El aire de la mañana todavía se sentía tibio en nuestra piel cuando Andrew y yo salimos de la habitación. Mis piernas temblaban ligeramente con cada paso que daba, pero no era por el frío. La camisa de Andrew, demasiado grande para mí, rozaba suavemente mis muslos, mientras él, solo en sus bóxers, caminaba a mi lado con una seguridad envidiable. Nos dirigimos al comedor, donde la luz del amanecer se filtraba a través de las ventanas, creando un juego de sombras que danzaban en las paredes. Andrew se detuvo por un momento, observando la escena antes de guiñarme un ojo y sonreír. —Espero que te guste el desayuno, porque la cena de anoche fue un desastre —dijo con una risa suave, recordándome nuestra torpe incursión en la cocina. —No fue tan malo —respondí, intentando contener una carcajad

