Me lo estaba pasando en grande besando a Alexander hasta que él frenó el beso y se apartó lentamente. Mis labios hormiguearon durante unos segundos y me sentí ligeramente aturdida. Se quedó mirándome los labios unos segundos más antes de levantarme la vista y suspirar. —Yo también debería decírtelo—, dijo Alexander en voz baja y yo enarqué las cejas. —¿Decirme qué?— pregunté ladeando la cabeza. —Es justo—, dijo Alexander ignorándome. No tenía ni idea de lo que estaba hablando. Pero en realidad no quería saberlo y sólo quería besarle. ¿Era mucho pedir? Al parecer, sí. —Lo de Rebeca—, dijo por fin Alexander, y caí en la cuenta. Me quedé mirándole atónita durante un segundo, pero lo disimulé rápidamente. Cómo iba a olvidarlo. Él no sabía que yo sabía lo que había pasado. Aquella noche

