Luc tomo en brazos a su hija, sus ojos eran tan negros como su cabello, y su piel tan blanca como la porcelana, la inocencia que se reflejaba en aquel rostro, lo aturdió. — Es… perfecta, como tú. — susurro con tal de no despertar a la pequeña, mientras Nammi estaba agotada, sus ojos poco a poco se cerraban, aguantando lo suficiente, como para que le dieran un baño relajante y refrescante. — Tengo sueño. — reconoció la castaña, viendo como Luc dejaba a la pequeña Paris en el cunero. — Descansa amor, yo cuidare de ambas. — aseguró llegando a su lado y dejando un suave beso en la coronilla de Nammi. — Tengo miedo. — susurro la joven más dormida que despierta. — Tengo miedo de no ser una buena madre. — Luc la comprendía, era tan difícil escapar de una niñez traumática. — No se puede cambi
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