Capítulo 20

1667 Words
Nammi limpio su nariz, no se sentía avergonzada, por raro que pareciera, con Luc se sentía entre amigos, por decirlo de alguna forma, tenía tanto que purgar, tanto que sacar, en especial la perdida de los reyes, esa que a nadie había podido contar, sin embargo, Luc conocía de la mafia, ¿verdad? No se espantaría por ese detalle, o eso esperaba. — No sabes lo difícil que fue, Luc — prosiguió Nammi, su voz apenas un susurro. — A pesar de todas las promesas y esfuerzos que mi madre hizo, al final el alcoholismo la venció. Su hígado no pudo recuperarse. Era desgarrador verla en ese estado, y lo peor de todo es que, en esos últimos días de agonía, Marsella solo me culpaba a mí. Me miraba con esos ojos llenos de resentimiento y me decía que yo era la razón de su sufrimiento. Nammi se detuvo un momento, la voz quebradiza por el dolor, poco la dejaba hablar, por lo que interrumpió su relato, en busca de aire, y Luc solo la podía ver con una ternura indescriptible, tratando de absorber al menos una fracción del dolor que ella sentía y que en gran parte él había causado. — Solo era una adolescente, que no entendía por qué mi padre jamás regresó, si tanto decía que nos amaba y cada una de sus cartas se convirtió en una daga, un doloroso recordatorio de sus promesas vacías. Y mi madre... mi madre no dejó de recordármelo. — Nammi cerró los ojos, evocando el recuerdo que quizás era el más doloroso de todos. — El último día que la vi, estaba en el hospital. Su cuerpo era solo una sombra de lo que había sido, pero su voz, su voz tenía toda la fuerza del rencor. — rememoro con los puños, cerrados de tanta impotencia de tener aquel día tan fresco en su mente. — ¡Eres una inútil! Me gritó, cuando sin querer, el cepillo se enredó en su cabello. No sirves para nada, Nammi. No tienes ni idea de lo que he pasado por tu culpa. — Nammi llevo sus ojos a los de Luc, lo que vio, fue lo mismo que vio en los ojos de Valentina Constantini, el día que también se animó a relatar su patética vida, compasión, dolor, furia. — Sus palabras crueles y cargadas de rencor aún retumban en mi mente. Me hicieron sentir nada, como si todo lo que había hecho, todo lo que había soportado, no tuviera ningún valor. Nammi soltó un sollozo ahogado, y Luc apretó su mano con más fuerza, ofreciéndole el consuelo silencioso que necesitaba. — Salí de la habitación del hospital, prometiéndole que regresaría al día siguiente. Pero antes de que pudiera irme, me gritó que no servía para cumplir promesa alguna, que no le mintiera ni me mintiera a mí misma, porque yo era igual a mi padre. — Nammi tragó saliva, tratando de contener las lágrimas. Luc sintió que su propio corazón se rompía un poco más con cada palabra de Nammi. Finalmente, ella dejó caer la cabeza, agotada por el peso de los recuerdos y el dolor, o tal vez haciendo una pausa, para sostener las hilachas de alma que aun poseía. — No sé cómo lo soportaste, Nammi — dijo Luc con suavidad, su voz cargada de una mezcla de admiración y tristeza. — Eres increíblemente fuerte. Nammi negó con la cabeza, con una tristeza profunda en sus ojos. — No, Luc, no lo soy. Porque mi madre tenía razón. No soy nada, y nunca lo seré. Porque, aunque regresé al día siguiente para cuidar de Marsella, solo me encontré con los médicos comunicándome su fallecimiento. No pude ni siquiera despedirme de ella. — La voz de Nammi se quebró, y las lágrimas finalmente comenzaron a rodar por sus mejillas. — Si hubiera sido más fuerte, si hubiera sido alguien mejor, tal vez las cosas habrían sido diferentes. Luc sintió una punzada de dolor al escuchar las palabras de Nammi. Apretó su mano con más fuerza, tratando de transmitirle todo el apoyo y pesar que sentía por ella, pero sentía esa acción tan nada, era el trato de dos desconocidos, cuando la verdad, Luc creía que ahora conocía mejor a Nammi de lo que incluso conocía a Mimi. — Nammi, no puedes culparte por lo que pasó. Hiciste todo lo que pudiste, más de lo que muchos habrían hecho en tu lugar. Eres una persona increíble, y tu fuerza no se mide por lo que otros piensan, sino por lo que has superado. Nammi tomó una profunda respiración, luchando por encontrar la fuerza para decir lo que había guardado en su corazón durante tanto tiempo. — Luc, no he superado nada, solo he aprendido a cargar con el dolor y la sensación de no ser lo suficientemente buena. Y por eso cometí el peor error de mi vida. — su mirada vago por el lugar, más que ver a su alrededor, estaba recordando los rostros de personas que sabia ya no vería más. — Tenía un buen sueño, queria ser diseñadora, y no pensaba conformarme con estudiar en Chicago, no… yo queria soñar a lo grande, y alcanzar ese sueño, aunque tomara tiempo, queria… demostrarme a mí misma, que yo si podía. — la piel de Luc comenzó a palidecer, y no era para menos. — El tiempo que mi madre estuvo ingresada, me dedique a estudiar enfermería, solo para poder contener a Marsella, y cuando ella ya no estaba, continue con el empleo para subsistir, pero eso no me iba a traer aquí a estudiar diseño, entonces, Mirra, una doctora del hospital me propuso ir a trabajar para los reyes de Chicago ¿te suenan? — Nammi, aunque estaba conmocionada por exponer sus heridas emocionales, vio con detenimiento a Luc, porque si este hombre decía que no sabía quiénes eran, Luc estaría mintiendo de forma descarada, porque el mundo entero sabia quiénes eran los reyes. — Sí, son o mejor dicho eran la mafia italiana que gobernaba Chicago. — bien, Luc le había sido honesto en su anterior relato. — Así es, ellos son una leyenda… bueno, ahora sí que lo son. — una sonrisa triste se posó en su rostro, pero aun así Nammi continuo. — Tenía mucho miedo cuando los vi por primera vez, temía que quisieran obligarme a hacer algo… ya sabes, es el infierno, su club central lleva ese nombre, por varias razones y una de ellas es que nadie se espanta por el sexo o las formas en lo que lo practicas. — a Nammi le ganaron los recuerdos y dejo ver una sonrisa autentica, que a Luc lo encandilo. — Recuerdo que apenas me vieron hablaban de cosas que para mí eran desconocidas hasta en sus nombres, mucho tiempo después Valentina me confeso que se rio por semanas de solo recordar mi rostro de espanto, aunque más le divirtió ver como sus esposos se quedaban de piedra, cuando ella les informo que yo era virgen. — un nudo en su garganta corono aquel momento, como si necesitara enfatizar, su pena. — Entonces ellos querían que me involucré con los príncipes. — a Luc cierta molestia lo invadió por solo escuchar aquello, aunque no tenía derecho. — Pero con el correr del tiempo, ellos se dieron cuenta que yo… solo estaría con mi esposo, al menos eso queria cumplir, se lo había prometido a mi padre y a mi… ningún hombre despertó ese tipo de interés, aunque... Greco De Luca… los reyes me trataron como parte de su familia, la reina velaba por mi bienestar, me confié en que ellos estarían siempre cuidando de mi…— Nammi dejo salir un suspiro tan pesado, que parecía que se desinflaría. — Cuando finalmente encontré un lugar donde me trataban bien, con respeto, como el que nunca nadie me tuvo, me dejé arruinar. — soltó con la furia a flor de piel, y Luc vio la guerra entre el dolor y el enojo en sus ojos. — Mis jefes, que me demostraron más cariño que Marsella, me enseñaron a cuidar mi espalda, a defenderme. — Nammi se puso de pie, quizás haciéndose el planteo que tanto se había negado, ya no era un relato para Luc, era un reclamo dirigido a ella misma. — Sabían que soñaba con el amor ideal, un hombre honesto que estuviera dispuesto a todo por mí. Y, en nombre de ese amor, quería cumplir con lo único que mi padre me había pedido, casarme vistiendo de blanco. Pero nuevamente, lo perdí todo. Perdí la oportunidad de que un buen hombre me amara, y también perdí a mis jefes, a quienes quería como a mis padres, porque alguien los había asesinado. ¡lo perdí todo! ¡una vez mas perdí todo! — Valentina tenía razón, se dijo Nammi, al sentir su cuerpo y mente mucho mejor, luego de sacar todo, mientras que Luc al igual que ella se había puesto de pie, aunque era el mayor quien la estaba abrazando, tratando de contenerla. — Nammi, no puedes culparte por lo que pasó. — claro que no, si solo él era culpable al menos de arruinarla. — No es justo que cargues con el peso de esas pérdidas como si fueran culpa tuya. — No es eso, yo… siento que también los defraude, Luc, esa noche le di la espalda a un tiburón, vi su aleta que señalaba que iba por mí, y aun así baje la guardia, solo yo soy responsable de lo que me sucedió. — No, no lo eres. — los ojos de Luc parecían dos brazas ardientes, mientras la observaba y sujetaba sus brazos, tanto así, que Nammi estaba más que sorprendida. — Tú no tienes la culpa de nada y no estas sola Nammi, ya no lo estarás, porque ahora nos tienes a León y a mí. Era lo correcto se dijo Luc, era lo mínimo que podía hacer por ella, curar las heridas que él había abierto.
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