando y luego te ayudaré —dijo, sonriéndole, al tiempo que uno de sus amigos lo llamaba.
Marina se quedó sola y recordó las palabras de Raffaela.
—Tiene razón…
Cerrando los ojos y soltando un suspiro, se marchó a casa.
Cinco días después
Después de haber terminado la clase, Marina estaba molesta. Ella había terminado por su cuenta todo el trabajo. Ni una sola vez Sam se acercó a completar el proyecto y ahora ella se debatía si debía informarle o no.
—Supongo que debo hacer lo correcto —dijo, sosteniendo toda su investigación en las manos.
—¡Ey! ¿A dónde crees que vas?
Otra vez esa voz intolerable.
—Por favor, solo quiero salir.
—¡Chicas, dice que quiere salir!
—Margaret, no quiero problemas.
Marina optó por cambiar de camino; sin embargo, se lo impidieron.
—¡Vaya!
—No, por favor, regrésenmelo.
Una de las chicas abrió el informe.
—¡Miren! La nerd terminó su tarea. Me pregunto qué pasaría si lo corregimos un poco.
—No lo hagan, me esforcé mucho.
Sonriendo, Margaret tomó unas tijeras de su maleta.
—Ahora nadie te defenderá, ni las raras de tus amigas.
Diciendo esto, empezó a cortar las hojas frente a ella.
Apretando los dientes de rabia y con los ojos llorosos, Marina siguió sus impulsos.
—¡PLAF!
De un golpe en la mejilla, Margaret cayó de espaldas.
—¿Qué tengo de malo? ¡Yo jamás les hice nada!
Soltando las lágrimas, Marina expresaba su sentir.
—¡Jamás debiste hacer eso!
Las otras chicas la sujetaron.
—¿Cómo te verás con el cabello corto?
—¡Suéltenme! ¡No!
Margaret sostenía las tijeras y, tomando un mechón, procedió a cortarlo.
—Uno, dos, tres…
Marina veía cómo sus mechones caían al suelo.
—¡Ya basta! Por favor… —decía, cerrando los ojos.
—Ja, ja, ja…
Las risas resonaban en sus oídos mientras solo esperaba que todo terminara.
De pronto, las burlas pararon. Las chicas habían dejado de cortar su cabello.
Al abrir los ojos, frente a ella estaba Sam, con la mirada muy seria.
—Sam… —las otras jóvenes estaban nerviosas.
Él no dijo nada; solo le tendió la mano a Marina y la cobijó con su brazo.
—Sam, nosotras…
Él les dio una mirada de desprecio, dejándolas en silencio.
Caminaron durante un largo rato sin decir palabra, hasta que ella se detuvo.
—No hace falta que sigas. Iré sola a partir de aquí.
—¿Estás segura? No has dicho nada hasta ahora.
—¡Eso no te importa! —dijo, saliendo corriendo.
—¡Oye!
Sujetándola del brazo, la obligó a mirarlo.
—No estás bien, mira cómo te dejaron.
Marina ya no pudo contenerse más y rompió en llanto.
—Hic… ah… ¿por qué me hicieron esto?
Sam la pegó a su pecho, abrazándola. Su mano acariciaba su cabeza con ternura.
Por insistencia del muchacho, Marina dejó que la acompañara.
—¿Aquí vives… sola?
Ella solo asintió.
—Mis padres viven en el campo. Ellos pensaron que en la ciudad obtendría mejores oportunidades, pero no estoy sola, me acompaña Ruffo.
—Miau…
Un pequeño gatito blanco saltó al sillón.
—Hola, pequeño —dijo, cargando al felino, quien empezó a ronronear al contacto con su ama, como si entendiera su tristeza—. Él es el único que me hace compañía mientras estudio.
—Lamento lo de tu tarea…
—Era la investigación. Me esforcé tanto…
Entonces, para su sorpresa, él se arrodilló.
—Perdóname… todo fue mi culpa.
—¿De qué hablas?
—Debí haberte ayudado. Prometo que terminaremos el trabajo.
—¿Lo dices en serio?
—Te doy mi palabra, con una condición.
—¿Cuál?
—Que dejes de llorar. Mírate, tu cara se ve fea.
Marina se giró, viéndose en el pequeño espejo.
—Ja, ja, ja…
Ambos soltaron a reír.
—Te ves más linda así.
—Eh… ¿pero cómo puedes decir eso? Mi cabello…
—Oye… yo sé que el cabello es algo sagrado para las chicas, pero volverá a crecer. En cambio, una cara triste le quita atractivo a cualquiera.
Ella volvió a sonreír.
—Eso es, sonríe.
Quién hubiera imaginado que ese sería el inicio de una hermosa amistad.
Sam empezó a cambiar su actitud. Con mucho esfuerzo había dejado atrás esa apariencia de chico malo, convirtiéndose en un alumno destacado. Solo había una cosa que no cambiaba: Sam seguía siendo admirado por las chicas y, aunque había ocasiones en que disfrutaba de esa popularidad, nunca dejaba de lado a su pequeña llorona.
Marina recordaba las palabras de sus amigas cada vez que él se le acercaba.
—Nada bueno te traerá esa amistad.
—Él no es tan malo, chicas.
—Mientras no confundas esa amistad con amor…
—Tonterías, eso no pasará —respondía Marina.
Con el tiempo, esas palabras serían su cruz cuando lo veía rodeado de mujeres.
Ella terminaba enojada, dejándolo disfrutar de su popularidad.
—¡Hey! ¿Qué te pasa? Te fuiste sin decir nada.
—¿Y por qué no te quedas con tus admiradoras?
—Oye, ellas no significan nada, lo sabes. ¿Acaso estás celosa?
—¿Qué…? —sus mejillas se tiñeron de rojo carmesí—. ¿D-de qué hablas?
—Lo sabía, estás celosa. Pero no debes preocuparte, jamás cambiaría a mi llorona. Eres la mejor amiga que podría tener.
—¡Ah! Me voy.
—¿Qué… qué dije?
Entre bromas y risas, el tiempo transcurrió y el último día de la graduación llegó.
Sam debía viajar a una universidad lejana, lo que significaba una sola cosa: separarse.
Ya habían pasado seis años desde aquel día, pero su corazón aún dolía al recordarlo.
—Oye, no llores. Recuerda sonreír, aun cuando todo parezca salir mal.
—Sam…
—Ven aquí.
La abrazó fuertemente, dejándole un beso en la frente.
—Te extrañaré —dijo Marina, limpiándose las lágrimas.
—Mmm… yo no tanto.
—¡Sam! —lo regañó.
—Ja, ja, ja. Es broma. Solo quería recordarte sonriendo, mi llorona.
Pronto se escuchó el llamado a ocupar los asientos en el avión.
—Cuídate mucho, Marina.
—No me olvides.
—Jamás —respondió él con una sonrisa.
Y, tomando su maleta, se alejó.
Marina quería sonreír, pero las lágrimas la traicionaban. Salió corriendo del aeropuerto y se encontró con sus dos amigas.
—Chicas…
Ellas la miraron con compasión. Raffaela abrió los brazos.
Marina se acurrucó en ellos y lloró, mientras Laura le hablaba:
—El tiempo curará todo, amiga… incluso el amor.
Marina aún no lo sabía, pero el mismo tiempo le traería grandes sorpresas. Lo que pensaba que había sido una despedida dolorosa solo era el inicio de todo.