¿Saben qué? Ni siquiera sabía apuntar con exactitud a su cabeza. ¡Pam! Ese hubiera sido una buena onomatopeya que describa el disparo que hice justo en su cabeza. Y, ¿saben otra cosa? ¡Ni siquiera existía otra bala! No había nada, así que el ruido que emitió el gatillo fue un simple click. Va, venga: Lucian casi se cagó en los pantalones, había subido sus manos en señal de alto, y yo le apuntaba mientras que me quedaba pasmada viendo como ninguna bala salía disparada. Él suspiró aliviado. Y yo sonreí como una tonta de: Aquí no ha pasado nada, nada de nada. —¡Es solo una broma! —grité desesperada tratando de controlar esa situación—. Ni siquiera es un arma de verdad, es de juguete. ¡Bam! Te asusté. Je, je, je. Lucian sonrió algo confundido. —j***r, Dana; no vuelvas a hacerme eso —dijo

