Nadie me lo tenía que decir o demostrar, entendía mejor que nadie que Emilia era una mujer fuerte e independiente. En serio, nada más me lo gritaba que su postura de obelisco, o esa manía de no despegar sus ojos, ni sus dedos de su celular o computadora por motivos laborales. En eso estuvo desde su llegada, atravesando la cena que con tanta dedicación le hice, y el posterior tiempo de reposo. Ese que estamos atravesando con ambos todavía a la mesa, pero mientras yo degustaba del jugo de naranja y limón con el que acompañe el pato, ella lo único que lo hacía era de teclear con compulsión en su ordenador portátil. ¿Es que estaba pintado o qué? La comida me quedó exquisita, y si me lo preguntaban, yo también me consideraba exquisito. ¿Omití el hecho de que me había afeitado más temprano y

