Capítulo 3
Presencia incómoda
Los días comenzaron a parecerse menos entre sí.
Lionel ya no pasaba las horas atrapado entre las sombras de su habitación. Su rutina silenciosa había sido trastocada por la presencia constante —y silenciosa también— de Emilia, que no lo empujaba a cambiar, pero sí a moverse.
No lo obligaba a hablar, pero lo escuchaba.
No lo confrontaba, pero tampoco lo ignoraba.
Y eso, para alguien que llevaba meses sin ser mirado sin lástima, era tan nuevo como dolorosamente necesario.
Esa tarde, mientras el cielo se vestía de azul limpio y el jardín olía a lavanda fresca, Lionel se animó a entrar nuevamente al invernadero. Ya sin ayuda, ya sin que nadie lo empujara. Por voluntad propia.
Emilia estaba allí, sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda recta, removiendo con cuidado una hilera de macetas olvidadas por el tiempo.
—Hola —dijo él, rompiendo el hechizo del silencio.
Ella levantó el rostro, y le sonrió como si esa palabra, simple y cotidiana, tuviera valor de milagro.
—Hola, señor Márquez.
—Lionel… —la corrigió, bajando la mirada, incómodo pero decidido—. Puedes llamarme así.
Hubo una pausa. Una pausa real. De esas que se sienten como un paso adelante.
—Está bien, Lionel —dijo, con suavidad—. Estaba por plantar caléndulas. ¿Me ayuda?
Él avanzó unos centímetros en su silla. No era fácil. Cada movimiento exigía una voluntad que aún estaba en proceso de renacer. Pero lo hizo. Y colocó sus manos en la tierra húmeda como quien, por primera vez, se atreve a tocar su propia herida sin temor a sangrar.
—¿Por qué caléndulas? —preguntó.
—Porque sanan. Sirven para las heridas... internas y externas. Además, se abren al sol. Son valientes.
Lionel sonrió de lado. No acostumbraba a esa clase de simbolismos, pero con ella... todo adquiría un nuevo sentido.
—Yo... no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí útil —confesó, sin mirarla.
Emilia detuvo su tarea. No para consolarlo, sino para validar lo que decía.
—Quizás no se trata de ser útil —respondió—. A veces basta con estar... y dejar que otros te vean realmente.
Él levantó la mirada. Ella seguía ahí, sin forzarlo, sin huir.
Y entonces ocurrió: la g****a.
No de esas que derrumban todo. Sino de esas por donde entra la luz.
—Mi esposa solía venir aquí. Era su lugar favorito. Decía que las plantas eran menos crueles que las personas. Que si una flor moría, al menos lo hacía sin mentir.
Emilia no respondió. Sólo le acercó una pequeña palita, indicándole que podía ayudar a remover la tierra.
—Lo siento —dijo él, bajando el tono—. No suelo hablar de ella.
—No tiene que hacerlo. No si no quiere.
—Pero tú estás aquí... y no huyes. —La miró, esta vez con intención.
Ella sintió el peso de sus ojos. Y también el calor de algo que, sin ser declarado, ya empezaba a crecer entre ambos.
—No estoy aquí por lástima, Lionel. Vine por trabajo... pero me quedé porque vi algo más que dolor en usted.
—¿Y qué viste?
Emilia respiró profundo. No mintió.
—Un hombre que se castigaba por vivir. Y que, poco a poco, empieza a recordar que aún late.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no dolía. Era como una pausa necesaria entre el derrumbe y la reconstrucción.
Lionel extendió su mano —temblorosa, torpe, vacilante— y rozó la de ella sin querer, al tomar una semilla.
Y allí ocurrió lo inevitable:
Una chispa.
Pequeña.
Inofensiva.
Pero viva.
Ella no retiró la mano. Solo la sostuvo unos segundos más de lo necesario. Lo suficiente para decirle sin palabras que no estaba solo.
Que ella no se iría.
Y que aunque aún no era amor, se acercaba peligrosamente a serlo.
Esa mañana, el silencio habitual de la mansión fue roto por el rugido elegante de un auto de lujo. Emilia estaba revisando el historial médico de Lionel cuando un asistente cruzó el umbral del comedor.
—Señor Lionel, el licenciado Santiago Del Real ya está aquí —anunció con respeto.
Lionel alzó la vista, frunciendo ligeramente el ceño. Emilia notó cómo sus dedos se crispaban sobre la servilleta, y aunque su rostro permanecía sereno, algo en su postura se endureció.
—Hazlo pasar —dijo finalmente, con voz seca.
Minutos después, Santiago entró con la seguridad de quien está acostumbrado a dominar salas. Alto, bien vestido, y con una sonrisa magnética, irradiaba una energía que contrastaba con el aura contenida de Lionel.
—¡Lionel! —exclamó con afecto—. Me alegra verte... te ves mucho mejor.
—No exageres —gruñó Lionel, medio sonriendo. Luego sus ojos se desviaron, tensándose—. Te presento a Emilia, mi... enfermera.
Santiago giró hacia ella y sus ojos brillaron con un destello curioso.
—Encantado, Emilia. ¿Así que tú eres quien lo tiene tan bien cuidado?
Le tendió la mano. Emilia, cortés, la aceptó. Pero el contacto fue más largo de lo necesario.
—Solo cumplo con mi trabajo —respondió ella, sintiendo de inmediato una tensión sutil en el aire.
Santiago se acomodó frente a Lionel, sacando una carpeta con documentos legales. Mientras explicaba los trámites, sus ojos volvían constantemente hacia Emilia, como si ella le interesara más que los números.
Lionel notó cada mirada, cada sonrisa. La mandíbula se le tensó, y por un momento, perdió el hilo de lo que el abogado le estaba diciendo.
—¿Tú siempre eres tan encantador con el personal médico? —preguntó Lionel de pronto, con un dejo ácido.
Santiago rio.
—Solo cuando son tan agradables como ella. ¿Te molesta?
—No tengo razones —respondió Lionel, girando la silla hacia la ventana—. Puedes continuar.
Emilia fingió revisar su agenda para escapar de la incomodidad que crecía como humo espeso entre los tres.
Cuando Santiago terminó, se puso de pie y se acercó a Emilia otra vez.
—Si algún día te cansas de este ambiente tan... tenso, llámame —dijo en voz baja, entregándole una tarjeta con una sonrisa seductora—. Mi firma siempre está buscando talento como el tuyo.
Emilia no supo qué responder. Apenas sonrió, guardando la tarjeta con rapidez.
Santiago se despidió de Lionel y salió, dejando tras de sí un aroma de colonia cara… y un campo de guerra silencioso.
—¿Piensas llamarlo? —preguntó Lionel al cabo de unos segundos.
Ella alzó la vista, sorprendida.
—¿Perdón?
—Digo, se nota que te gustó su sonrisa perfecta y su actitud encantadora. Es más de tu tipo, ¿no?
Emilia lo miró con incredulidad.
—No sabía que usted se tomaba la libertad de opinar sobre mis gustos.
Lionel se giró en la silla y clavó en ella una mirada cargada de algo más que enojo. ¿Dolor? ¿Temor? ¿Deseo?
—No suelo hacerlo. Pero contigo... supongo que estoy cometiendo demasiados errores últimamente.
Y sin decir más, giró su silla y se marchó, dejando a Emilia con la tarjeta de Santiago aún en la mano… y el corazón latiendo con más fuerza de la que quisiera admitir.
El atardecer tiño de oro las paredes de la habitación de Lionel. Las sombras danzaban como si supieran que, dentro de aquel hombre, algo se quebraba lentamente.
Había pedido que no lo molestaran. Cerró la puerta con fuerza, giró la silla hacia la ventana abierta y dejó que la brisa jugara con los papeles que Santiago había dejado.
En sus manos tenía la tarjeta de presentación que Emilia, sin saber que él la observaba, había dejado olvidada sobre la mesa.
La frotó entre sus dedos, casi con rabia contenida.
—¿Qué estás haciendo, Lionel? —murmuró para sí.
Su mirada se perdió en el cielo encendido, y entonces llegaron los recuerdos como una avalancha.
Su esposa.
Sus labios, sus risas. Su perfume a jazmín. La última discusión antes del accidente. Las palabras no dichas.
Cerró los ojos, y de pronto volvió a ver ese momento: el coche, la lluvia, los gritos. El golpe seco. El crujido del metal. La oscuridad. El silencio.
Y después… la silla.
La culpa.
El dolor.
La muerte.
Abrió los ojos de golpe, jadeando.
—No era amor… no era amor —susurró como si necesitara convencerse.
Porque ahora había otra imagen que lo perseguía: Emilia.
Esa enfermera de voz tranquila, de mirada serena, que cada día se metía más bajo su piel. Que lo hacía reír. Que no le tenía lástima, sino respeto. Que lo trataba como a un hombre, no como a un inválido.
Y ese maldito Santiago… con su sonrisa y su seguridad… ¿Cómo no iba a fijarse en ella? ¿Cómo no iba Emilia a sentirse atraída por un hombre que podía caminar, bailar, besar…?
Sintió una punzada en el pecho.
Entonces, sin pensarlo, lanzó la tarjeta de Santiago al fuego de la chimenea apagada. Cayó sobre las brasas secas, pero no prendió.
La puerta se abrió con un leve golpe.
—¿Está bien, señor Lionel?
Era Emilia. Lo miraba con preocupación desde el umbral.
Él no respondió enseguida. Solo la miró… como si fuera la primera vez.
Tenía el cabello suelto, una blusa blanca sencilla, y los labios apenas curvados por la duda. Pero era hermosa. Más que hermosa. Era luz.
—¿Va a entrar o solo va a juzgarme desde allá? —preguntó él con voz rasposa.
Ella dudó, pero finalmente entró. Cerró la puerta tras ella.
—Estaba preocupado por usted —dijo él, bajando el tono—. O quizás... estaba molesto por lo que pasó esta mañana.
Emilia bajó la mirada.
—No hice nada malo.
—Lo sé. Pero no pude evitar sentir algo que no debería.
—¿Celos?
Lionel la miró, sorprendido por su franqueza.
—Sí —admitió, sin más.
Ella respiró hondo.
—No soy su propiedad, señor Márquez
—Lo sé. Pero tampoco soy de piedra, Emilia. Perdí muchas cosas. Y justo cuando comienzo a respirar… aparece alguien que me recuerda que no puedo competir.
Hubo un silencio cargado. Ella dio un paso al frente.
—No se trata de competir, Lionel. Yo no estoy buscando nada con nadie.
—¿Y si yo sí lo estuviera? —dijo él, con la voz más baja, como si temiera la respuesta.
Ella lo miró… y por un segundo, algo vibró entre ellos. Algo que ninguno dijo. Algo que ambos sintieron.
Pero Emilia dio un paso atrás.
—Descanse. Mañana será otro día.
Y salió de la habitación, dejándolo con el corazón latiendo fuerte… y con una certeza dolorosa:
No podía perderla. Pero tampoco podía obligarla a quedarse.