DANTE El silencio no era pacífico, era abandono. El viento no soplaba para dar consuelo; te hacía sentir la incipiente soledad. Y los árboles, altos y frondosos, no estaban allí para recordarte que hay vida después de la muerte. Entre sus hojas agitándose, susurraban el lamento de los que enterraron aquí a quienes más amaron. Cada nombre, cada fecha, se incrustaban en mi mente. Personas que murieron a una edad avanzada y otras demasiado jóvenes. Incluso vi una lápida con un grabado peculiar. El día de nacimiento fue el mismo de su muerte. Seguramente no tuvo ni tiempo de llorar. Y solo pude pensar en una cosa: Si mi madre hubiese elegido su vida en vez de la mía, así sería mi tumba. Después de tanto caminar, finalmente encontré el nombre que tanto buscaba. —Lucía —susurré, leyendo

