Capítulo 6
Una provocación peligrosa
Santiago descendió de su elegante automóvil n***o frente a la imponente reja de la mansión.
Era mediodía, pero el sol parecía temer asomarse entre las nubes , como si la atmósfera en aquel lugar fuera lo suficientemente pesada por sí sola como para asomar su rostro.
Con paso firme Santiago avanzó hacia el gran portón. En la mano llevaba carpetas de cuero — documentos legales que exigían la firma de Lionel Márquez.
Al cruzar el umbral de la mansión, su mirada se posó en Emilia. Hermosa, con una atmósfera de elegancia pura y sencillez bajo su uniforme de enfermera.
Ella caminaba bajo los portales de piedra, pero su porte tenía algo que desafiaba el estatus de aquel hogar, una seguridad revestida de dignidad y dulzura.
Santiago no dudó dos veces, se acercaría a ella hasta conseguir que ella aceptara sslir con él.
— Me gustas Emilia – pensó — Y cuando una mujer me gusta… debe ser mía.
—Buenos días, Lionel —dijo con voz tan suave como calculada—. Traigo estos documentos para su firma.
Depositó las carpetas en un mueble de caoba mientras su mirada buscaba sutilmente una presencia en el salón. Finalmente, sus ojos encontraron a Emilia. Hubo un relámpago de interés al borde de su sonrisa.
—Buenos días, Santiago —Lionel mantuvo la compostura—. ¿Está todo en orden?
Haciéndole notorio que había visto su interés en Emilia.
— Sígueme al despacho para la firma.
Mientras se dirigían, Santiago avanzó un paso más:
—Es un gusto verte de nuevo, Emilia. La casa se siente diferente desde que llegaste. Tu presencia ha traído nuevos aires a este frío lugar – dijo con una suave sonrisa.
Ella alzó la cabeza, sin ofrecer una mirada sumisa ni una sonrisa.
Respondió con cortesía—. Gracias por sus palabras señor.
Santiago sonrió, no esperaba que ella fuera tan cortante. Pero eso en lugar de molestarlo, le gustaba. Emilia era un desafío en piel de mujer y eso le era fascinante.
Emilia llevó la silla de Lionel hasta su despacho luego se dio vuelta hacia Lionel:
—Volveré en unos minutos.
Lionel asintió. Y Emilia salió de la oficina bajo la mirada indiscreta de Santiago.
Él escuchó pasos y un murmullo: las sirvientas, curiosas, se acercaban a lo lejos, como pájaros expectantes observandolo a la distancia, sonriendo coquetas. Santiago sabía el efecto que causaba en las mujeres, por eso la frialdad con que lo trataba Emilia le parecía refrescante y un reto interesante.
El despacho de Lionel estaba iluminado por una lámpara victoriana colgaba bajo una decoración sobria pero elegante.
En ella había archivos, estanterías con gruesos tomos y cuadros familiares. Los documentos que había traído Santiago aguardaban extendidos sobre la mesa.
—¿Todo en regla con el contrato? —preguntó Lionel mientras observaba la primera hoja.
—Sí —respondió Santiago con voz pausada—. Solo falta su firma en las páginas ocho, doce y veintitrés, que resumen las condiciones financieras y de confidencialidad.
Lionel los revisó cauteloso, luego asintió y tomó la pluma y empezó a firmar. Cada rasgueo de la tinta fue un testimonio de su poder.
Santiago lo observaba, al borde de cruzar los brazos, midiendo el tiempo con cierto fastidio.
Cuando Lionel llegó a la última página, levantó la mirada:
—Listo. ¿Algo más?
Santiago se acercó, tomó las hojas firmadas y las metió en la carpeta con un delicado gesto. No dejaba nada al azar.
—No. Ahora sólo queda que le entregue una copia…
Se detuvo por un instante y sus ojos se movieron directamente hacia Emilia, le parecía aún más hermosa fuera del despacho.
—...para su archivo – dijo sin quitar los ojos de Emilia.
Lionel le hizo un gesto con su mano para que ella lo ayudara. Cuando regresaron al salón principal.
—Aquí tienes Lionel —dijo Santiago, sin dejar de observarla.
Sofia, la ama de llaves, se acercó con una bandeja y colocó tazas de café y un té de romero para Lionel.
El ambiente se llenó de formalidad.
Santiago se sentó y tomó con calma su café, luego con tono casual, dijo:
—Fue un placer verte de nuevo – dijo, refiriéndose más a Emilia que a Lionel.
— Si me necesita, estaré en la oficina central.
Luego se incorporó.
—Gracias —murmuró Lionel sin desviar la atención de los documentos. Estaba muy molesto y no quería decir alguna imprudencia ahogado por su enojo e incomodidad.
Santiago asintió y salió del salón. Sus pasos resonaron en el pasillo con su natural elegancia y prepotencia.
En cuanto Santiago se fue, Lionel exhaló. Se limpió el sudor de la frente, invisibles gotas que el orgullo no permite mostrar.
—Ese hombre es un… —Lionel habló solo, más para sí que para Emilia—. Me hace sentir como si lo único útil que tuviera son mis manos – dijo con visible frustración.
Ella lo miró, comprensiva.
— No le tome importancia — dijo con suavidad—. Es un abogado. Un hombre tonto que cree tener el mundo en sus manos con su pluma y su sonrisa retorcida.
Se acercó a él y tomó su mano entre las suyas.
—Confíe en usted mismo, Lionel. Usted es un hombre por entero. Sin importar si está en esa silla de ruedas.
Lionel respiró hondo mientras sus ojos buscaban los de ella. Hubo un instante suspendido en el tiempo. Un encuentro furtivo, más allá de paciente - enfermera. Se miraban como hombre y mujer, sin máscaras ni filtros.
Algo que venía sucediendo entre ellos sin pretenderlo. Como un acto natural, un impulso que no se pensaba, solo se sentía.
Lionel acarició los dedos de Emilia sintiendo calma. El fuego de sus celos se apagaba con la mirada dulce de Emilia.
Mientras sus ojos vagaban en cada línea del rostro de Emilia perdiéndose en segundos en el contorno de su boca, en la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
Su corazón latía frenético en su pecho irradiando vida a su corazón que se creía muerto desde el accidente.
La campanilla de la puerta principal volvió a sonar: alguien más entraba en la casa esa tarde. Algo anormal en esa casa.
Por la entrada emergió la figura orgullosa de Claudia. No habría sonado inoportuna su presencia si no fuera porque Lionel moría por atraer el rostro de Emilia y besarla, como lo estaba deseando con desesperación.
Pero nuevamente su cuñada Claudia aparecía. Vestía con elegancia, falda lápiz y saco sastre; el cabello impecablemente recogido.
Entró sin avisar hasta donde estaban Lionel y su enfermera. Sus ojos estudiaron en segundos el salón, la mesa, los documentos, los rostros tensos ante su llegada.
Su mirada de águila se detuvo en Emilia con desprecio.
—Vaya, vaya —dijo con voz fría—. Pensé que ya te habrías ido… Como las otras enfermeras. Pero veo que te acomodaste rápido en esta casa…
— Como una reemplazante barata – insinuó.
El silencio se hizo instantáneo. El sol se ocultó tras una nube, como si el mismo cielo protestara ante sus palabras malintencionadas.
El cuerpo de Emilia se tensó.
—Claudia —la llamó Lionel, neutral, seguro. Sin caer el juego de provocación de su cuñada.
Claudia avanzó con paso suave, pero venenoso. Abrió la boca para continuar, pero fue Lionel quien habló:
—Esto no es asunto tuyo —dijo con calma—. Emilia está aquí como mi enfermera. Mi hija la contrató, no tú.
Ella se sobresaltó al escuchar a Lionel defender a Emilia. La chispa de furia en los ojos de Claudia fue evidente.
— Está en esta casa como tu enfermera o por qué te gusta como …
—¡Basta! —Lionel alzó la mano, firme, autoritario, como el hombre que era antes.
— ¿Por qué estás aquí Claudia? Si tienes asuntos familiares que hablar conmigo, entonces los conversaremos en privado.
Claudia lo miró con desdén:
—¿Conversar? —rió—. Al parecer alguien cambió tu disposición en esta casa. Volvió fiera al cordero.
Lionel sintió sus músculos tensarse. Emilia, a su lado, se mantenía erguida, conteniendo la respiración. En silencio.
—¡No voy a permitir que me hables así en mi casa! —Lionel respiró enojado—. ¡No voy a permitir que hables mal de Emilia! ¡Que insinúes cosas que no son!
Lo dijo en voz alta, con mirada dura, y por un segundo hubo un "tic" en su mandíbula. Sabía que estaba al filo de algo.
Claudia lo miró un par de segundos, midiendo la respuesta de Lionel. Luego, desvió la mirada hacia Emilia:
—¿Crees que Lionel cambió? No lo conoces querida… ¿Estás segura de que quieres apostar a ese cambio?
Emilia mantuvo el temple sereno respondiendo:
— Sí. Estoy segura de eso.
La amenaza entre las dos flotó en el ambiente. Claudia soltó una carcajada seca.
—Muy bien, reemplazante barata —dijo girando los talones—. Ya veremos cuánto tiempo aguantas esta farsa.
Dio unos pasos hacia la puerta de salida, luego se detuvo.
—Por cierto Lionel —añadió sin volverse—, Qué sorpresa que Santiago venga tan seguido. No vaya a ser que…
Se detuvo a propósito, su voz se hizo un gusano que se arrastró en la sala.
—…no vaya a ser que alguien le esté dando alas para hacerlo.
Luego salió, dejando su veneno en el ambiente.
El silencio cayó otra vez en la sala. El sol volvió a iluminar el lugar, pero la atmósfera seguía asfixiante. Contaminada con las insinuaciones de Claudia.
Lionel no decía nada.
—Gracias… por defenderme —murmuró ella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Lionel.
Ella se mordió el labio:
—Bien —contestó—. No es la primera vez que alguien me amenaza.
— ¿Te irás? – pregunto Lionel preocupado
—No pienso irme.
Lionel alzó la mirada, aliviado.
—Lo siento — dijo él—. Ella no tenía derecho a hablarte de esa manera.. Verte así de triste me duele.
Ella se inclinó y apoyó su mano sobre la de él.
— Me quedaré a tu lado Lionel —dijo con voz baja—. No estás solo.
Él cerró los ojos y respiró profundo, sus emociones colapsaron en su pecho.
La atrajo a él con delicada fuerza, y sentandola en sus regazos la abrazó. Fue un instante muy sentido.
Emilia recostó su cabeza en el hombro de Lionel y él besó su cabello abrazándola más fuerte.
Aquella era la primera vez que atravesaban la línea de lo prohibido, pero a los dos no parecía importarles.
Mientras ellos se consolaban en un abrazo. Santiago conducía su coche, en pleno silencio. Sabía que su actitud con la enfermera de Lionel había sido provocadora, que su coquetería no era casual.
Emilia le gustaba. Lo incitaba. Eso era algo nuevo para él. Un reto. Una promesa.
— Serás mía, Emilia…. Eso lo juro.
Manejaba por la avenida a punto de entrar en autopista. Cuando un mensaje llegó a su teléfono. Una notificación breve: “Debemos hablar.
Santiago sonrió. Sabía lo que eso significaba.
Mientras Santiago iba a encontrarse con Claudia en la mansión Márquez se daba lo inesperado. Lo que se suponía no debía pasar.