Diana Aunque estoy acostada sobre una superficie dura, es decir, el pecho de Viktor, siento que es el lugar más cómodo en el que me he permitido descansar. Es cálido, huele bien, y es el hombre que amo. Podría dormir por siempre aquí y seria inmensamente feliz. – No te muevas – me quejo aferrándome más a su cuerpo cuando se estira a tomar su celular. Lo lleva a su oreja y me sorprende. Ni siquiera escuché cuando sonó. – ¿Viktor? – pregunto al sentir como se tensa. Él concentra sus ojos en la pared al frente de nosotros, no habla, solo escucha, y creo que lo que escuchó fue muy malo, porque noto como su gesto se ensombrece. Da un poquito de miedo. – Ya voy – su voz incluso suena más ronca y eso me pone alerta. – ¿Qué pasó? No puedo dejarte ir así, pareces muy mal ¿Le pasó algo a al

