Mi cuerpo es suyo. Mi mente también. Apolo ataca mi boca con un hambre tan voraz y descontrolada que me corta el aliento y deshace mis pensamientos, difumina las líneas que, estando cuerda, podría poner entre los dos en este instante. Porque no se supone que quiera quemarme en esta hoguera, que quiera formar parte de esta locura que nos está arrastrando. Pero aquí estoy yo. Siendo suya una vez más, como es siempre, como ya debería haber entendido de una vez y por todas. Su lengua me castiga y hace que mis rodillas tiemblen. Sus grandes manos llenas de anillos se presionan en mi piel y me sostienen, el único motivo por el que no caigo rendida al suelo. El frío del mármol atraviesa la tela de mi vestido, pero colisiona con el calor sofocante que me provoca sentirlo a él. Muerde mi labio

