Crepitaciones. Así describiría los ruidos que oía. Abrí lentamente los ojos y localicé enseguida el origen del ruido. La leña de la chimenea estaba crujiente e iluminada por suaves llamas. El fuego bailaba y escupía pequeñas llamaradas que volvían a caer. Durante un segundo me quedé hipnotizada. Me quedé mirando unos instantes más hasta que por fin comprendí lo que me rodeaba. La casa de Alexander. Me enderecé y miré hacia abajo. Tenía una fina manta cubriéndome el cuerpo y la cabeza apoyada en una almohada morada, suave y afelpada, que estaba apoyada en el borde del sofá. Me froté la cabeza un poco confusa mientras me levantaba y miraba hacia el sillón libre de Alexander. Sin embargo, me sentí aún más confusa cuando miré hacia las borrosas puertas de cristal que revelaban que, efect

