—Adelante. Explícame lo que tienes en mente—, dijo Quinton yendo directo al grano mientras se tomaba su cafeína. Los dos nos sentamos en los sofás al fondo del pasillo desde la puerta y negué con la cabeza. —No. Esperaremos a Alexander—, contesté y me pasé una mano por el pelo suelto. —Bien. Como si hubiera escuchado nuestras impacientes súplicas, la puerta sonó con un golpe y luego otro. Cuando empecé a levantarme, Quinton me agarró del brazo y tiró de mí hacia abajo. —Está abierta—, gritó. Le miré de reojo mientras me guiñaba un ojo. El pomo de la puerta giró y se abrió lentamente. No tenía ni idea de por qué, pero los latidos de mi corazón se aceleraron cuando sentí que la anticipación bombeaba mis venas y unos extraños nudos aparecieron en mi estómago. Era Alexander. Ya lo sab

