HARPER Mi respiración se atoró un segundo. El niño me miró también, esperando mi respuesta con la misma atención con la que uno ve su caricatura favorita. —¿Él te gusta? —insistió el pequeño. —Mucho —respondí, sintiendo cómo las mejillas me ardían. Observé a Dante fijamente, perdiéndome en el verde de su mirada—. Y claro que quiero ser su novia. Dante sonrió, y por un instante pareció que todo el peso del mundo se resbalaba de sus hombros. El niño exhaló un refunfuño de digna resignación. —Está bien —concedió al fin—. Te la puedes quedar. Dante soltó una carcajada y volvió a mirarlo con respeto. —Gracias, campeón. Eres un buen hombre —le revolvió el cabello con afecto—. Yo no tendría oportunidad contra un oponente como tú. El niño lo evaluó con ojos entrecerrados, como si confirmar

