— Creo que te debo una explicación. — el aliento de Luc golpeo el delgado brazo y Nammi sin ser consiente lo quito un poco de la cercanía del rostro de su jefe. — Lo siento, ¿lo hice mal? — la castaña negó con la cabeza, pues sus cuerdas vocales estaban duras, incapaz de producir sonido alguno. — En ese caso, por favor, deja tu brazo más cerca, que solo tengo una mano buena. — una nueva sonrisa apareció en el rostro del mayor y Nammi se obligó a aclarar su garganta, para poder decir algo y no quedar como estúpida.
— Creo que ahora ambos solo tenemos una mano útil. — y de forma fugaz a su mente llego la imagen de Valentina, y su explicación de cómo darse placer sola, y no perder su preciosa virginidad.
— ¿Segura que estas bien? Estas completamente roja. — y seguido a la acusación de Luc, su mano dejo la gasa y su palma abierta toco la frente de Nammi, provocando que su temperatura aumentara aún mas y ella solo queria que el mismo infierno se la llevara.
— Yo… yo… no estoy acostumbrada a que me curen, soy enfermera. — dijo aquello como una buena excusa a lo que estaba sintiendo, aunque sabía que no era así, no era porque alguien la curara, era… excitación, aunque no lo quisiera reconocer. — Cambiando de tema, ¿Qué explicación me iba a dar? — decidió retomar la conversación anterior, mientras sus ojos vagaban por la sala, como si fuera lo más interesante del mundo.
— Sí, creo que es lo mejor y lo más seguro para ti. — Luc vio la herida una vez más, su mano sujeto la gasa untada en desinfectante, y se movió sobre el surco con un cuidado y suavidad, que nunca tuvo en su vida, algo raro le sucedía y no era por la culpa o quizás sí, no lo sabía, lo único que tenía claro en su mente, era que no queria que Nammi sufriera más, de ningún modo. — Mis custodios no se equivocaron al decirte que no sabes dónde te has metido. — el calor que se había agolpado en el rostro de la joven fue sustituido por un frio sobrenatural, como si un fantasma hubiera pasado por su lado, aun así, solo pudo ver el rostro concentrado de Luc, quien veía su herida. — La desgracia me persigue Nammi. — le confeso Luc, clavando sus oscuros ojos en ella.
— ¿Cómo? — la incredulidad en la voz de la joven eran lógicas, ¿Qué desgracia podía perseguir a alguien con la fortuna que se notaba poseía Luc?
— Es así, ya lo acepté y si tú quieres continuar como mi enfermera es mejor que lo tengas en claro, estoy maldito. — el dolor en los ojos del mayor la traspasaron, su corazón se apretó por solo ver esa expresión, y su mano se elevó para acariciar la mejilla de Luc, un atrevimiento que Nammi solo se tomaba con uno que otro pequeño niño cuando su trabajo de enfermera lo requería, pero sin lugar a duda frente a ella había un hombre, pero su pena, era tan grande, que era imposible no sentirla.
—Las maldiciones no existen señor Luc, no deje que las supersticiones llenen su mente con preocupaciones sin sentido. — Nammi prefería que ese hombre le dijera que era un mafioso, podía lidiar con ello, pero no con tontos pensamientos.
— Durante años trate de convencerme de ello, sabes ¿por qué mi hogar está rodeado de custodios armados? O ¿Por qué rayos duermo con un arma a mi lado? — Nammi negó fervientemente, olvidando su escasez de ropa, y casi sonriendo de que al menos ahora tendría un poco de lucidez de lo que pasaba a su alrededor. — Todos a los que el he tenido un mínimo de aprecio terminan muriendo y, no de manera natural. — la castaña trago grueso, mientras Luc preparaba el vendaje. — León… una mujer descargo su furia en él, en mí, en nosotros, me maldijo, maldijo a mi sangre por algo que no hice, mi padre… es mafioso. — no temía decirle aquello, pues sabía que Nammi conocía el lado oscuro del mundo, pues trabajo en el infierno, hasta que él la obligo a irse de allí, o eso creía Luc. — Y él sí que no teme en hacer mal a quien sea, pero yo no soy así… o no lo era. — el pelinegro estaba perdido en su mente, su desesperación, aun con su mano tocando el brazo de Nammi. — Me reusaba a creer que esa maldición era verdadera, pero los años pasaron, mi hijo creció y no era normal, y no te hablo del León que tu conoces, porque este León, es un ángel, pero antes… él perdía la cordura, hacia cosas que luego solo olvidaba o negaba, incluso pensé que tenía algún tipo de enfermedad neurológica, pero ya te dije, él está bien, al menos para los médicos, pero muchas de las cosas que hizo me sumaron enemigos y digo me sumaron… porque incluso mi padre quiere verme muerto, esa es mi maldición y ya estoy cansado, no se puede vivir con miedo Nammi, el no poder confiar en nadie, me está llevando a ser paranoico, a dar órdenes tan absurdas como que si alguien vaga por el jardín luego del anochecer… ellos solo deben disparar… casi provocó que te maten y no quiero, yo no puedo lastimarte aún más.
Si Luc hubiera hablado con más calma, si sus ojos no demostraran la desesperación que lucían, si sus lágrimas no cayeran tan copiosamente como lo estaban haciendo, quizás Nammi podria haber escuchado que él estaba reconociendo que ya la había lastimado y que no se refería al rozón de bala que tenía en su brazo, pero todo era un remolino de emociones y sensación en el cuerpo y mente de esta joven, nunca había visto un hombre tan vulnerable y desesperado como Luc, jamás nadie se había sincerado con ella, que no era nadie, y mucho menos de la forma en la que Luc lo estaba haciendo, porque a ella le llevo meses ganarse la confianza de los reyes, incluso Marsella jamás le pudo ser honesta con su pena, no se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado, y eso su madre se lo dejo claro con cada acción que tomo, pero ahora, ante ella había un hombre que para los demás era rico, poderoso, afortunado, pero Nammi solo podía ver a un hombre desesperado.
— No tiene por qué preocuparse señor Luc, yo no me iré, no los dejare, aunque dé la orden de sacarme a rastras de aquí.