IV A las hermanas Bunner les empezó a resultar insoportablemente monótona la rutina invariable de la tienda, anodinas y largas sus tardes junto a la lámpara, inútiles sus conversaciones habituales al compás cansado de las máquinas de coser y de calar. Fue quizá con la intención de rebajar la tensión de ese estado de ánimo por lo que Evelina, al domingo siguiente, propuso que invitaran a cenar a la señorita Mellins. Las Bunner no gozaban de una posición que les permitiera ofrecer siquiera la hospitalidad más modesta, pero dos o tres veces al año cenaban con una amiga, y la señorita Mellins, aún revestida de la importancia de su «ataque», parecía la huésped más interesante a la que podían convidar. Cuando las tres mujeres se sentaron a la mesa, engalanada por la insólita adición de un biz

