Dicen que el tiempo todo lo cura, que se encarga de poner cada cosa en su lugar, pero para Nammi, el tiempo solo se desvanecía entre sus dedos, ya no había sueños que alcanzar, mucho menos ganas de realizarlos, eso por lo que tanto se había esforzado, ya lo sentía tan nada, el mes que había pasado lo había sentido como una eternidad, en especial luego de tomarse una píldora abortiva y algunos antibióticos, que había comprado en la farmacia del aeropuerto aquella noche fatídica, aun así, solo tuvo un poco de calma cuando vio las sábanas de su nueva cama manchadas con sangre, nunca había estado tan feliz de tener su periodo, pero aun así, no había píldora que le hiciera olvidar aquella noche, ya no tenía sueños, ahora todo era pesadillas, cada vez que cerraba sus ojos, veía a ese hombre enmascarado, o escuchaba la voz de Greco ordenándole que se alejara y aunque sabía que ese mafioso se preocupaba por ella, la verdad era que en su corazón sabía que eso mismo le diría Greco si algún día cumplía su promesa de buscarla, estaba segura de que la repudiaría, le diría que se alejara, que ya no era tan pura como él.
— Creí que estudiar diseño sería fácil y sencillo, ya sabes, algo para sacarme a mis padres de encima, pero esto es absurdo, ¿para qué debo saber historia? si se supone que debo aprender a diseñar. — la joven de cabello rizado se quejaba en voz alta y Nammi se odiaba por aun no aprenderse el nombre de la chica que se sentaba a su lado en clases.
— Es una parte esencial, saber cómo surgió cada moda, y sus materiales, como nacen los diseñadores y…
— Aburrido. — se quejó Carmen, al fin recordó su nombre, pero es que, en verdad, esa noche la había cambiado por completo, si antes estaba deseosa de hacer amigos, ahora el contacto humano le daba lo mismo.
— No lo es. — rebatió con tranquilidad, mientras fijaba sus ojos en el mismo joven que veía desde hacía una semana atrás, cada vez que iban a la cafetería el joven estaba con una señora mayor, y aunque esta hablara mucho, el delgaducho de ojos mieles y cabello pelirrojo solo veía a Nammi. — Para mí fue muy interesante comprender la frase “te verías bien, incluso con un saco de papas”
— Yo solo comprendí que Marilyn Monroe uso uno.
— Sí, pero no por la causa por la que la gente común confeccionaba su vestimenta con sacos de papas, lo de ella fue…
— Disculpen. — la mujer canosa que se sentaba con el niño estaba a su lado y ella ni cuenta se había dado.
— ¿Sí? — indagaron ambas jóvenes a la vez.
— Mi nombre es Mimi, y no quisiera parecer impertinente, pero, León, el joven al que cuido… bueno él… — la señora parecía incomoda y un poco asustada, de eso ambas mujeres se dieron cuenta.
— Quiero saber si me acompañarías al parque. — interrumpió el muchacho haciendo que Nammi pegara un brinco, ya que estaba a su lado y ella no lo había notado.
— ¿Yo? — indago curiosa la castaña y el joven asintió. — No creo que sea correcto. — respondió un poco dudosa, ¿Qué querría un adolescente con ella?
— Estuve enfermo mucho tiempo, por lo que permanecí encerrado, hace una semana se me permite salir, mi nana es muy vieja para jugar conmigo, no es divertido estar en el parque y solo sentarme a alimentar a las aves. — el muchacho que aparentaba menos edad de la que tenía, no mostraba emoción alguna en su rostro, y por un segundo Nammi recordó los negros ojos del rey Salvatore De Luca, la seriedad y casi aburrimiento con la que el mayor veía a todos, menos a su reina, solo en ese momento sus ojos brillaban, la nostalgia la envolvía de a momentos, siempre recordando cuando fue feliz.
— Bueno yo debo irme, nos vemos otro día Nammi. — Carmen no perdió su oportunidad en escapar, pues poco le interesaba Nammi, solo la usaba, ya que desde el primer día la joven demostró ser muy inteligente.
— Bien. — rebatió aun aturdida la castaña, sin saber muy bien que decirle al pelirrojo frente a ella.
— Tu amiga te acaba de abandonar, creo que no es tu amiga de verdad. — Nammi sonrió sin poder evitarlo, era un joven listo.
— León ¿verdad?
— Si señorita Nammi, ¿verdad? — otra sonrisa decoro el rostro de la joven, parecía que este pelirrojo imitaba a todos los que veía y Nammi se preguntó si tenía algún tipo de retraso madurativo.
— Así es caballero, y tiene razón, mi amiga me acaba de abandonar, porque no le gusta hacer ejercicio, y eso es lo que usted y yo haremos desde ahora.
Al fin se sentía bien, luego de un mes de caminar en penumbras, el cabello rojizo de León parecía una antorcha que la guiaba, una rara y peculiar, poco hablador, pero sin duda alguna era la mejor compañía, no preguntaba de su vida en Chicago, aunque si una vez le pregunto de que país era, ya que el acento al hablar la delataba, y ella solo se limitó a responder que venía de otro continente, sin más explicaciones, algo que el pequeño no pidió y ella estaba más que feliz, Nammi tampoco indago en la vida del joven, no preguntaba qué tipo de enfermedad había padecido, o donde estaban sus padres, ya que luego de dos semanas de correr y saltar por el parque, ella solo veía a León y Mimi, y eso estaba bien, conectar con su niño interno podía no detener las pesadillas, pero al menos le mantenía la mente ocupada y el cuerpo cansado.
Luc se mantuvo en silencio, no solo esa noche, este hombre se mantuvo en silencio más de una semana, sin ser capaz de salir de su mansión, ni ver a nadie, hasta que Mimi lo amenazo con llamar a Neizan, si no le explicaba que había sucedido en ese viaje o si no cambiaba su reciente forma de actuar, la cual era como la de un zombi. Luego de sopesar los pro y contra, Luc se decidió por tratar de ser el mismo, no queria que su nana, molestara al ruso, no ahora que cada periódico informaba que la caída de la reina de Chicago había dejado tras ella un manto de sangre que se estaba cobrando decenas de muertos a lo largo del mundo, no, no debía molestara Neizan y mucho menos a arriesgarse a que alguien sepa que tan buenos amigos eran, sabía muy bien las consecuencias de ser amigo y más un ser querido de un mafioso, lo leía cada día, amigos, familia, empleados, la muerte de los dueños de Chicago estaba acabando con medio mundo o mejor dicho, su descendencia, si incluso se nombraba hasta la dulce princesa, de la cual hacia años se le había perdido el rastro, pero claro, fueron sus padres los que murieron, por supuesto que saldría de su descanso para hacer arder todo.
— Quiero salir. — la voz de su hijo lo hizo dejar el periódico a un lado, aun así, solo vio por arriba de su cabeza, sentía que no podía verlo a los ojos.
— Los médicos aun…
— Ya no estoy loco, lo se papá, ya no escucho voces. — Luc respiro con fuerza, era por él por quien hizo todo, por su hijo, mismo al que ahora no podía ni siquiera abrazar.
— Ve con nana al parque.
Y así se desentendió, día tras día, creyendo que mientras menos tuviera que tratar con León, la culpa desaparecería, pero luego de más de un mes, se dio cuenta que nada era lo que pensó. Ya casi no dormía, el rostro de la joven aparecía apenas cerraba sus ojos, sus gritos y suplicas lo llevaban a despertar cubierto en sudor, agitado y con nauseas, era el infierno en vida, era lo que merecía.
— Señor, tengo algo que informarle. — dijo uno de los tantos custodios que salían con León y su nana.
— ¿Qué sucede? — indago aun viendo como de alguna manera todo el desastre que estaban causando los De Luca lo estaba beneficiando a él económicamente, de alguna manera, estaban matando a su competencia empresarial.
— Deja que yo se lo diga, ¿desde cuándo los monos quieren mandar al cirquero? — la queja de su nana lo hizo sonreír, era como tener aun a su madre, si esta no se hubiera suicidado.
— Nana. — intervino justo a tiempo, o casi, ya que la mayor le dio un golpe en el brazo al custodio.
— Nada malo Luc, nada de lo que debas preocuparte, solo que León hizo una nueva amiga hoy. — la piel de la nuca se le crispo de solo imaginar a una joven cerca de su hijo y que este la lastimara, quizás y aún estaba maldito, después de todo, su fortuna seguía creciendo.
— Nana, sabes que aún no puede tener contacto con otros jóvenes, los doctores no han dado…
— Shhh. — lo silencio al tiempo que movía su mano como espantando moscas. — No es una jovencita, es una mujer joven, si, pero no tan joven, muy simpática, por cierto, hace una semana, que la vigilamos. — Luc levanto una ceja y vio a su anciana nana reír como una niña traviesa. — A León le llamo la atención el acento de su voz, o quizás fue el sonido de esta, lo que sea, la estudie durante una semana y se nota que está sola en París…
— Claro, por si León la asesina nadie la echará de menos. — rebatió entre el dolor y la furia.
— ¡Luc! — grito sin importarle si el hombre la despedía, aunque sabía que no lo haría.
— Es la verdad nana, soy un asesino, la vergüenza de mi padre. — solo era un joven, uno al cual no se le cayó ni una lagrima, y es que León nunca lloraba, aun así, el dolor en sus ojos valía más que cualquier llanto.
— León…
— Ahora comprendo porque ya no me ves a los ojos.
Luc se preguntó si la maldición había terminado o solo había bajado la intensidad, quizás, todo lo que pasaba ahora y lo que sentía, no era por la maldición, sino por el karma.