Un hermoso Milagro

1931 Words
Un hermoso Milagro Los días que siguieron a la confesión de Lionel se convirtieron en un borrón de cafeína, pantallas brillantes y una febril cacería digital. Debían ser cautelosos y discretos. Laura no debía enterarse de sus intenciones. Ella no sabría guardar el secreto. Así que no debían levantar sospechas. Emilia trabajaba con una intensidad que nunca antes había conocido. El miedo no había desaparecido —seguía siendo un fantasma agazapado en las esquinas de su corazón. Pero ahora estaba supeditado a un propósito mayor. La fe que Lionel había depositado en ella se había convertido en su armadura. Cada mañana, entraba en el estudio y lo encontraba ya allí, observándola con una mezcla de paciencia y una urgencia apenas contenida que la hacía sonrojar. Trabajaban en un silencio cargado de palabras no dichas, sus mentes entrelazadas en la persecución de un enemigo común. Él era el estratega, trazando mapas de corporaciones y flujos de dinero en su cabeza. Ella era la cazadora, la que se adentraba en la maleza digital, siguiendo las huellas casi invisibles que Santiago había intentado borrar. Llevaban semanas hurgando y recopilando evidencias. Santiago había sido muy astuto para ocultar sus huellas, no así la difunta esposa de Lionel y Claudia. Ellas dejaban indicios que eran pistas importantes que él debía organizar como piezas de un rompecabezas. Una tarde Laura los miró con extrañeza y curiosidad al encontrarlos en el estudio al llegar de repente. Así que tuvieron que mudar su investigación a la habitación de Lionel. Emilia llevaba horas con la vista fija en la pantalla, siguiendo un hilo casi inexistente. "Consultores del Caribe, S.A." era una fortaleza, una empresa fantasma registrada a través de otras empresas fantasmas, un laberinto diseñado para frustrar a cualquiera. Pero Santiago había cometido un error. Uno minúsculo. Un pago de registro de dominio para un sitio web inactivo, hecho no desde una cuenta corporativa, sino desde una tarjeta de crédito personal vinculada a una dirección IP en una lujosa zona residencial de Miami. El corazón de Emilia empezó a latir con fuerza. Con los dedos temblorosos, cruzó la dirección con registros de propiedad. Y entonces, lo vio. El nombre en la escritura no era el de Santiago. Era el de la secretaría de Lionel. Se quedó sin aliento. Eso no era una conexión. Era la pistola humeante. La alianza profana entre el socio traidor y su amante. Santiago no estaba trabajando solo. Había estado desviando dinero con la ayuda de esa mujer. A la que Emilia solo había visto un par de veces. Él usaba el dinero de la empresa para mantenerla cerca, para pagar por su silencio o, peor aún, por su colaboración. —Lo tengo —susurró, la voz ahogada por la emoción. Se giró en su silla, con los ojos brillantes de lágrimas de victoria y rabia. — Lionel, lo tengo. Es Susana ¡Santiago le ha estado pagando a Susana, usándola a su favor todo este tiempo! Estaba tan consumida por el triunfo, por la adrenalina del descubrimiento, que no se percató del cambio en la habitación. No notó cómo Lionel la había estado observando, no los papeles, sino a ella. No vio cómo, al oír la certeza en su voz, sus nudillos se habían puesto blancos al aferrarse al borde de su escritorio de caoba. Cuando levantó la vista para encontrar la suya, él ya no estaba sentado en la silla de ruedas. El mundo de Emilia se detuvo. El tiempo se estiró hasta volverse quebradizo. Lionel estaba de pie. No era una postura firme ni elegante. Estaba apoyado con una mano en el escritorio y la otra en el respaldo de su silla de ruedas, que había empujado hacia atrás. Sus piernas, enfundadas en sus pantalones de tela, temblaban con una violencia visible, sacudidas por el esfuerzo monumental. El sudor le perlaba la sien y un músculo saltaba en su mandíbula apretada. Era la imagen de una lucha hercúlea, de una voluntad de hierro doblegando a un cuerpo roto. La miraba con una intensidad que lo consumía todo, sus ojos grises eran dos brasas ardientes en un rostro pálido por el esfuerzo. —Tenías que ser tú, Emilia —dijo, su voz ronca, un gruñido bajo y profundo que vibró en el aire quieto—. La que me diera la razón para hacerlo. El descubrimiento, la traición de Santiago, todo se desvaneció en un instante. Solo existía ese hombre, de pie por primera vez ante ella, ofreciéndole el fruto de su esfuerzo, de su dolor secreto, de sus noches de lucha y agonía. Un sollozo se rompió en la garganta de Emilia, un sonido de pura e incontenible alegría. No pensó. No razonó. Simplemente reaccionó. Se levantó de un salto y corrió los pocos pasos que los separaban, lanzándose a sus brazos como si fuera el único puerto seguro en el universo. —¡Lionel! —gritó su nombre, una plegaria en su voz quebrada por la emoción. Él la recibió en sus brazos rodeándola con una fuerza desesperada. Por un instante glorioso, todo fue perfecto. Ella hundió el rostro en su cuello, inhalando su aroma a sándalo, café y victoria. Él se aferró a ella, el ancla que le daba sentido a su milagro. Pero un milagro forjado en secreto y dolor es frágil. El impulso de Emilia, combinado con sus piernas temblorosas y su equilibrio precario, fue demasiado. Sintió el pánico en sus ojos por una fracción de segundo, el instante en que supo que iban a caer. Pero el pánico fue reemplazado por una rendición absoluta. En lugar de luchar, usó el último gramo de su fuerza para girar sus cuerpos, asegurándose de recibir él la peor parte del impacto. Cayeron hacia atrás. El mundo se convirtió en un torbellino de movimiento y sorpresa, y aterrizaron con un golpe sordo y suave, no en el suelo duro, sino sobre la cama. El silencio que siguió fue más atronador que cualquier grito. Sus cuerpos estaban enredados, sin aliento. Mirándose a los ojos. Emilia estaba tendida sobre él, con las manos apoyadas en su pecho firme, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la palma de su mano. La caída los había dejado en una intimidad tan abrupta y total que era casi un shock. Él la miraba desde abajo, con el cabello oscuro revuelto sobre la almohada, sus ojos llenos de una mezcla de dolor, asombro y un amor tan crudo y desnudo que a Emilia se le cortó la respiración. —Lionel… —susurró, con la voz temblorosa—.Estabas de pie… Lo hiciste. Una sonrisa lenta y cansada curvó sus labios. Levantó una mano temblorosa y le apartó un mechón de cabello de la cara, sus dedos rozaron su piel como si fuera la primera vez que tocaba algo real. —No —corrigió, su voz un susurro grave. — Lo hicimos. Tú me levantaste, Emilia. Me diste fuerzas… — Desde el primer día que entraste por esa puerta, empezaste a levantarme de una oscuridad que no era la de esta silla. Sino, la que había en mi interior. Acariciando con ternura la mejilla de Emilia, acercó su rostro y la besó. No fue un beso como las veces anteriores. No había urgencia ni desesperación. Fue un beso suave, reverente, cargado de un deseo qué inundaba su piel de amor. Un amor que envolvía también a ella. Emilia se derritió en ese beso, respondiendo con una entrega total. Sus manos se deslizaron desde el pecho de Lionel para enredarse en su cabello, acercándolo más. Profundizando el beso. Él gimió suavemente contra sus labios, un suspiro y una súplica: “No te detengas” Todo lo que Lionel había imaginado en sus noches de soledad —volver a sentir el peso de una mujer en sus brazos, la calidez de su piel, el perfume de su cabello, la sensación de ser fuerte y deseado— se estaba haciendo realidad. Y era mil veces más intenso de lo que había imaginado. Con un movimiento fluido y cargado de una nueva confianza, invirtió sus posiciones. Ahora él estaba sobre ella, sosteniéndose con los codos, su cuerpo cubriendo el de ella. El metal de la silla de ruedas, esa barrera constante entre ellos, había desaparecido. No había nada más que piel, calor y la textura de sus ropas. —Sentirte así… —murmuró él contra su cuello, su aliento caliente erizándole la pie. — Volver a sentirme… un hombre, en tus brazos… Emilia, no tienes idea de lo que esto significa para mí. Ella no necesitaba que se lo dijera. Lo veía en la forma en que sus ojos la devoraban, en la manera en que sus manos recorrían su espalda, sus caderas. Como un ciego que recupera la vista y quiere memorizar cada detalle, cada forma en el mundo. —Déjame amarte, Emilia —susurró él, su frente pegada a la de ella, sus ojos grises buscando permiso, ofreciéndole todo su ser en esa pregunta. La respuesta de ella no fue una palabra. Fue un movimiento, arqueando la espalda para encontrar sus labios de nuevo. Fue el gesto de sus dedos desabrochando torpemente los botones de su camisa, anhelando sentir su piel contra la suya. El beso se profundizó, volviéndose posesivo, hambriento. Era el beso de un hombre que había regresado de la muerte y había encontrado el paraíso. Cada caricia era una celebración, cada roce de piel contra piel era un acto de desafío contra todo lo que habían intentado arrebatarle. Él la despojó de sus miedos con la misma lentitud y reverencia con la que la despojaba de su ropa. En aquella habitación, con la tormenta interna desatándose finalmente en el exterior, sus cuerpos aprendieron un nuevo lenguaje. Era un lenguaje distinto, uno que dejaba fuera las cicatrices, los miedos y la culpa. Un lenguaje de amor sin barreras. Para Lionel, era una reafirmación. Cada gemido de placer de Emilia era una victoria sobre su propia debilidad, cada caricia de ella era un bálsamo sobre las heridas invisibles. Se sintió poderoso, no por su dinero o su nombre, sino por la forma en que ella se entregaba a él, por el simple y milagroso hecho de poder sostenerla en sus brazos y hacerla su mujer. Y para Emilia, fue una liberación. En sus brazos, no había rastro de su antiguo dolor. No había mentiras, solo una honestidad brutal y hermosa. El hombre que la amaba no era un CEO implacable ni una víctima en una silla de ruedas. Era un luchador. Un superviviente. Y en ese momento, en la sagrada intimidad de esa cama, ella vivía. Olvidándose de todo para sentirse amada y amar. Cuando finalmente yacieron en silencio, envueltos en las sábanas y el resplandor pálido de los relámpagos, que se filtraban por la ventana, él la mantuvo pegada a su costado, como si temiera que pudiera desvanecerse. —Me salvaste la vida, Emilia —dijo él, su voz tranquila y llena de una certeza absoluta, mientras besaba su frente. Ella levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de él. —No. Tú me salvaste a mí —susurró ella, con una pequeña sonrisa—. Yo sólo te di una razón para salvarte a ti mismo. Él la apretó más fuerte. Y le susurro contra sus labios: ¡Te amo! La guerra seguía ahí fuera, pero por primera vez en mucho tiempo, Lionel supo, sin lugar a dudas, que no estaba luchando por un imperio. Estaba luchando por la mujer que consideraba ahora su hogar. Con la que quería pasar el resto de su vida.
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