Capítulo 2: Amado tormento

4004 Words
Eric —Hola bombón, ¿por qué tan solito? —preguntó la hermosa morena que llegó hasta el sofá donde estaba y se sentó a mi lado. Antes de responder o hacer cualquier otra cosa, primero la repasé con la mirada de arriba a abajo. Era una linda mujer de piel morena y cabello castaño que caía en forma de risos sobre sus hombros. Los ojos negros o quizás color café, no podía decirlo con exactitud debido al juego de luces que amenizaban el lugar y me impedían ver con claridad, pero en fin, era preciosa, y demás está decir que un lobo al acecho jamás desprecia lo que pueda representar a una presa, y definitivamente aquella lo era. —Hola belleza, ¿estás perdida? —cuestioné mientras centraba toda mi atención en su hermoso rostro. —¿Tú qué crees? —Volvió a preguntar al tiempo que me guiñaba un ojo y yo asimilaba lo bien que le quedaba hacerlo. Tragué grueso y acaricié mi barbilla con cabellos de tres días y le hablé: —Que sabes perfectamente lo que buscas —ni siquiera dije lo que haces, siendo que comprendía perfectamente lo que aquel prospecto de mujer buscaba. Quería follar y era más que evidente. —Me encantan los hombres con chispa, que sean despiertos y comprendan a la primera lo que quiere una mujer —dijo y mordió su labio inferior de forma tan sensual que me provocó tragar grueso. —Soy abogado, princesa. Te aseguro que ser avispado es mi especialidad —sonreí con socarronería y le regalé un guiño. La morena sonrió y al instante bajó la vista hasta mi entrepierna. Lo hizo sin disimulo, tal parecía que buscaba lo que al calor de su mirada palpitó pidiendo ser liberado. Y mi mente, que como siempre era de mecha corta por el poco tiempo que necesitaba para explotar en pensamientos, esta vez pecaminosos, ya estaba imaginando a mi amigo taladrando ese hermoso coño moreno. La boca se me hacía agua, mientras el bulto de mi entrepierna comenzaba a crecer e imaginaba las más disímiles poses para poner a la mujer. Tuve que carraspear un par de veces, para desviar la atención de lo que dentro de muy poco me tendría saltando encima de aquella morena. —¿Puedo? —preguntó mientras señalaba mi regazo con el dedo índice y enseguida comprendí lo que quería. ¿Cómo es posible que hubiera mujeres tan rápidas de acción? Obviamente, ese no era problema para mí. Mientras más rápidas más listas, y por consecuencia más seguras. Siempre me atrajeron las mujeres con determinación, pero... —Claro que sí, muñeca —asentí con palabras. No sería yo quien le llevara la contraria. Este es el plano de mi vida donde me enciende, en el mejor sentido de la palabra, que la mujer tome la iniciativa. No dudó ni un segundo en levantarse, pero justo en el momento en que iba a sentarse otro cuerpo apareció de la nada y ocupó su lugar. Me quedé congelado en el asiento cuando vi a la chica que llegó y plantó su trasero justamente sobre mis piernas. Tardé unos segundos en reaccionar, sin embargo, por más camuflaje que llevaba en el rostro a consecuencia del maquillaje, ante mí quedó descubierta. Se trataba de Camile. Además de que no conocía a otra demente capaz de hacer algo como lo que acababa de hacer. Esa chiquilla realmente estaba loca. —Lo siento, cariño —dijo con toda la naturalidad del mundo—, pero este bombón lo vi primero y me lo quedo —habló refiriéndose a mí mientras miraba en dirección a mi acompañante. La mujer me observó con más asombro del que ya me observaba y enarcó una ceja. A mí me estaba costando trabajo reaccionar. La actitud de esta chiquilla me había dejado literalmente con la boca abierta. Había quedado como momia petrificada en el sillón. Era como si mi cuerpo se hubiera rehusado a reaccionar. Solo miraba como la demente habló y se encogió de hombros simulando un gesto infantil, y luego sin esperarlo, cruzó sus brazos alrededor de mi cuello para prenderse de mi boca y robarme un beso que me dejó sin aliento. —Camile... —dije cuando logré soltarme. Tuve que hacer un gran esfuerzo para hacerlo. —¿Qué? ¿Ahora lo negarás? —cuestionó desafiante como si en sus palabras se alojara la verdad. —Eres una chiquilla demente —bramé tratando de espantarla, sin embargo, aquello tuvo el efecto contrario. Nuevamente volvió a pegarse de mí y esta vez, aunque intenté volver a hacer el mismo esfuerzo, no lo conseguí. Mi boca atrapó sus labios y se enredaron como si se tratasen de dos serpientes. Engullí cada centímetro sintiendo una dulzura que nunca había sentido en unos labios, a pesar de haber besado tantos. Esta niña me estaba provocando las sensaciones que siempre temí sentir. Me había rehusado a pensarlo, pero la verdad era que desde el momento en que la vi me encantó. —¡Niña malcriada! —exclamé cuando los pensamientos me obligaron a apartarla de mí. No podía permitirme esas cosas con ella. Era demasiado joven y también estaba el hecho de haberle asegurado a mi amigo que no la tocaría. —¡Malcriada una mierda! Estoy tomando lo que quiero. Me gustas y lo sabes. Ya que no tienes las agallas de hacerlo tú, lo hago yo por ti. ¿Acaso piensas que no sé que te gusto? ¿Pero, se habrá vuelto loca? —Camile por favor estás ebria. Vamos a casa —comentó el amigo que permanecía de pie a un lado de nosotros, desde el principio. Su rostro estaba colorado como tomate y busqué a la morena con la mirada, pero no se veía ni la sombra. Era obvio que no se quedaría a ver tanto beso con lengua. Y yo tampoco hice nada para impedirlo. —No estoy ebria —aseguró no estarlo, no obstante, su aliento con olor etílico la delataba. Yo también había estado bebiendo, sin embargo, ni siquiera tenía mareos. O esta niña se había tomado toda la barra o simplemente tenía poca tolerancia al alcohol. —Ponte de pie —gruñí entre dientes mientras gran parte de las personas que se mantenían a nuestro alrededor nos observaban. —¡No! —exclamó casi en un grito al tiempo que se aferraba con una mano a mi torso y yo miraba a los lados más de lo normal. Necesitaba prever que alguien de la prensa amarillista apareciera, o que simplemente alguien nos tomara una foto solo por joder. No podía imaginar siquiera que podría suceder si algo como lo que estaba pasando se filtrara. ¿Qué diablos pensarían mis amigos? Los mismos que me habían advertido sobre no tocar a la demente que todavía estaba sobre mis piernas. Y no solo eso, su familia sería capaz de buscarme por cielo y tierra con el objetivo de asesinarme. Nunca en mi vida me había visto tan imposibilitado de ligar con una mujer. —Te lo voy a pedir por última vez, chiquilla. ¡Aléjate de...! —¡He dicho que...! —ni siquiera esperó a que terminara de hablar y abrió la boca para refutar, pero no perdí tiempo. Sabía que seguiría de terca, así que la tomé con ambas manos de la cintura y la alcé conmigo hasta que ambos estuvimos de pie. —Eres un estúpido, grosero... —manoteó un par de veces contra mi pecho, mientras sentía como la sangre se me hacía trozos. —¡Camile, por favor, cálmate! —exclamó el amigo tratando de agarrarla por un brazo y, para ese entonces, los deseos de guardar la compostura se me habían ido a los pies. Ya no me importaba que apareciera un maldito fotógrafo y tomara mil fotografías. Al parecer esta chiquilla engreída estaba acostumbrada a salirse con la suya y tenía que ubicarla en su lugar. No podía ser para después. —Ahora mismo te vas a tu apartamento —dije y la sujeté con fuerza. Hice presión para lograr detener su movimiento, ya que seguía manoteando y, cuando intentó zafarse, la tomé con más fuerza y en un rápido movimiento le di vuelta hasta que estuvo de espalda a mí. —Dije que te irás a casa —gruñí cerca de su oído. No fue necesario inclinar mucho la cabeza, pues su estatura era bastante. El ser modelo internacional le exigía no menos de uno setenta y cinco metros de estatura. —A mí no me dices lo que tengo que hacer —reclamó intentando darse vuelta mientras algunas de las personas a nuestro alrededor miraban. Yo trataba de que lo que estaba sucediendo pasara como un baile o que sé yo. Solo intentaba no llamar mucho la atención. —Harás lo que me venga en ganas —sentencié, al tiempo que dejaba caer con fuerza una de mis manos a un lado de su trasero. Ella dio un respingo acompañado de un grito exagerado y su amigo casi murió del tiro. Seguía con todos los colores subidos al rostro. —¡Suéltame! —exigió y lejos de hacerlo la apreté con más fuerza—. ¡Que me sueltes, te digo! —Volvió a pedir, pero no hablé, simplemente estaba esperando a que aquello se le pasara, para no tener que lanzarla sobre mis hombros como a un saco de papas y sacarla a cuestas del lugar. No quería llegar a ese extremo, ya que ahí si sería imposible evitar que alguien captara el momento con un lente. —¿No me soltarás? —preguntó, esta vez más calmada. Igual seguí en silencio—. Ok, perfecto. Añadió y enseguida comenzó a contonear las caderas y a restregarse contra mí. Se restregaba contra mi pelvis y mi m*****o se contrajo como antesala a lo que venía después. «¡Chiquilla del demonio! ¿Qué diablos se supone que hace?». Traté de poner todo de mi parte ante sus movimientos y las palpitaciones que estaba comenzando a sentir, pero aquello era inútil. Mi m*****o estaba a punto de delatarme y aquello sería como echar más leña al fuego que ya estaba comenzando a arder. —Camile, no seas infantil —pronuncié entre dientes, mientras me separaba un poco para que no sintiera el bulto, pero tampoco quería hacerlo demasiado, ya que el amigo estaba justo a un lado, mirando demás. No quería que se diera cuenta de lo que estaba pasando conmigo. Eso sería como si ella lo estuviera viendo. Los dos son uña y mugre, así que en un intento desesperado y al ver que no hacía caso a mis palabras, volví a asestar dos golpes más contra el trasero que buscaba desesperadamente sentir lo que quizás ya había sentido. ¡Esto no me puede estar pasando! —Como no te detengas vas a conocerme. ¡Dije que basta! Mi advertencia fue inútil. Los golpes lejos de lograr su objetivo causaron el efecto contrario. Ahora era ella la que permanecía en silencio mientras su retaguardia seguía hurgando bajo mi pelvis, al tiempo que me tenía tragando grueso. Ya las bolas me estaban comenzando a doler y mis mandíbulas también dolían de tanto apretar los dientes. Esta criatura de satanás era peor que yo y mira que ya eso era decir mucho, sin embargo, eso tenía una solución inmediata, así que me valí de la única opción que tenía en el momento. Mi noche se había estropeado, pero no podía dejarla en aquel lugar en su estado, cualquiera podía aprovecharse de su situación y ella por despecho podía cometer cualquier estupidez. —Voy a darte lo que quieres —susurré contra su oído mientras la tomaba del cuello por detrás para lograr que se detuviera, e inmediatamente lo hizo. —No sabes lo que quiero —gimió y, a pesar de lo alto de la música, la escuché. Lo hice y mi cremallera brincó. ¡Rayos! —Lo sé, pero sí tuvieras razón, siempre me lo puedes explicar en un sitio más tranquilo. Si lo que buscas es que te folle, lo haré. Las palabras estaban actuando de forma rápida en mí, pero precisamente por eso necesitaba sacarme a la niña de encima. Cosas como estas me harían caer donde no debía estar. No podía complacernos y me aferraría fervientemente a eso. Ella estaba prohibida para mí. —Solo si vamos a mi apartamento. De lo contrario no me muevo de aquí —habló diciendo justo las palabras que deseaba escuchar. No sabía lo que haría después de estar allí. Si sería lo suficientemente fuerte para retroceder, pero tomé los riesgos. Le hice una seña al amigo para que nos siguiera sin que ella pudiera darse cuenta y la saqué del lugar. Lo hice como pude, ya que mientras lo hacíamos Camile estaba empeñada a toda costa en volver a tomar mi boca. Estaba caminando del brazo de la tentación y lo peor era que caminaba directamente al matadero. Cuando logré sacarla la metí a mi auto. Necesitaba que el amigo nos siguiera y si ella lo veía volveríamos al comienzo. No podría llevarla a su apartamento. —¡Eres un estúpido! —exclamó y fruncí el ceño. —Camile —gruñí poniendo el auto en marcha mientras me cercioraba de que el amigo viniera tras nosotros. Necesitaba la presencia de alguien más allí, de lo contrario terminaría taladrando su coño toda la maldita noche que apenas comenzaba. —Lo eres, ¿acaso no te das cuenta de lo que siento por ti? ¿Cómo es posible que te hagas tanto de rogar? Reclamó, pero no respondí. Solo me sorbí la nariz y puse mi atención en la carretera al tiempo que mis manos se apretaban al volante. Buscaba mantenerme sereno. No podía permitirme caer en la locura que ella buscaba y en la que mi cuerpo pedía a gritos. —Serías tú el que tendría que estar rogando a mis pies. ¡Tú, maldito estúpido! Gritó y tensé la mandíbula hasta que dolieron mis sienes. Era la primera vez que una mujer me reclamaba por algo como eso. Había recibido cientos de reclamos, pero esto ya se salía de los parámetros normales. Me estaba comportando como un marica y sabía que soportaría únicamente hasta cierto punto. No estaba dispuesto a que esta niñita sopesara la idea ni por un segundo. ¡Eso no lo permitiría! —Basta ya de insultos, chiquilla. ¡Contrólate! A tus pies estoy y no te has dado cuenta. Quise decir, pero me mordí la lengua. De mi boca no saldría si una sola palabra que pudiera fomentar lo que se fraguaba en el interior de los dos. —Estoy diciendo lo que siento. Ya que tú por cobarde no lo haces. ¿A qué le temes, Eric? ¿Tienes temor a follar una virgen? Cuestionó y literalmente sentí como mi corazón se detuvo. Fue como si hubiera entrado en un estado de stand by donde aunque estaba al volante sentía que mi cuerpo no respondía. —Pues de nada sirve que lo tengas, porque mi virginidad es tuya. Mi boca se hizo agua. Comencé a salivar en demasía y tragué grueso. La chiquilla demente era virgen. ¡Quién lo diría! —Bien —musité—. Falta poco para tomarla. En cuanto estemos en tu apartamento serás mía —afirmé sin saber si lo que estaba diciendo era verdad, pero prefería pensar que sí. —Ya verás lo delicioso que lo pasaremos, Eric. ¿Alguna vez lo hiciste con una virgen? ¿Le arrebataste la virginidad a alguien? «Solo cojo con mujeres maduras». Fue mi pensamiento al escuchar sus preguntas y no era menos cierto. Siempre preferí a las mayores. Nunca estuve dispuesto a enseñar. No tenía la virtud de la paciencia, pero evité decirlo. Si lo hacía, tiraría por la borda el objetivo principal del momento que era llevarla a su apartamento. ¿Cómo la retendría allí? No tenía ni la más mínima idea, me imagino que ahí tendría que entrar en escena el amigo. —No, Camile, tú serás la primera —pasé saliva y mi cuerpo se contrajo cuando sentí su mano invadir mi entrepierna—. ¡Por favor! —gruñí, y aunque hubiera deseado dejarla hacer, llevé una mano hasta la invasora y la aparté—. Espera a que lleguemos al apartamento, provocarás que tenga un accidente. ¿Eso quieres? Me agarré de aquella excusa barata sin fundamento, ya que el tráfico estaba horrible, pero es sabido que cuando dos personas se traen ganas, en lo que menos piensan es en eso. Si tienes que meter mano la metes y ya está. Además, yo lo había hecho muchas veces. Ir al volante con una mujer encajada en mi polla siempre había sido algo normal. —No seas exagerado, solo quería sentirla —reclamó—, pero te haré caso. Me estaré quieta hasta que lleguemos. Admitió hacerlo y así lo hizo. Me extrañaba que cumpliera, ya que estaba bien pasada de tragos y eso no hacía buena combinación con su locura. Dos ingredientes que cuando se unen en una persona la incitan a hacer las peores cosas, y justo eso era lo que estaba pasando con ella. Finalmente llegamos al edificio. La ayudé a salir del auto y desde ese entonces se colgó de mí como si temiera que podría salir corriendo, y en realidad ganas no me faltaban. Hubiera salido disparado hacia mi auto y hubiese desaparecido en la carretera si se me hubiera presentado la oportunidad, sin embargo, seguía prendida de mí. Para colmo, cando fuimos a entrar, miré hacia atrás en busca del amigo y ni la sombra. ¡Solo aquello me faltaba! La sola idea de lo que podría pasar si no aparecía me estaba haciendo sudar frío. Sonreí al portero, tratando de crear el ambiente idóneo que indicara que todo estaba bien, aunque no creí que hubiera funcionado. El rostro del hombre me lo dejó saber y su pregunta me lo confirmó. —¿Todo está bien, señorita Camile? Carraspeé un par de veces. —Sí, Sebastián, todo está perfecto. No podía estar mejor —respondió con picardía mientras caminábamos en dirección al ascensor. —¿Está segura? —Insistió y yo deseaba que se hubiera opuesto a que accediera al interior del edificio, hubiese sido la excusa perfecta, pero no ocurrió, y mientras tanto, mis ojos buscaban desesperadamente al hombre que debía haber llegado detrás de nosotros. «¡Maldita sea!». Maldije en mi interior. ¿Quién diablos me detendría? No lo sabía, pero estaba más que seguro de que mi voluntad no me alcanzaría para tanto. Deseaba a Camile y lo hacía con desespero, aunque trataba de ocultarlo. —Dije que estoy bien, Sebastián —aseguró subiendo el tono de voz. —Ella está bien. Soy un amigo —intervine. —Ya subamos, Eric. No perdamos más tiempo. A lo que vinimos. «Chiquilla insensata». Pensé y volví a carraspear tratando de opacar su expresión, pero al parecer fue en vano. El rostro de Sebastián habló por sí solo. Sabía que Camile estaba pidiéndome a gritos ser follada. Entramos al ascensor y, ya dentro, tuve que volverme ninja para esquivar los intentos por besarme, y el manoseo. Rezaba por lo bajo para que el maldito ascensor llegara al piso del apartamento y, aunque era el tercero, sentí como si hubiera sido el número treinta. —Dame la llave —hablé cuando estuvimos frente a la puerta. Se le estaba haciendo difícil abrir. A mí me convenía que eso pasara, es más, desde que pusimos el pie dentro del ascensor, estaba pidiendo a gritos que no la encontrara, sin embargo, era algo que no podía demorar más. Camile seguía intentando sentir al tacto la textura de mi piel, e incluso se empeñaba en querer sentir la textura de algo más. Cuando finalmente abrí la puerta y ella pasó al interior del apartamento, no la cerré del todo. La dejé entre junta con la esperanza de que en algún momento el amigo llegara y pudiera salvar la situación. No tenía ni la más mínima idea de lo que realmente sucedería dentro. —Ponte cómodo. Voy a preparar un trago para los dos. ¿Qué? Eso ni de broma. Un poco de alcohol más en el torrente sanguíneo de esta demente y sería hombre muerto. No por lo que pudiera hacerme ella, ¡no!, sino por la partida de hombres que tendría detrás de mí para tomar venganza después de lo que ella provocaría que hiciera. —¡No! —Casi grité—. Así estamos bien, nena. No necesitamos más alcohol. ¿Por qué no te duchas y refrescas un poco, mientras tanto? Quiero que estés consciente para que disfrutes de todo cuanto haré —trataba de lograr que recobrara la sobriedad. Si estábamos en esa situación era justamente porque estaba ebria. —Solo si te metes conmigo —dijo con voz perversa mientras caminaba hacia mí—. Así cumples una de mis fantasías —tragué grueso—, quiero tenerte bajo la ducha completamente desnudo, para mí. El resto de la fantasía te la cuento cuando vea esa imagen. Te aseguro que amarás cumplirla, ya que eres el protagonista. Tragué grueso nuevamente, pero esta vez, además de eso, fue inevitable no imaginar el escenario. Mi mente viajó hasta la escena y mi polla brincó. Aunque tampoco era que necesitara de mucho para hacerlo. Ella siempre estaba a la expectativa. ¡Maldición! No hablé, pero no hacerlo, tampoco impidió que en unos pocos instantes estuviera sobre mí. —Nena... —pronuncié entre dientes. —Sssh —siseó y sus manos se fueron directamente al desgraciado que buscaba perforar aquel coño virgen. La cordura estaba a punto de abandonarme. —¡Jesús, María y José! —exclamó después de recorrer su extensión—. ¿Esto es real? —cuestionó buscando mis ojos mientras hacía acopio de mi fuerza de voluntad para no cerrarlos. Sentir su mano sobre él, aunque había sido por encima de la tela, había activado cada partícula sexosa en mi cuerpo, así que antes de que pudiera cometer una locura, atrapé la mano que seguía juguetona y que se había desplazado más arriba para intentar abrir la cremallera. Esto lo tenía que detener y lo detendría... ahora. —Camile... ¡Ring, ring, ring...! Justo cuando mi boca se abrió para terminar con aquello, sonó el timbre de su móvil. Y como si se tratase de un acto reflejo, lo busqué inmediatamente con la mirada. —Tu móvil —dije con el corazón disparado a mil. Ese timbre acababa de hacerme la noche. «Ojalá y sea algo que deba hacer urgente». Pedía al cielo por eso. —Lo que sea puede esperar. ¡Ring, ring, ring...! —Puede tratarse de una urgencia —insistí cuando volvió a timbrar. —¿Es en serio, Eric? —cuestionó con el ceño fruncido. Quizás notó mi evasión. —¿Acaso tengo la culpa? ¡Responde el maldito teléfono! Tienes amigos, familia. Cualquiera de ellos puede estar en una emergencia —me puse dramático. Ese momento ameritaba hacerlo. —Ufff —bufó—, está bien. Ahora respondo. Inmediatamente llegó hasta el móvil, pero su rostro se transformó al mirar la pantalla. Dudó unos segundos y finalmente respondió: —¿Qué pasa? —preguntó tajante. Yo solo observé expectante—. Pa-padre, es que no había reparado en que era usted. Buenas noches. En ese momento presté más atención. Se trataba nada más y nada menos que de William Dubois, el padre y hombre de negocios más influyente de toda Francia. —¿Qué? ¿Que está esperando en la puerta? Cuestionó y en automático me giré para quedar de frente a la mencionada. Esto no podía estar sucediendo. Y para colmo, según yo, estaba entre junta. Aquel día estaba por ser el día de mi perdición. William, sin dudas, me colocaría en la mira de su cañón.
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