El maremoto de su confesión
Más tarde esa noche, en la quietud de su habitación, Emilia sentía el eco de la batalla librada en el comedor.
La maleta, un símbolo de su impulso de huida, permanecía cerrada en el armario, pero su presencia era un recordatorio constante de lo precaria que era su posición.
El alivio de haber sido creída era una corriente cálida que luchaba contra el terror helado de la guerra que acababa de desatarse.
Una guerra de la que ella era, innegablemente, el epicentro.
Se acercó a la ventana. La luna bañaba los rosales con una luz plateada y fantasmal.
—Lionel… —murmuró al cristal frío, el vaho de su aliento empañando la imagen—. Espero que esta guerra te ayude a tomar el control de tu vida y de tu empresa…
Un sollozo seco se le escapó del pecho, un sonido áspero en el silencio. —No soportaría la idea de que por mi culpa te hagan más daño del que te han hecho.
Pero la verdad, la que dolía admitir incluso en la soledad, era más compleja. No era solo culpa. Era un enredo de sentimientos que la asustaban profundamente.
El beso que habían compartido en el estudio días atrás no fue un incidente aislado; fue la punta de un iceberg emocional.
En su memoria ardían sus miradas de complicidad, la sensación casi eléctrica de su mano rozando la suya "aparentemente" por accidente, el timbre de su voz cuando pronunciaba su nombre. Lionel Márquez.
A pesar de su dolor y su silla, seguía siendo un hombre de una potencia arrolladora, con una inteligencia y una vulnerabilidad que desarmaban.
Y Claudia… Emilia estaba segura de que la inquina de Claudia no era solo por proteger el legado de la difunta señora Márquez. her
Era la furia posesiva de una mujer que veía a otra acercarse al hombre que ella deseaba.
Un hombre que no era solo el atractivo viudo millonario, sino el CEO de un conglomerado poderoso.
Claudia no peleaba por un recuerdo; peleaba por un futuro que quería para sí misma.
Unos suaves golpes en la puerta la hicieron sobresaltarse, su corazón martillando contra sus costillas.
—¿Emilia? —La voz de Lionel, baja y resonante, atravesó la madera—. ¿Puedo pasar?
Emilia se secó una lágrima furtiva.
—Adelante.
La puerta se abrió y él entró, maniobrando la silla de ruedas con una lentitud deliberada que contrastaba con la furia de antes.
No había rastro de ira en su rostro. Solo un agotamiento profundo y una nueva y extraña calma, como la que sigue a una tormenta devastadora.
Se detuvo en el centro de la habitación, el espacio entre ellos cargado de todo lo dicho y, sobre todo, de lo no dicho.
—No has hecho la maleta —observó él, su mirada desviándose hacia el armario cerrado.
—Laura me dijo que no lo hiciera —respondió ella, con su voz serena. Era una verdad a medias. Se quedó porque la mirada de Lionel, al final, se lo había suplicado sin palabras.
—Laura es una estratega —dijo él, acercándose un poco más—. Pero yo no te pido que te quedes por estrategia. Te lo pido porque te necesito aquí.
El aire se espesó. Emilia sintió el impulso de retroceder, de poner distancia física entre ellos para proteger el caos de su interior.
—Señor Márquez… Lionel… Lo que ha pasado esta noche…
—Lo que ha pasado esta noche ha sido una bendición —la interrumpió él, su voz firme
— Dolorosa, humillante, sí. Pero una bendición al fin.
Emilia lo miró, confundida. —¿Una bendición? Santiago casi me ha destruido delante de su familia. Ha puesto en duda su juicio…
—Santiago cree que ha detonado una bomba para destruirte a ti —explicó Lionel, sus ojos fijos en los de ella, intensos, como si pudiera leerle el alma.
—Pero lo que ha hecho en realidad es darme el arma que necesitaba para destruirlo a él. Y lo que es más importante… me ha dado la claridad que no he tenido en años.
Se detuvo justo delante de ella, tan cerca que Emilia podía sentir el calor que emanaba de él.
La intimidad del momento era abrumadora.
—Durante años, Emilia, he vivido en una niebla. Una niebla de dolor, de autocompasión, de resignación…
— Dejé que otros tomaran las riendas de mi vida, de mi empresa, porque creía que ya no era capaz. De que no valía la pena luchar.
— Claudia con sus cuidados asfixiantes, Laura con su protección pragmática y fría, y Santiago…
— Santiago con su lealtad venenosa, manejando mi patrimonio como si fuera suyo.
Su voz se quebró ligeramente. —Todos ellos, con sus "mejores intenciones", construyeron una jaula a mi alrededor. Y yo se lo permití…
— Hasta que llegaste tú.
—Yo solo soy su cuidadora —protestó Emilia, sus palabras sonaron huecas y falsas incluso para ella.
—Nunca has sido solo eso —replicó él con una convicción que la hizo temblar.
— Desde el primer día, no me miraste como a un inválido. Me miraste como a un hombre. Me desafiaste, discutiste conmigo, te reíste de mis sarcasmos y me obligaste a salir de esta maldita niebla...
— Me leíste, no por obligación, sino por compañía. Me trajiste el mundo exterior cuando yo ya había renunciado a él.
— Has hecho exactamente lo mismo que hiciste por Arturo de la Vega.
Extendió la mano, no para tocarla, sino como un gesto de súplica.
—Cuando contaste tu historia allí abajo, no vi a una "cazadora de hombres vulnerables". Vi a una mujer cuya compasión es tan inmensa que asusta a los que no tienen ninguna.
— Vi mi propia historia reflejada en la tuya. Cómo la gente puede tomar algo bueno y puro, como el afecto o el cuidado, y retorcerlo hasta convertirlo en un arma o en un crimen.
El corazón de Emilia latía con una fuerza dolorosa. Cada palabra de él era un bálsamo y una daga al mismo tiempo.
La absolvía de su pasado mientras la encadenaba inexorablemente a su presente.
—Por eso no puedes irte —continuó Lionel, su voz bajando a un murmullo íntimo y cargado de una emoción que lo envolvía todo.
—Porque esta guerra ya no es por el control de la empresa. Es por el control de mi vida. Y tú, sin saberlo, te has convertido en la razón de mi lucha.
Y entonces, cruzó la última frontera.
—No sé cómo pasó ni cuándo exactamente. Quizás fue el día que me gritaste por rendirme, o la tarde que te reíste a carcajadas con uno de mis viejos chistes…
— O quizás fue ahora mismo, al ver tu fuerza al enfrentarte a mi familia y a tu pasado. Pero ya no puedo negarlo, ni a ti ni a mí mismo.
Lionel tragó saliva, la vulnerabilidad en su rostro era la de un hombre que se desnuda por completo.
—Emilia, estoy enamorado de ti.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, vibrando con una potencia sísmica. No eran las palabras de un paciente a su cuidadora.
Eran la confesión de un hombre a una mujer.
Un amor nacido en las circunstancias más improbables y peligrosas.
El universo de Emilia, que horas antes se había evaporado, ahora se contrajo hasta reducirse a ese único punto en el tiempo, a la mirada de Lionel esperando una respuesta.
Y en un impulso que nació más allá del miedo y la razón, ella dio el paso que los separaba, se inclinó y lo besó.
No fue como el primer beso, tentativo y robado. Este fue un beso de colisión.
Un beso desesperado, hambriento de la verdad que ambos habían estado reprimiendo.
La boca de Lionel era firme y suave a la vez, respondiendo con una pasión que hablaba de años de soledad y un anhelo recién despertado.
Sus manos, que antes se aferraban a las ruedas de su silla, ahora subieron para acunar el rostro de ella, sus pulgares acariciando sus pómulos como si estuviera memorizando su piel.
Emilia se entregó al beso, un gemido se escapó de su garganta. Por un instante glorioso, no había Santiago, ni Claudia, ni agencias, ni pasados oscuros.
Solo existía la abrumadora certeza de los labios de Lionel sobre los suyos, la verdad de su confesión recorriéndola como fuego líquido.
Pero entonces, tan abruptamente como comenzó, la realidad se estrelló contra ella con la fuerza de un maremoto.
Se apartó bruscamente, jadeando, con los ojos muy abiertos por el pánico. El rostro de Lionel reflejaba confusión y dolor por el rechazo.
—Emilia… ¿qué?
Las lágrimas que había contenido durante toda la noche finalmente brotaron, calientes y amargas. No eran lágrimas de alivio ni de alegría. Eran lágrimas de puro terror.
—No… no, no, no… —balbuceó, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared.
Se deslizó por ella hasta quedar sentada en el suelo, abrazando sus rodillas como una niña asustada.
—¿Qué ocurre? ¿He dicho algo malo? ¿Hice algo mal? —La voz de Lionel estaba teñida de una angustia genuina.
Ella levantó la vista, su rostro bañado en lágrimas, y la verdad se derramó de ella, rota e incontrolable.
—Me estoy enamorando de usted, Lionel —sollozó, la confesión salió como un veneno que necesitaba expulsar.
—Y eso me aterra. ¡Me aterra más que nada en este mundo!
Lo señaló, su dedo temblando. —¡Usted es mi paciente! ¡La única línea que prometí que nunca, jamás, cruzaría! ¡Me juré a mí misma que mi corazón permanecería cerrado! ¡Era mi única protección!
Lionel la miraba, su propia emoción contenida a duras penas. Intentó acercarse, pero ella se encogió.
—No puedo… —susurró, con su voz rota—. Esto no debe ser.
— Entiendo tu temor, Emilia. Pero quise que supieras… que te amo.