Mimi recibió la orden de un muy alegre Luc, de que le ayudara a instalar en la mansión a su pobre y buen medio hermano, y ahora se encontraba caminando por el largo pasillo de la mansión, su corazón latiendo con ansiedad en su pecho, mientras Máximo la seguía, en silencio, pero no era solo la tarea en sí lo que la incomodaba, sino la presencia de ese pelirrojo, quien caminaba detrás de ella, en un silencio casi opresivo.
Mimi se sentía como si estuviera siendo seguida por un fantasma, un espectro de su pasado y el cual conocía su secreto, y que decir de la forma en que máximo la miraba, con una intensidad que la hacía sentirse desnuda, y no de vestimenta, más bien del alma, la hacía sentirse incomoda y vulnerable.
Mimi dejo salir un largo suspiro, al tiempo que se detuvo frente a la puerta de la habitación y se volvió hacia Máximo, de la misma forma en la que una protagonista de película de horror giraría a ver sobre su hombro eso que ella sabe bien la destruirá.
—Aquí esta, tu habitación, no deberás preocuparte por nada es muy cómoda, como todas las demás, espero que te guste. — trato de que su voz saliera lo mas amable posible, con el temor de que alguien pudiese notar algun cambio en su forma habitual de ser.
Máximo no respondió, en cambio la vio con intensidad, si solo le faltaba canturriar, conozco tus sucios, sucios secretos, la hacía sentir más que incómoda, como si solo fuese un insecto que acaba de quedar atrapada en una gran telaraña y ahora el arácnido la viera con diversión, con la anticipación de que la devorará, pero no de forma rápida, primero la dejará marinar en su desesperación, a sabiendas que no podrá escapar, hasta que finalmente el pelirrojo hablo.
— Gracias, Mimi. — dijo en voz baja y suave, un experto en la actuación se dijo la mayor, tan igual a su difunta madre y también al demonio que tenia de padre. — Me encantará esta habitación, lo presiento. — Mimi se obligó a sonreír, y se volteó para marcharse, como niño que corre lejos del payaso que lo atemoriza, pero Máximo la detuvo, aun mostrando su sonrisa socarrona. — Mimi. — canturrio con voz juguetona, de quien esta frente a un viejo conocido, y quizás así era, a la vez que la empleada volvía sobre sus pasos, con el corazón en la garganta.
— ¿Sí? — indago con voz trémula, ocasionando que Máximo la viera con una sonrisa enigmática.
— No tienes por qué preocuparte, Mimi. — aseguro acercándose aún más, hasta quedar casi pegado a su oído. — Tu secreto está a salvo conmigo. — dijo en una exhalación, antes de dejar un beso en su mejilla y regresar a su lugar, cual niño travieso y por un segundo esa imagen bailo en la mente de Mimi, quien sintió como si hubiera sido golpeada en el estómago, porque el hecho de que Antonny al fin moviera la pieza que era Máximo, solo significaba una cosa, el señor Ambiorix, al fin se decidió por ir contra Luc.
— Yo… debo regresar con Luc y león. — respondió aun aturdida, tratando de escapar de alguien, que sabia sería imposible escapar desde ese día.
— Espera, Mimi. — se quejó el recién llegado, cual niño caprichoso que no desea perder la atención de su madre… o nana. — Tengo un mensaje para ti ¿no quieres saber cuál? — Mimi sintió un escalofrío recorrer su espalda, al comprender que sus conjeturas eran acertadas, Antonny planeaba algo.
— ¿Qué mensaje? — indago tratando de mantener la calma y sin preguntar de parte de quien era, porque malditamente ya lo sabía.
— Qué bien que actúas. Tu sí que estarías a la altura de mi padre. — divago sorprendido y sin poder evitarlo, al ver a esa mujer que aparentaba tanta calma.
— Eso… — Mimi, sentía la necesidad de refutar aquello, no queria ser categorizada como la misma escoria que era Antonny, pero… ¿a quién queria engañar? ella lo era, era una farsante abusiva y aprovechada.
— Es imposible, lo sé, después de todo, tu preferiste huir junto con el miedoso de Luc. — el resentimiento brillo en los ojos de Máximo, sin disimulo alguno, Luc, su sola mención le desagradaba, ¿Qué tenia de especial ese idiota? Se pregunto Máximo. — En fin, solo quiero darte el mensaje que Antonny te envió. — decidió regresar a su trabajo, no era bueno envidiar la suerte de un muerto o uno que muy pronto lo estaría.
Mimi sintió su sangre enfriarse, a pesar de que suponía que Máximo estaba allí por algo, el escucharlo decir que tenía un mensaje directo para ella, la enfermaba, Antonny, sería su maldición, su calvario y su condena, Antonny, esa escoria que era el padre de Luc y Máximo… y que también era el padre de su hijo Pier, un hijo ilegitimo.
— ¿Qué quiere, ese hombre ahora? — preguntó Mimi, intentando mantener la calma, pero la furia y el resentimiento le estaban ganando y Máximo vio con asombro como el rostro de esa dulce abuelita se endurecía.
— Papá dijo… y cito. — agregó con diversión porque nada le gustaba más que desestabilizar a las personas que aparentaban ser inquebrantables. — Si quieres saber dónde está tu hijo… — dijo el pelirrojo con voz implacable, imitando a la perfección a Antonny. — Deberás volver a manipular a León y ya sabes cómo. — Mimi se sintió un grito de desesperación escalar su garganta, logrando retenerlo a tiempo, no podía creer que Antonny la estuviera chantajeando de esta manera, no de nuevo se dijo.
— No puedo, ya no puedo hacerle eso a León. — se opuso dejando que las lagrimas se agolparan en su rostro, porque con el correr de los años, se había resignado que Pier escogiera a Antonny y todo lo que este le ofrecía, y en ese tiempo, León y Luc fueron su refugió, no podía llenar el cuerpo de ese jovencito una vez mas con alucinógenos, León no se merecía aquello y Luc tampoco merecía la carga psicológica que eso le causaba. Mientras Máximo solo se encogió de hombros.
— Creo, me parece, que no es una opción, nana. — susurro con satisfacción al verla estremecerse. — Es una orden. Y yo estoy aquí para asegurarme de que se cumpla. — Mimi sintió una lagrima rodar por su mejilla, pues en el fondo sabía que no tenía opción, ella tenía que hacer lo que Antonny decía si queria saber dónde estaba su hijo, porque por más que Pier, la rechazara, ella al menos lo veía a la distancia, cerciorándose que estaba bien, pero hacia casi un año, que nadie sabía dónde estaba Pier, esa información, solo la manejaba Antonny.
— Está bien. — respondió rendida a la maldición que cargaba, la de ser una traidora. —Lo haré. —Máximo asintió con la cabeza, mientras pellizcaba una mejilla de Mimi.
— Sabía que lo harías, nana, eres una mujer muy... motivada, cuando las circunstancias lo requieren, como cuando te metías en la cama de mi padre, mientras la madre de Luc y mi madre acababan de parir.
Mimi se sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar las palabras de Máximo. Sabía que estaba en una situación muy peligrosa, y que no sabía cómo saldría de ella, porque Máximo estaba tan loco, como Antonny, era capaz de cualquier cosa.
Mientras que, en la cocina de la mansión, la situación y el ambiente era totalmente diferente, la cocina estaba llena de la luz cálida del atardecer, y el aroma de los ingredientes frescos llenaba el aire. León y Nammi estaban cocinando juntos, riendo y charlando mientras preparaban la cena y, Luc se encontraba en el umbral de la cocina, observando la escena con una mezcla de fascinación y confusión, no podía explicar por qué se sentía atraído por Nammi de una manera que nunca había experimentado antes, ni siquiera con su difunta esposa y novia de juventud, Nammi lo encandilaba, aunque no debería, era como si algo en ella lo hubiera despertado de un largo y agónico sueño, algo que lo hacía sentir vivo de una manera que no había sentido en años.
Pero al mismo tiempo, Luc se sentía consumido por la culpa. Él era el hombre que había arruinado la vida de Nammi, aunque ella no lo sabía. había tomado su inocencia, haciéndola creer que las crueles palabras que su madre le dijo eran ciertas, que ella nunca podria cumplir nada, ni siquiera el llegar virgen al matrimonio, y Luc se sintió un maldito, nuevamente, porque descubrió que comenzaba a codiciar algo, que bien sabia no era para él.
En medio de un suspiro, el mayor se preguntó cómo podía ser un ser tan retorcido y sentirse atraído por alguien a quien había lastimado de manera tan profunda, era un conflicto que lo estaba consumiendo, algo que no sabía cómo resolver.
Mientras tanto, León y Nammi continuaban cocinando, completamente ajeno a la turbulencia emocional que se estaba desarrollando en el corazón de Luc, la risa de Nammi llenaba el aire, y Luc se sintió aún más atraído por ella, por esos grandes labios que se estiraban, como llamándolo, despertando su curiosidad de como seria el besarla, y fue cuando se dio cuenta de que necesitaba alejarse de allí́, necesitaba encontrar una manera de resolver el conflicto que se estaba desarrollando en su interior. Pero no sabía cómo, no sabía por dónde empezar, solo sabía que, si se atrevía a enamorarse de Nammi, esa sí que sería su maldición.