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1158 Words
Había continuado con su entrenamiento tal como Diana le había indicado, incluso la mujer ya no solía ser tan amable como al principio, ahora luchaban con una fuerza similar, lo que sin duda era muy impactante para Diana, ya que toda esta fuerza venía de una simple humana. Magnolia no se podía quitar de la mente qué era lo que estaba ocurriendo realmente con Sylas, le estaba comiendo la cabeza hasta dejarla sin más pensamientos. Diana notaba el bajo rendimiento algunos días con respecto al entrenamiento, sin embargo no se disponía a decir nada, simplemente cambiaba miradas con Raiven y guardaban silencio. Era un poco obvio que la chica estaba perdida entre ambos hombres y no sabía qué hacer, pero nadie más que ella podía solucionar aquel problema. Kayn estaba más concentrado en el negocio familiar, y Sylas se involucraba de vez en cuando, como si fuese obligado de cierta manera. Raiven estaba más ansioso de lo normal, y claro estaba, pronto vendría a ser su ceremonia de iniciación y finalmente Magnolia y los demás sabrían qué tipo de licántropo es el menor, si un alfa, beta u omega. La cuestión era que debían esperar a Draven para aquella ceremonia, ya que consistía en un viaje de padre e hijo en medio del bosque en busca de peleas y nuevas aventuras y peligros. Magnolia caminó en dirección a la cocina cuando se percató de que Kayn estaba sentado en una silla mientras comía un poco de ensalada de frutas en silencio. Le parecía muy curioso que Kayn siempre estuviera más apartado de la familia, como si estuviese siguiendo al pie de la letra a su padre. Magnolia simplemente lo miró y le brindó una cálida sonrisa mientras tomaba un poco de jugo de la nevera. Había un silencio en la cocina que no era incómodo, más bien, era acogedor y sabían que aunque no hablaran o esbozaran algún ruido, el otro estaba en completa comodidad. —Me gusta que ya no uses esas cremas de fresas— fue lo único que salió de los labios del mayor. Magnolia carraspeó un poco la garganta y miró al chico expectante, no sabía si era una invitación a seguir hablando o simplemente un cumplido el cual no necesitaba ser agradecido. —Gracias, me gusta tu nuevo corte de cabello— comentó la chica intentando devolver el gesto de amabilidad. Se podría decir que el intercambio de palabras no duró más que eso. Magnolia caminó en dirección a la habitación que Diana le había enseñado antes y comenzó una intensa búsqueda por algo que se viera realmente interesante. No había mucho por ver aparte de armas viejas y libros olvidados, ni siquiera ella sabía lo que estaba buscando. Agotada de mirar por todos los estantes se dejó caer en el gran sillón de la sala mientras sus pies golpeaban el suelo con fuerza. Esto provocó que una tabla del suelo se levantara levemente, dejando ver lo que podía ser una especie de compartimiento secreto. Magnolia, curiosa, con ambas manos tomó la tabla de madera gastada y la levantó un poco, dejando ver un agujero viejo con un libro pequeño, más de lo usual. Su cubierta era de cuero que parecía ser de algún cordero o algo por el estilo, sus hojas eran en extremo delgadas, se podría decir que casi eran hojas de lo más rústicas posibles, con aquellas páginas grises y marrones de lo sucio y antiguo de aquella pieza. La letra estaba escrita con lo que parecía ser una mezcla de sangre con tinta, muy curioso la verdad. ¿Por qué aquel libro estaría ahí tan oculto? ¿Acaso Diana lo ocultó para que no lo encontrara? O quizás ella ni siquiera sabía de la existencia de aquel pequeño libro escondido entre la madera. Cerró la puerta de la habitación tras de ella con mucho cuidado, caminó en dirección a su recámara cuando una sombra frente a ella hizo que se detuviera de golpe. No hacía falta mirar hacia arriba para saber de quién era aquella sombra tan poco deseable, tampoco quería mirar por el hecho de que tendrían que intercambiar palabras, y ahora el libro era mucho más interesante que cualquier conversación. —¿Qué tienes ahí?— Sylas intentó mirar por sobre el hombro de la chica, pero esta no dejaba ver ni un solo rastro de aquel libro. —¿No tienes otra cosa más interesante que hacer?— evadió el tema ferozmente para que el chico pronto se marchara. —No importa, ¿sabes qué día es hoy?— Magnolia se detuvo a pensar, no recordaba qué día era, sabía que era domingo y nada más, pero no un domingo especial en particular. No creía que fuera cumpleaños de Sylas o algo así, el muchacho ni siquiera se molestaría en estar en casa seguramente. Así que rápidamente negó con la cabeza para dar a entender que no estaba enterada de lo que estaba pasando en ese momento. —Estoy pronto a comenzar mi celo...— Magnolia lo detuvo enseguida poniendo uno de sus finos dedos en los labios del chico, el rostro de la mujer mostraba lo indignada que estaba frente a la audacia del joven. —No me interesa, dile a tu juguete Sitka que te ayude— Miró hacia arriba con una expresión de odio. —Primero, ¿cómo sabes de ella? Y segundo, vamos, Lía, ambos sabemos que tú aquí eres el juguete— comentó el chico elevando una de sus manos hasta la muñeca de Magnolia y bajando lentamente el brazo de la chica que se encontraba frente a él. El corazón de Magnolia dio mil giros y se estrechó contra sí mismo. Sabía que Sylas ya no sentía nada por ella, o que al menos nunca sintió algo, pero que le dijeran segunda opción o juguete no estaba dentro de sus planes de tolerancia. Seguramente antes hubiese dejado las cosas en ese punto y se hubiese retirado sin decir nada, pero esa ya no era la Magnolia de ahora. La chica apretó su puño con fuerza y golpeó la nariz del chico, logrando que este cayera al suelo del dolor mientras se sostenía la nariz. —No llores como un bebé, te sanará rápido, lobito— Rápidamente se adentró a su habitación y cerró la puerta con pestillo. Miró el reloj de su mesa de noche y ya marcaba las diez en punto, era tarde y al día siguiente debía ir a clases. Miró el libro entre sus manos y soltó un fuerte suspiro para luego dejarlo en la misma mesa, mañana sería el día en donde podría leer más, ahora debía prepararse para sus clases. Al recostarse sobre su cama miró a través de la ventana para ver la fría noche pasar. Los copos de nieve caían lentamente y la luna estaba casi llena. En unos días sería luna llena y tendría que aguantar a este par de lobos desesperados.
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