La fiesta

1272 Words
Era un martes cualquiera… hasta que dejó de serlo. Estaba en mi pequeño departamento, acurrucada frente al escritorio, rodeada de libros de anatomía y subrayadores fluorescentes. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal con una cadencia suave, y el aroma a café recién hecho se mezclaba con el del papel viejo. Aidan me había enviado un mensaje temprano, con un par de chistes malos sobre fisiología celular, y por primera vez en semanas, me sentía… normal. Entonces, alguien tocó la puerta. Me levanté sin apuro, imaginando un paquete o a algún vecino confundido. Pero al abrir, me encontré con un hombre alto, vestido con un traje oscuro impecable. Su rostro era una máscara sin emociones, y en sus manos sostenía un sobre n***o como la tinta de medianoche. —¿Sofía Díaz? —preguntó, con voz neutra. —Sí… ¿Quién lo pregunta? —Traigo una entrega oficial de la Alianza de Manadas del Norte. El tiempo pareció detenerse. La sangre se me heló en las venas. Sin más, me extendió el sobre y una tableta para firmar. Lo hice en automático, sintiendo cómo el corazón me retumbaba en el pecho. Tan pronto como completé el trazo, él se dio la vuelta y desapareció escaleras abajo, como si nunca hubiese estado allí. Cerré la puerta con manos temblorosas y me apoyé contra ella un segundo. El sobre ardía entre mis dedos. Rompí el sello con torpeza, guiada más por instinto que por voluntad. Dentro, una hoja de papel grueso, adornada con cera roja y el símbolo de la Alianza: la luna hendida por una garra. Tragué saliva. Mis labios comenzaron a moverse antes de que pudiera detenerlos: —"Sofía Díaz, m*****o reconocida de la manada Luna Rosa, está convocada a asistir a la Gala Anual de Unificación Intermanadas, a celebrarse en el Gran Salón de la Sombra de Cedros, el próximo sábado al anochecer. La asistencia de miembros de sangre Alfa es obligatoria. Atentamente, el Consejo de Alianzas del Norte." El suelo pareció moverse bajo mis pies. Esto no era una simple gala. Era una jugada política. Un tablero de ajedrez en el que los peones éramos cuidadosamente observados… y sacrificados si era necesario. Todos los alfas asistirían. Incluidos sus herederos. Incluido él. Gabriel. Negarse no era una opción. La orden era clara. Aunque ya no vivía en la reserva, mi sangre seguía atada a la Luna Rosa. Hija de un alfa. Mi presencia no era un gesto de cortesía. Era un recordatorio. Una afirmación. Laisa gruñó dentro de mí, inquieta. Su voz era un eco salvaje que vibraba en lo profundo de mi pecho. “Nos van a mirar. A observar. A juzgar.” —Y a hacernos pedazos —murmuré, sin saber si lo decía para ella… o para mí. …………………………………………………………………………………………………………………. La noche llegó más rápido de lo que me habría gustado. Vestida con un elegante vestido n***o, adornado con bordados de hilo plateado —una elección cortesía de Lucrecia, enviada junto con una nota ambigua que podía interpretarse tanto como apoyo… o como un recordatorio de a quién respondería—, abordé el auto n***o enviado por el Consejo. El Gran Salón de la Sombra de Cedros nos recibió con su solemne grandeza. Mármol oscuro, ventanas altísimos por donde se colaba la luz cruda de la luna llena, y una iluminación tenue que parecía diseñada para reforzar el aire de poder que flotaba en el ambiente. Lobos de todas las manadas se deslizaban por el lugar, repartiendo saludos estratégicos, sonrisas estudiadas… y miradas afiladas. Y entonces, lo vi. Gabriel. De pie entre un grupo de jóvenes alfas, vestido con un traje n***o impecable. Más alto, más frío. Más distante que nunca. Y a su lado, una joven de cabellos rubios ceniza, piel clara como la porcelana, y ojos del color del hielo. Parecía una reina dormida para estar allí. No necesitaba que me lo confirmaran. Su futura compañera. —Esa es Elianne —susurraron detras de mi. De la manada Niebla Plateada. El Consejo anunció el compromiso con Gabriel esta semana. No gires la cabeza. No hacía falta. Laisa se quedó en silencio. Herida, sí… pero digna. No sabía qué dolía más: que me lo ocultara, o que él no hubiera tenido el valor de advertirme. Ni una carta. Ni una palabra. Y, sin embargo, ahí estaba. Sonriendo por compromiso. Fingiendo. Mientras yo... trataba de no romperme delante de todos. Pero esta vez yo sería distinta. No pensaba huir. Iba a quedarme. A sostener la mirada. Porque aunque me costara, ya no era la loba herida que él rechazó. La música flotaba en el aire como una niebla suave, tratando en vano de suavizar la tensión que latía entre los asistentes. Conversaciones, risas forzadas y brindis formales llenaban el salón. Pero para mí, todo era ruido lejano. Desde el otro lado de la sala, Gabriel se movía como si todo estuviera en calma. A su lado, Elianne hablaba con fluidez, con la seguridad de quien ya se sabe aceptada. El parecía cómodo e impecable. Y entonces, nuestras miradas se cruzaron. Solo un segundo. Gabriel se disculpó con un leve gesto y empezó a caminar hacia mí. Cada paso era contenido, medido, como si luchara contra algo que no debía sentir. Cuando se detuvo frente a mí, lo miré sin sonreír. —Sofía —dijo, con una voz baja, cargada de una emoción que ya no le pertenece. —Gabriel —respondí, serena por fuera. Por dentro, mi pecho golpeaba como tambor de guerra. El silencio entre nosotros cayó como un telón. Pesado. —No pensé que vendrías —murmuró. —No tenía opción. Soy hija de un alfa, ¿lo olvidaste? Asintió. Sus ojos bajaron un instante, como si mi presencia le pesara… o le doliera. —Lo del compromiso… no fue decisión mía. —Tampoco lo fue tu rechazo —respondí. Sin rencor, pero sin suavizar el filo de mis palabras. Gabriel respiro hondo. —Habían cosas que no podía contarte. Cosas que… —Elegiste no contarme —lo interrumpí, firme—. Y también elegiste no elegirme a mí. Mi voz era más fuerte de lo que esperaba. Más firme. Como si, por fin, hablara la versión de mí que había estado escondida todo este tiempo. Él parpadeó. Dolido. No por mi enojo, sino por mi calma. —Nunca dejé de pensar en ti —susurró. —Yo sí —mentí. O casi. Pero vi en su rostro que no me creyó, Sobre todo porque el vínculo de pareja no consumado, pero no del todo roto, latía con fuerza al estar cerca el uno con el otro. Gabriel dio un paso más cerca. Pude oler su esencia: madera, humo y fuego contenido. Laisa se revolvió dentro de mí, alerta pero con necesidad reprimida. Ella también necesita del lobo de Gabriel. Pero nos habían rechazado. —No hagas esto —le dije, apenas un murmullo—. No te acerques si vas a volver a irte. Ya no soy la misma. Sus cejas se fruncieron, y por un instante pareció querer decir algo más. Pero no lo hizo. Solo ascendiendo. Como si entendiera que sus palabras ya no podían cambiar nada. Además de que Elainne estaba viendo hacia nuestra dirección. —Lo siento, Sofía —dijo antes de girarse. Lo vi alejarse, volver junto a Elianne, desaparecer entre saludos y reverencias. Y yo me quedé ahí, erguida, sosteniendo la compostura como si fuera mi única armadura. No lloré. Jure que no lo haría. Porque ahora yo sabía que lo más valiente no siempre es luchar por lo que amas, si no dejar de suplicar por quien no supo quedarse.
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