La residencia Walker estaba en silencio. Pero no era un silencio de calma. Era un silencio pesado… cargado. De esos que se quedan después de que algo importante se rompe. Randolph Walker permanecía de pie en el centro del estudio, con una copa intacta en la mano. —Ese idiota… —murmuró con rabia contenida—. ¡Ese maldito idiota! Apretó la copa con fuerza. —Viene aquí a reclamar… como si no hubiera hecho antes todo lo posible para que mi hija se largara. Cerró los ojos. El arrepentimiento le cruzó el rostro como una sombra. —¿En qué estaba pensando…? —susurró—. ¿Por qué demonios permití ese matrimonio? El silencio no respondió. —Tres años… —su voz se quebró apenas—. Tres malditos años teniéndola lejos de mí… escondiéndome… para que él la hiciera sufrir. La puerta se abrió. Rodri

