Marco Cipriani entró a la habitación de su hijo y al verlo se encogió de pesar, Angello tenía sus ojitos cerrados, una venda en un lado de la cabeza donde habían rasurado gran parte de su cabello, una férula en su mano derecha, yesos en su brazo izquierdo desde la muñeca hasta el codo y en su pierna izquierda desde el tobillo hasta la mitad del muslo. Al escuchar pasos acercándose, el niño se alarmó, pero cambio su expresión al ver a su padre, él notó perfectamente esa reacción y deseó que la doctora regresara rápidamente para investigar qué había pasado con su pequeño. La doctora llegó, se aproximó al niño y sin mucho preámbulo le comentó: –Hola pequeñín, ¿cómo te sientes? –Me duele un poco la cabeza. –Pronto pasará, le diré a la enfermera que te dé un analgésico suave para evitarte

