—Al igual que tú —volvió a beber de su copa de vino, pero luego la bajó lentamente y quedó pensativa ante tal declaración—. ¿Pino fresco?
—Así es —asintió Diana—. Es la chica, la historia se volverá a repetir.
—Siente el pino fresco y está con Sylas —susurró Camille mientras dejaba la copa de vino nuevamente en la banca.
—Aún no está lista, debemos formarla, así como lo hiciste conmigo.
—No, no… Ese es tu trabajo, yo no debo intervenir aquí.
—¿Pero cómo sabré si lo hago bien? No me digas que te irás.
—Claro que lo harás bien. Yo te enseñé todo lo que sé y tú deberías enseñarle todo lo que sabes. Si dices que puede sentir el aroma aun siendo humana y a kilómetros de distancia, nos estaríamos perdiendo un talento impresionante.
—No quiero llegar a eso, es muy joven y pura, no podemos convertirla.
—Si no lo hacemos nosotros, ellos lo harán. Los Sitka no pierden tiempo, y menos si saben que la chica es humana y puede comunicarse con los lobos.
—Tal vez puede hacerlo solo por la mordida que le dieron. ¿Qué tal si esa mordida no la convirtió, pero sí hizo que tuviera los sentidos más aguizados?
—Imposible. Dices que lo sintió cuando llegó, ahí no había sido mordida aún. Debemos apresurar esto.
—¿Estás loca? Ella debe darse cuenta, la asustaremos más de lo que está.
—Si no interferimos de alguna manera, Sylas se quedará con ella. Sabes lo que significa esto.
—No pienso aceptar esto.
—Entonces haz algo. Puedes esperar unos meses o algo, pero mientras más tiempo pase, peor será.
Diana estaba entre la espada y la pared. Sabía que debía comenzar a hacer algo, pero confiaba en Magnolia y sabía que en algún momento ella se daría cuenta de lo que sería correcto. Lo más importante ahora era evitar que los Sitka se entrometieran en todo esto.
No sabía con exactitud qué era lo que debía hacer ahora. Sabía que era un terreno delicado en el que se estaba adentrando, pero era excitante el hecho de estar enredada en todo esto. Sin embargo, todo parecía dar vueltas en círculos. El hecho de que Camille la hubiera aceptado como ayudante solo a ella era, cuanto menos, extraño.
Estaba tan sumergida en aquellos pensamientos que no se dio cuenta de cómo su día a día pasaba rápidamente. Es más, de alguna manera no se sentía conectada directamente con Sylas. El chico seguía acercándose y alejándose cuando se le venía en gana, y lo más curioso era que no sentía dolor, tristeza ni molestia; le era indiferente, del mismo modo en que él actuaba, como si en ese momento su relación con Sylas no fuera lo más importante del mundo.
El ruido de Kayn bajando las escaleras rápidamente, junto con un grupo de hombres tras él, llamó su atención. El chico se dirigió a Lia; su mirada reflejaba ira y rabia. Intentó calmar su semblante para darle tranquilidad a la joven y tomó sus manos.
—Magnolia, por favor cuida a Raiven, te lo suplico. Nosotros iremos a resolver un asunto pendiente y volveremos.
La chica asintió sin poder decir nada. Era de noche, muy tarde; el cielo se oscurecía cada vez más y el frío aumentaba. Magnolia se puso de pie y caminó hacia la habitación del menor. Abrió lentamente la puerta y vio cómo el chico dormía cómodamente en su cama. Sonrió para sí misma y salió del lugar.
Se sorprendió al ver a Diana apoyada en la baranda de la escalera, observándola atentamente. La mujer le hizo una seña con la cabeza, indicándole que la siguiera. Sin decir una palabra, la condujo hasta una habitación que Magnolia no conocía de la casa de los Collin. Estaba cerrada con llave y parcialmente escondida tras un gran mueble de roble.
Magnolia dudó unos instantes en entrar, no por miedo, sino por no saber qué vendría a continuación. La habitación tenía grandes sofás de terciopelo rojo y una alfombra n***o azabache. Llegaba poca luz del exterior y había innumerables muebles llenos de libros y objetos que parecían tener siglos de antigüedad. No había polvo ni señales de abandono; era un lugar cuidadosamente conservado.
—Hace muchos años atrás, incluso siglos, comenzó una gran historia entre nosotros, las tribus. Los descendientes de los lobos directos fueron adoptando nuestras costumbres y viviendo como nosotros. Algunos de estos objetos formaron parte de nuestra familia.
Diana observó a la joven, esperando alguna reacción, pero Magnolia permanecía en silencio, como si aguardara a que continuara.
—En unos días el señor Collin y yo nos iremos del país. Buscaremos información que pueda ser útil. Lamento informarte que es posible que se aproxime una guerra, así que quiero que estés preparada para lo que viene. Lee, instrúyete y fortalece tu mente y tu cuerpo. Le diré a Camille que te entrene durante los días que no estaré en la zona.
—Me parece que será imposible.
El sonido de los tacones de Camille había pasado desapercibido hasta que llegó a la habitación. Caminó hacia Diana y sonrió amablemente.
—Seré yo quien acompañe a mi hijo en este viaje al extranjero. Tú te quedarás enseñándole a Magnolia todo lo que necesite. Ya sabes que solo debes ocuparte de lo físico; lo demás lo hará ella. Además, quiero que pongas orden en todo mientras no estoy. Recuerda quién eres y lo que te enseñé. Lo único que te pediré, Diana, es que estés a salvo... y la muchacha también. Sabes que si a ustedes les ocurre algo, los animales se vuelven incontrolables.
Magnolia sabía a qué se refería. Si algo le sucedía a alguna de ellas, seguramente el señor Collin desataría una guerra, al igual que Sylas, aunque de él dudaba un poco. La conexión que se suponía que debía sentir no era la misma. Era como si Sylas no estuviera realmente enamorado de ella.
—Escucha, Magnolia —dijo Camille—, ahora debes ser más fuerte que nunca. Ten cuidado y no te mezcles con cualquiera. En este momento solo debes enfocarte en una cosa: en ti.
Camille acarició el hombro de la chica antes de marcharse.
Diana se acercó a uno de los muebles y tomó una pequeña daga. Parecía estar hecha de algún tipo de piedra azulada. Con cuidado, se la entregó a la joven.
—Por ahora llevarás esto contigo. Cuando sepas manejar más armas y estés más familiarizada con todo esto, podrás escoger lo que quieras de aquí.