Amelia.
Hace algunos meses atrás…
¡Esto parecía completamente irreal! Me encontraba pasando el rato con Aaron Sterling, el multimillonario y magnate hotelero escocés más conocido por todos en el mundo de los negocios, apenas respiro de la emoción.
No pude evitar enviar un mensaje a Daniela para contarle que Aaron me había invitado a dar un paseo por los alrededores porque ella se había dado cuenta del interés que yo tenía por él y viceversa ya que al parecer él también tenía curiosidad. Daniela me ha dicho haberlo visto observarme en algunas oportunidades.
— ¿Tú de dónde eres? Sé que estamos lejos de la capital del país y tenía entendido que Daniela había encontrado tu negocio allí cuando veía quien podía ayudarnos con el evento de inauguración. Pero también sé que muchas personas van allí porque hay más oportunidades pero algunos nacen en otras provincias.
— Bueno eso que dices es verdad, muchos crecen en provincias como esta que son una verdadera maravilla pero deciden marcharse a la ciudad de la capital porque las oportunidades de crecer aumentan, además hay más posibilidades de estudio y demás. Pero no es mi caso, podría decirse que soy como le dicen “porteña” es decir, nacida en la capital federal de Buenos Aires.
— Ya veo ¿Sueles viajar a las distintas provincias para ver maravillas como esta?
— Muy poco debo admitir, esto de comenzar un negocio propio es difícil y las vacaciones son un lujo que no puedo permitirme.
Aaron sonríe, por supuesto que sí lo hace, él mejor que nadie comprendía a lo que me refería. Esto me agradaba, poder conversar con alguien que por lo menos tenía una idea de cuánto cuesta tener algo propio aunque no nos podemos comparar, Sterling ya es dueño de todo un imperio mientras que yo apenas comienzo.
No podía dejar de observar al hombre y creo que ya ha llegado un momento en que no me he preocupado en disimular mi interés, él se ha percatado de eso pero no ha hecho nada para frenarlo por lo que puedo comprender que estaba interesado también.
— ¿Sabes? Si sigues mirándome de la forma en que lo estás haciendo entonces no podré contener mis ganas de besarte. — dijo de repente frenando de pronto su andar y mirando mis labios con un fuego ardiendo en sus ojos.
¿Qué estaba ocurriendo?
— ¿Y si no quiero que te contengas? — respondí y no sé exactamente de dónde vino eso, jamás había sido de esas mujeres que se lanzaban de esa forma, pero este hombre lograba cosas en mí que desconocía por completo.
Aunque Aaron no me había dado mucho tiempo para pensar las cosas porque se había abalanzado sobre mí apresando mis labios entre los suyos. Era feroz y dominante al principio como si una fiera interna se hubiera apoderado de él, pero luego su tacto, la presión que ejercía y sus modos fueron siendo más cariñosos pero mucho más sensuales.
En un momento en el que ambos nos estábamos quedando sin aire nos apartamos por unos momentos pero él apoyó su frente sobre la mía y sus ojos no abandonaron los míos. Su mirada era profunda y decidida a averiguar mucho más de mí, lo sabía porque yo lo miraba de la misma manera.
— Necesitamos volver a la casa, necesito tenerte y sentirte por completo. — Era directo, no andaba con rodeos y eso me gustaba, pero también podía darme cuenta que su desesperación venía acompañada con un deseo que ni él mismo podía comprender. Sus ojos tenían un brillo increíble y miraba de una forma tan sexy que podía conmigo.
— ¿Qué estamos esperando? — contesto y ambos sonreímos cómplices.
— No me mires de esa forma. — digo mirando nuevamente el cielo tan repleto de estrellas.
— ¿Y por qué no lo haría? — me dice con una gran sonrisa en sus labios.
— ¿Es broma? — digo un poco molesta por esa pregunta tan tonta que había hecho — No creas que volveré a caer en tus juegos, desde la última vez aprendí.
No quería escuchar cosas absurdas o disculpas mal pensadas o lo que sea que pueda llegar a decirme. Me puse de pie y me puse a juntar todas las cosas que había llevado conmigo para volver nuevamente a la casa y disfrutar de la noche de descanso antes que comience toda la locura otra vez.
Estaba cansada y necesitaba de un momento de paz, lo que menos espero es tener que aguantar a un hombre que no sabe lo que quiere y no está seguro de poder confiar en las personas que tiene a su alrededor, no cometeré el mismo error que hace unos meses atrás ya no soy tan ingenua como lo era antes, no con él por lo menos.
— Amelia no te vayas, por favor.
— Aaron… no sigas. Quedó claro la última vez que nos vimos que no estamos buscando la misma cosa y que no debemos dejarnos llevar por el momento.
— Me dí cuenta de mi error y sé que ya es tarde, pero por favor dime qué hacer para recuperar tu confianza.
— Aaron me rompiste el corazón la última vez que nos vimos, no creas que las cosas ya fueron olvidadas tan rápido. El que no te haya dado un golpe hasta ahora es solo porque soy alguien que puede controlar sus emociones ya que aprendí a las malas que no todo es como uno cree.
No pude quedarme más tiempo, tomé las cosas y comencé a caminar a un paso apresurado. No podía quedarme más tiempo allí, no podía confiar en mí misma con él porque a pesar de todo seguía siendo la persona que amo.
¡Era una tonta por amarlo! pero no podía decirle a mis sentimientos que dejaran de existir. A pesar de haberme lastimado en aquel momento, mi corazón no comprendía o no quería entender que no podíamos tener un futuro juntos. La razón y el amor siempre batallando por quién tomaba las decisiones.
Al llegar a la casa pude volver a respirar, había creído que él me seguiría y me detendría, no quería que lo hiciera porque si lo hacía hubiera podido ver las lágrimas que surcaban mi rostro y vería cuánto me afectaba él en realidad. Ya tenía cierto poder en mí no quería darle más.
— Debes marcharte, vístete y sal de aquí.
— ¿Qué? ¿Tienes que estar jugando? — pregunto con la sábana envolviendo mi cuerpo sin dar crédito a lo que me estaba diciendo.
— Esto no debió suceder, yo no suelo acostarme con cualquiera, no sé qué sucedió conmigo. Necesito que te vayas.
— ¿Ahora resulta que soy una cualquiera? — pregunto indignada — Tú fuiste el de la idea de venir aquí, tú te mostraste más que a gusto todos estos días mirándome y coqueteando conmigo de la misma forma en que lo hacía yo, incluso Daniela me lo dijo y ahora me dirás que fui yo quien te embaucó para que pudieras meterme en tu cama.
Había comenzado a tener una idea de lo que estaba cruzando por su mente, no puede ser esto ya era demasiado y no iba tolerarlo, pero no podía tan siquiera creerlo. Todo había sido increíble hasta ahora, fue tan dulce y tan excitante todo ¡¿Por qué lo estaba arruinando todo?!
— No estoy seguro de nada. Amelia necesito mi espacio, necesito que me dejes solo.
— No te preocupes maldito idiota, porque me iré y nunca más me volverás a ver. ¡Dios! ¿Pero quién te crees que eres? No porque seas uno de los empresarios más renombrados del mundo voy a dejar que me trates peor que basura. Ahora veo que ni todo el dinero del mundo puede salvarlo a uno de ser un enfermo mental, mala persona y un idiota mundial.
Tomé mi ropa y ni tan siquiera me preocupé por vestirme por lo que salí de allí envuelta en una sábana echando chispas por la furia que bullía en mi interior. En el camino me encontré con Julia que se había sorprendido de verme en esas condiciones, paré junto a ella unos segundos pero mis lágrimas y el llanto contenido no dejaba que las palabras salieran por mi boca, así que salí corriendo.
En mi cuarto metí todo dentro de mi maleta otra vez, pero esta vez tenía el corazón roto tan distinto a como estaba tan solo unas horas antes que mis ilusiones y fantasías parecían ser tan inalcanzables. Ese hombre me había destruido en cuestión de nada, pero al mismo tiempo me di cuenta que era tarde, mi corazón ya le pertenecía y no sabía exactamente hasta cuando tardaría en entender que no podía ser.
Había cargado todo a mi auto para largarme de allí cuanto antes que nuevamente Julia se acercó a mí preguntando qué había sucedido y si las cosas estaban todo bien. No pude negar que nada iba bien porque mis lágrimas brotaron y un pequeño llanto salió del fondo de mi alma. Ella solo me abrazó y me contuvo por un momento para luego decirme en el oído que ya hablaríamos cuando estuviera más tranquila, pero fuera lo que fuera ella no deseaba perderme ni como organizadora ni como amiga.
Sus palabras me reconfortaron el alma y fue así como despidiéndome de ella pude irme de allí y dejar todo atrás sin mirar ni una sola vez por el espejo retrovisor.