Entramos a la cocina y notamos que al instante se hace el silencio. Amalia, sentada en la isla de la cocina, se gira y sus ojos azules intensos me buscan con una ansiedad que reconozco. Busca en mi rostro las respuestas que quiere, pero lo mejor que puedo darle es una inmensa sonrisa. —Aquí están —dice su madre, pero su rostro no muestra mucha emoción. Estoy por pensar que es casi un requisito en esta familia ser así de frío e impertérrito. Sin embargo, noto algo. Es una mirada. Una que hubiera pasado desapercibida si no estuviera acostumbrado a verlas en mis padres. Esa que es la conversación silenciosa, la conexión única que se tiene tras años y años juntos. La señora Fiorella mira a su esposo. Da un rápido vistazo a Amalia, pasa por encima de mí, y levanta una ceja. Mi suegro da un

